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CIENCIA

¿Es malo cobrar por la sangre?

En una semana donde las diferentes modalidades de la palabra pago han inundado la información sanitaria (copagorepagoimpago...), Grifols ha querido venir a añadir lo suyo. La sugerencia de que se pueda retribuir económicamente a los donantes de sangre ha caído en los medios y asociaciones de la cosa de la salud como un relámpago.  

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La noticia la conocen: Víctor Grifols, presidente de la farmacéutica española que lleva su nombre, ha propuesto que la industria pueda pagar a cambio de recibir sangre donada. Argumenta para ello que la materia prima principal para el mantenimiento de uno de sus negocios (el plasma sanguíneo) escasea y el tener que importarla pone en riesgo la estabilidad del sistema.

Grifols es una de las compañías más brillantes del Ibex 35, mantiene unas cuentas más que saneadas en tiempos de crisis y se ha permitido el lujo de expandirse internacionalmente (su último bombazo fue la compra de la estadounidense Talecris) hasta convertirse en una de las empresas más importantes del planeta en venta de hemoderivados.

¿Qué es eso de los hemoderivados? Nuestra sangre es un tesoro. Está compuesta de una larga relación de sustancias de gran valor sanitario. Cuando donamos sangre, en realidad estamos cediendo un producto bruto que puede refinarse. Salvadas las necesidades urgentes de transferencia y las reservas para los bancos de sangre, hay otros muchos usos que pueden darse a nuestro líquido vital. Además de las plaquetas, hematíes y leucocitos, el 50 de nuestra sangre contiene plasma. Un 90 por 100 del plasma es agua, pero el resto contiene abundantes cantidades de proteínas. Entre ellas están la albúmina, el factor VIII de coagulación y las inmunoglobulinas.

En caso de hemorragias severas, la albúmina está indicada para restablecer el volumen de nuestro sistema circulatorio. El factor VIII es muy útil para el tratamiento de enfermedades de la coagulación como la hemofilia y las inmunoglobulinas son las llamadas defensas de nuestro organismo. En concreto, una sustancia conocida como inmunoglobulina intravenosa es de gran utilidad para el tratamiento de enfermedades que deprimen el sistema inmunitario. Es en este producto en el que Grifols se lleva la palma del mercado.

El problema es que la materia prima para extraer estas proteínas no abunda. España recibe por donaciones poco más del 50 por 100 de la cantidad de sangre que necesita. En el caso de los derivados del plasma (hemoderivados), estamos aún más lejos de la autosuficiencia. Tenemos que importar sangre.

¿Cómo lo hace Grifols? Su posición en el mercado americano es predominante. En Estados Unidos está permitido retribuir económicamente la donación. La empresa cuenta con una red de cerca de 150.000 donantes estadounidenses que, a razón de unos 50 dólares por litro y medio de sangre, permiten que se les extraiga el plasma. El proceso consiste en extraer la sangre del donante, retirarle el plasma, devolver a su cuerpo el resto del tejido (plaquetas, glóbulos rojos, glóbulos blancos...) y pagarle. Todo con ciertas limitaciones. Por ejemplo, no se puede donar más de cuatro veces al año en el caso de los varones y tres en el de las mujeres, y han de pasar al menos dos meses entre donación y donación. O, mejor dicho, entre venta y venta.

Los más de 80 centros que Grifols tiene en EEUU le permiten suministrar más de 3 millones de litros de plasma. Es uno de los tres mayores proveedores de este material en el mundo.

Así las cosas, resulta que muchos de los hemoderivados que reciben los pacientes españoles en los hospitales proceden ya de donaciones que han sido retribuidas fuera de nuestras fronteras.

Pagar dentro de España permitiría, sin duda, abaratar los costes del proceso, mejorar la eficiencia del sistema, y permitiría que los millones de dólares que vuelan a USA se quedaran en nuestro país.

Pero desde 1985 la venta de sangre está prohibida en España. Nuestro sistema de trasplantes y donaciones de tejidos está basado en considerar esta cesión un acto altruista.

¿Realmente es así? Fuera del sistema sanitario público y de la red de trasplantes oficial no ponemos reparos en pagar por otros tejidos celulares humanos, como el semen, los óvulos o el pelo. De hecho, se puede comerciar con ADN humano, con células, con fluidos... pero no con sangre.

Uno de los principales objetivos de un sistema de donaciones nacional es el autoabastecimiento. Para acercarse a este logro, muchos hospitales firman acuerdos con compañías como Grifols. Les ceden parte del plasma (se dona a la industria) a cambio de condiciones ventajosas en la adquisición de hemoderivados. De ese modo, el sistema sanitario facilita (siquiera de manera indirecta) el mantenimiento de un rentabilísimo negocio (el mercado de hemoderivados) cediendo materia prima a las compañías, y sin que el productor primario (el donante) vea un duro.

El sistema altruista de donaciones es uno de los mayores logros de la reciente historia sanitaria española, no cabe duda. Pero tampoco cabe duda de que cuenta con más de una deficiencia. Entre los papeles que supuestamente se filtraron a Wikileaks desde el Pentágono figuraban algunas referencias a tres estructuras españolas estratégicas para Estados Unidos: el gasoducto entre España y Argelia, el estrecho de Gibraltar y ¡Grifols!

El ejército de EEUU es sabedor de la dependencia de su país de empresas suministradoras de sangre y hemoderivados, sustancias vitales en casos de guerra, emergencias, desastres... Mantener saneada esa industria es algo que va más allá de los intereses económicos. Un mercado de la sangre vital, autoabastecido y próspero debería ser una prioridad nacional. Porque, nos guste o no, el mercado de la sangre existe y las implicaciones entre los hospitales y la industria serán cada vez mayores. Conoceremos cada vez más y mejores usos de los hemoderivados, tendremos poblaciones más longevas y mayores necesidades asistenciales.

Un sistema mixto de donaciones altruistas y retribuidas no tiene por qué ser menos eficaz. Que el mercado meta sus manos en la consecución de plasma no quiere decir que lo contamine. Pero un tránsito demasiado veloz hacia un nuevo modelo supone riesgos que aún no sabemos calibrar. Hasta la aparición del sida, la principal exportación de Haití era la sangre humana. En algunos países de Latinoamérica se han detectado casos de mala praxis entre los donantes que ponen en riesgo la vida del que da y la del que recibe sangre comprada. Inevitablemente, tarde o temprano habrá que sentarse a debatir la idea propuesta por Grifols sin verdades asumidas ni apasionamientos. Y estudiando a fondo la experiencia de nuestro entorno. Alemania y Chequia son dos países donde se permiten ciertas retribuciones por la donación de sangre. Durante esta crisis económica las donaciones han aumentado más de un 30 por 100 en ambos países. Allí, recibir dinero a cambio del oro rojo no ha deteriorado el sistema, sino todo lo contrario. 

 

twitter.com/joralcalde

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