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CRÓNICA NEGRA

Empalmada como un navajero

Hace solo unos días, en Sueca, Valencia, una joven llamada Julia, de apenas 19 años, tiraba a degüello contra otra chica de su pueblo, Villanueva de Castellón, Nora, de 24 años. Le seccionó la carótida, provocando un mar de sangre a la puerta de una discoteca, antiguo templo de la ruta del bakalao.

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¿Qué le habéis hecho a la juventud que las futuras madres se convierten en navajeros?

Julia es guapa, rubia de bote, descarada. Puede ir vestida con vaquero de cintura baja, enseñando la goma, y camiseta ceñida, para marcar su pecho de hembra bien formada. Si las cosas fueran estupendas, vendría de jugar a las casitas con la intención de formar una pareja. En este ambiente de ideales podridos, la pobre, sujeta por la guardia civil va a comerse el marrón de un homicidio... o de un asesinato, si se prueba que tenía intención de matar o alevosía.

Eran las siete de la mañana y Julia había ido a pasárselo bien con una amiga, tal vez bailando toda la noche. Si no se ha informado mal, tiene su propio vehículo, y allí, sin que se sepa por qué, podría llevar una navaja, de esas que antes servían para cortar el pan o pelar naranjas. Aunque también las pintaba Romero de Torres en las ligas de las mujeres morenas. Esta es rubia de bote y llevaba una faca con mala intención. Siempre se ha dicho que el que va a una fiesta con un cuchillo corta la música. El que va a un sitio armado de acero se dice que va empalmado.

Julia iba con empalme sobresaliente y una mala idea de espanto. A lo largo de la noche, se cree que Nora y ella se enzarzaron a golpes y empujones, pero lograron separarlas. Se ha dicho que Julia se interesaba por el novio de la otra, pero es poco probable que eso la hiciera ir hasta su coche para sacar el empalme. El caso es que esperó a que se encendieran las luces de señores esto se ha acabado y, agazapada en la parte de fuera, pudo haber estado esperando a que saliera Nora radiante, cansada, alegre de fiesta y gloria. Todo el que va a morir de repente, un segundo antes se siente pleno, triunfador, con todo al alza. Nora podría ser una de esas chiquillas ilusionadas, de novio y horizonte de embarazo. Pero allí estaba Julia, toda juventud, con el pico de la braga asomando por la parte del trasero, impertinente y armada.

Parece que no hubo palabras, simplemente ya estaba la rubia sobre la otra, chinita de petisuis, forcejeando y con quince centímetros de acero cortando en la zona sensible de los collares; tal vez había buscado la yugular, pero a esas horas del amanecer da igual una vena que otra. El navajero, sea hombre o mujer –¿qué estáis haciendo con la juventud, qué le dais, o más bien qué le quitáis, que hacéis de quien crea la vida un instrumento de muerte?–, si da un golpe mortal al primer intento es porque lo ha ensayado. La navaja es especialmente difícil. Los antiguos utilizaban para su ciencia El manual del baratero, que muestra las distintas suertes con el arma que pincha y que corta, punzante y cortante, capaz de cercenar en redondo una cabeza, tan bonita y despierta como la de Nora, que no pudo salir de su sorpresa al notar el flujo de su propia sangre.

Julia es ahora la presunta homicida de una tía de su pueblo, algo que no la honra precisamente, sino que la convierte en reo de un castigo que podría llegar a los veinte años. Si lo hizo por chulería, se pasó tres pueblos y le costará caro; si lo hizo por celos, metió la pata hasta el corvejón, porque nadie le quitará ahora los celos eternos de haberla convertido en mártir de su maldad; si fue por un hombre, no hay hombre que lo merezca. Julia estaba a la deriva de una sociedad que no se respeta a sí misma, que ha volteado los papeles y que reclama para la delincuencia a la mujer, que antes mataba menos pero mejor que el hombre, y ahora ha empezado a matar más, pero de forma tan inconsciente y guarra como el macho insensato.

En España se dice que hay un paraíso de hachís que convierte los cerebros en corteza de alcornoque y un chorro de polvo blanco que consume las narices por dentro, como si fuera un río de ácido. Quizá con una perla de droga se sientan ganas inmensas de matar al adversario, a una chica más guapa que tú o más femenina; tal vez a quien tiene mejor suerte o elige mejor su vestuario. Hay mujeres que suelen decir que si ellas mandaran en el mundo –ojo, que ya mandan– no habría más guerras. Es una bonita teoría, y nada más que por esa promesa habría que dejarlas mandar. Sin embargo, la violencia las reclama cada día. Hay mujeres que matan a sus compañeros, que matan a sus hijos, que matan a sus madres. Mujeres que matan a una vecina porque la envidian o la odian; mujeres que antes eran comprensivas, se recluían en el cariño, miraban hacia otra parte y dejaban la violencia para los hombres. Si alguna era navajera, era por puta y defenderse de algún cliente matón; o del chulo Pedro Navaja, que merece el tiro de una Smith & Wesson.

Ahora se acabaron las putas navajeras, porque si matan es con el cuchillo afilado de las enfermedades del sexo, entregadas al ansia de la coca, arrastradas por toda la ciudad. El mundo siempre ha sido un lugar peligroso, pero nunca tanto si una chica de 19 años, para sentirse segura, tiene que llevar una navaja en el coche o en la liga.

Las armas de fuego acaban disparando sin control, las de acero comiendo carne de la axila o del cuello, del vientre o del corazón. Todo el que tenga un arma, que sopese que algún día acabará matando: ese es su destino. Cada vez que se empuña un cuchillo, se nota la vibración de muerte del acero. Corta el pan y el queso, pero entra en la carne y la sangre. Abre agujeros que traspasan los órganos. Nadie juega en vano con un cuchillo. Los navajeros llaman al arma "compañero" y a todos lados van empalmados, armados hasta morir; ahora está el mundo al revés: las chicas van empalmadas como navajeros. Y matan tal cual.
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