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CIENCIA

¿Qué es una energía 'madura'?

El grupo parlamentario socialista está decidido, ahora sí, a combatir el cambio climático. Esta semana ha presentado un paquete de cien medidas para atajar la deriva de las temperaturas del planeta.

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Es curioso que lo hagan ahora, en los últimos estertores de la legislatura, cuando hasta los propios movimientos ecologistas están hartos de recordar al gobierno de Zapatero que no ha movido un dedo en esta dirección desde 2004.

Más allá de la pertinencia política de este rapto de compromiso con la atmósfera, desde el punto de vista científico destaca sobremanera una de las propuestas: crear un impuesto sobre "energías maduras" que sirva para financiar el desarrollo de las renovables. Es decir, gravar a las nucleares y las hidráulicas de gran tamaño para seguir llenando el saco de las subvenciones a las llamadas alternativas.

Desde la perspectiva económica, este periódico cuenta con más doctos comentaristas que ya han dado cuenta en más de una ocasión de la insostenibilidad del modelo hipersubvencionado de energías renovables. Así que no nos detendremos más ahí. Pero si nos fijamos en los argumentos técnicos salta a la vista más de un error de planteamiento.

La pretensión de este paquete de medidas es reducir en un 100 por 100 (sic) las emisiones de CO2 del sector energético para 2050. Y para ello, entre otras cosas, se grava la actividad nuclear. ¿Tiene lógica?

Veamos. Los gases que son objeto de medición por los agentes preocupados por el cambio climático son el dióxido de carbono, el metano, el óxido nitroso, los halocarburos y el hexafluoruro de azufre, los llamados gases de efecto invernadero. Para simplificar el seguimiento, y dado que cada uno de estos gases tiene un potencial de calentamiento diferente, los científicos utilizan el CO2 (dióxido de carbono) como referencia. De ese modo, una molécula de hexafluoruro de azufre tendría un potencial de calentamiento 23.000 veces mayor que una de CO2.

Aun así, el gas más importante a estos efectos sigue siendo el CO2: según datos del inventario de Gases de Efecto Invernadero de las Naciones Unidas, el 74 por 100 de los gases emitidos en el mundo corresponde a esta categoría. Curiosamente, esa misma cifra (74 por 100) es el porcentaje de emisiones que corresponde a la actividad de producción de energía: la más contaminante de todas. Del resto, el 15 por 100 le atañe a la agricultura, el 7 a otros procesos industriales y el 4 a la gestión de residuos.

Parece lógico tratar de intervenir en la generación de energía a la hora de proponer una reducción drástica de la emisiones. Sobre todo si se trata de una tan próxima a la utopía como la del 100 por 100. De toda las emisiones relacionadas con la producción energética, es decir, de los 23.000 millones de toneladas de CO2 equivalente, el 93 por 100 corresponde al proceso de generación energética mediante combustión y sólo el 7 a la manipulación de las materias primas. Estas emisiones en el proceso de producción están muy relacionadas con el rendimiento de la instalación energética. Cuanto más antigua es, menos eficaz y, por lo tanto, más emisora.

Parece, pues, razonable penalizar el uso de centrales maduras. ¿Estará acertando el grupo socialista con su propuesta? No adelantemos acontecimientos.

El principal proceso que supone emisiones a la atmósfera durante la producción de energía es la combustión. Y existe una instalación madura, veterana y demonizada que, curiosamente, no necesita combustión sino fisión: una central nuclear.

En su exposición inicial, el parlamentario socialista Fernando Moraleda no quiso especificar a qué se refería el PSOE con lo de "energías maduras". Pero más adelante el secretario de Medioambiente del PSOE, Hugo Morán, desveló a algunos medios que se refería a "nucleares y grandes hidráulicas".

De manera que si ya de por sí el paquete de medidas era poco creíble (algunas organizaciones ecologistas lo han tildado de "lavado de cara sin jabón"), con el desliz nuclear la cosa empieza a tener pinta de castillo en el aire.

Si estudiamos el ciclo completo del combustible, las emisiones de una instalación nuclear van de 3 a 40 toneladas de dióxido de carbono por Gwh (gigawatio/hora). Curiosamente, esta cantidad es menor que la de las emisiones correspondientes a energía eólica y solar. Además, la mayor parte de estas emisiones no están relacionadas con el proceso propio de producción, sino con factores indirectos como la extracción y transporte de combustible y residuos. Es decir, que sobre ellas podría actuarse mejorando las emisiones de este tipo de acarreos sin repercutir en la generación en sí.

Lo hemos dicho hasta la saciedad, pero habrá que repetirlo, sobre todo ahora que se acercan futuros procesos electorales en los que el miedo atómico va a volver a airearse: no hay energía más limpia, en términos de emisiones, que la energía nuclear. Y cualquier política de reducción de emisiones debe pasar por favorecer las energías limpias; todas ellas, sin excepciones, sin complejos y sin trampas. 

 

http://twitter.com/joralcalde

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