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CRÓNICA NEGRA

El preso más antiguo de España no es el que más ha robado

El recluso Miguel Montes Neiro lleva a sus espaldas más trena que Luis Candelas y Papillón juntos. Tal es el tamaño de su ruina que ni siquiera dos indultos seguidos de dos Gobiernos diferentes en el plazo de solo unos días han podido ponerlo en la calle, y la última vez que miré internet seguía en el trullo, en el tigre y en el chabolo.

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Miguel Montes es el preso más antiguo, no el que más ha robado ni el que más ha matado. O sea, que falla el tinglado.

Miguelón Montes es ligero de piernas, amigo de lo ajeno, inquieto, partidario de la libertad, y ha ido encadenando condenas, unas más justas que otras. Ha pasado en prisión treinta de los sesenta y un años que tiene. Dos Gobiernos torpes, el del pobre Zapatero y el del perplejo Rajoy, le han indultado, con la idea de que pasara las pasadas Navidades en casa; y si no se comía el turrón, por lo menos que le llegaran los Reyes en libertad.

Pero nada, ahí sigue. Desde 1996 colecciona un historial de robos, atracos, desacatos y fugas que suman treinta condenas. Cada vez que salía de la cárcel, volvía a cometer una fechoría, aunque no pena delito de sangre alguno. Como su colega Candelas, ha padecido la dureza de la ley, a pesar de que nunca ha matado a nadie. Tampoco ha robado mucho, aunque sí muchas veces. Y entonces, si no es el que más ha robado ni el que más ha matado, ¿por qué se ha chupado tanta cárcel?

En primer lugar, hay que decir que porque es la prueba del gran fracaso del sistema jurídico-penitenciario. A los reclusos se les ingresa y nadie parece llevar la cuenta. Pese a tan largo tiempo entre rejas, no puede decirse que haya conseguido la reinserción, sino que, si se le ve venir, nunca estará de más echar la mano a la cartera.

Miguel Montes gozó de la buena voluntad del último Gobierno Zapatero, pero, en una nueva muestra de su gran ineficacia, éste no logró saber qué mecanismos había que emplear para facilitar su salida de prisión; de modo que le quedaron asuntos judiciales pendientes y ni el sustituto de Rubalcaba ni el ministro Caamaño dieron con la solución. Llegó Rajoy y le dijo a Jorge Fernández que tratara de desfacer el entuerto; y, ahora sí, ahora Miguel Montes está listo para dejar atrás la reja. Zapatero le perdonó dos condenas de cuatro años y medio, y Rajoy, una de 13 años por maniatar, amordazar y pegar a una persona para robarla. Queda la liquidación en la Audiencia de Granada, y solo después de ver que está limpio le dejarán salir.

El abogado de Miguel, Félix Ángel Martín, espera con aplomo la publicación del indulto en el BOE, y ya tiene preparados el peine y el cepillo de dientes. En España, donde los delincuentes más ladrones o los más asesinos no pasan más de quince o diecisiete años a la sombra, el delincuente menor bate récords de permanencia en prisión. Aquí roba uno seiscientos millones y en un lustro está en la rue, sin haber tenido que devolver nada. Aquí uno mata tres y paga uno, 20 años de condena que a veces como mucho se quedan en 17; y vuelve donde solía. Aquí, sí, hay quien roba miles de millones y no acaba de aprenderse el camino a Herrera de la Mancha.

Al siniestro De Juana Chaos le dejaron distraer sus ocios con su espléndida mujer en plena huelga de hambre, y hasta supimos que compartían ducha en la habitación del hospital. Para Miguel no hay regalo, ni hembra que le cante. Se ha decidido a ayunar a palo seco, sin cuchillo ni bocadillo de chorizo. Piensa que tiene la libertad cerca, pero no quiere que le engañen más. No parece estar reinsertado, ni con paciencia para intentarlo, pero va siendo hora de que lo dejen a la buena de Dios, que él ya sabe por qué se ha de comer el marrón. La izquierda le indultó a medias, con lo suyo de siempre que no remata, y la derecha le indultó de cuerpo entero, quitándole la última pena al preso más antiguo. Cualquier día tendrá la oportunidad de demostrar si la cárcel sirve para reinsertar o si hay que darle una vuelta de tuerca.

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