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PANORÁMICAS

Peter Falk ha muerto... ¡Viva Colombo!

Ignacio Ramonet, el director de Le Monde Diplomatique, adora a Fidel Castro y detesta a Colombo, ya que lo considera una "golosina visual" con la que las multinacionales del espectáculo audiovisual adormecen al pueblo alienado. El opio de las masas versión capitalista al que Ramonet, un intelectual comprometido y en vigilia permanente, pretende vencer. Por las buenas o por las malas.

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Ramonet:

La mejor protección contra esta propaganda clandestina, contra esta penetración ideológica tan abusiva, contra este desprecio hacia los telespectadores, consistiría en no difundir estas series importadas de EEUU, porque buscan sencillamente nuestra norteamericanización y porque, a largo plazo, los europeos se están jugando simplemente su independencia cultural.

¿Pero qué le han hecho los detectives americanos, aparentemente tan inocentes, al turista-del-ideal diplomatique?

Situados en los dos extremos de la ideología dominante, los tenientes de polícia Kojak y Colombo, protectores de la mediocracia, velan por sus respectivas fronteras a lo largo de la serie: hacia abajo, a nivel hampa, Kojak regula, normaliza, americaniza el ascenso de las minorías, de los grupos y de los márgenes; hacia arriba, a nivel crema, Colombo moraliza, estigmatiza y modera la conducta de los millonarios cosmopolitas, de los ricos sin patria y sin conciencia.

Ha muerto Peter Falk. Me enteré del fallecimiento vía Twitter y mientras veía un capítulo de la serie Colombo, que protagonizaba, en Nitro. Naturalmente, el resto del visionado se convirtió por mi parte en una especie de homenaje póstumo a ese actor de físico tan especial, tenía incluso un ojo de cristal, que me había impactado tanto durante mi infancia (junto a Telly Savallas, Edward G. Robinson o John Wayne) y que luego me había sorprendido de mayor, en los experimentos cinéfilos de John Cassavetes o en uno de los grandes hits del cine de autor de finales de los 80, El cielo sobre Berlín, de Win Wenders, entonces muy de moda entre los gafapastas. Posteriormente, mi infancia y mi adultez se dieron la mano cuando le vieron aparecer en el maravilloso cuento gótico y burlesco La princesa prometida.

Colombo era la mejor representación posible del policía como perro de presa, una vez que mordía la pierna de un sospechoso ya no la soltaba jamás, aunque nunca empleaba la fuerza bruta y lo fiara todo a la inteligencia sutil. Cada capítulo consta de tres partes claramente diferenciadas. En la primera se nos muestra al asesino correspondiente cometiendo su crimen con suma inteligencia. Contemplamos desde las motivaciones del asesino, muchas veces incluso razonables, hasta las siempre complejas elaboraciones del susodicho. Posteriomente, una vez realizado el crimen, aparecerá Colombo, despeinado, mal vestido, arrugado, como si hubiese dormido con la ropa puesta, lo hubieran levantado un momento antes y todavía no estuviese del todo despierto. El crimen nunca duerme, pero siempre se encontrará con el detective, aunque sea en duermevela. Invariablemente, y como si estuviese dotado de un sexto sentido pero como quien no quiere la cosa, empezará a hacer preguntas al culpable, que, sin embargo, nadie, salvo Colombo y el espectador, tiene la más mínima idea de quién puede ser. En la última parte, y tras haber envuelto a su presa en una tela de araña de evidencias, Colombo le explicará al asesino cómo realizó el crimen, mostrándole las pruebas del delito, ante lo que el asesino reconocerá, muchas veces de buen grado y con tanta admiración como el espectador, que efectivamente las cosas ocurrieron como relata Colombo.

¿Qué hace tan fascinante esta serie? ¡Si no hay ni pizca de suspense! Sabemos desde el principio quién es el asesino, cómo realizó el asesinato y que Colombo lo descubrirá y lo detendrá. Como un estilizado juego entre un gato, el perro de presa Colombo, y un ratoncito, el despiadado asesino de turno, lo que disfruta el espectador es, por un lado, la seguridad en que el mal será vencido y el culpable, puesto a buen recaudo; por otro, el despliegue de la inteligencia en estado puro, tanto en lo que atañe a la labor de ingeniería inversa del asesinato como al delicioso sentido del humor con el que Colombo se enfrenta a los muchas veces arrogantes y despiadados criminales.

Colombo, y esto es un acierto morrocotudo por parte de los guionistas, tiene toda su vida privada fuera de plano. Lo único que sabemos de él es que siempre viste con gabardina, traje y corbata, igualmente arrugados; que conduce un descapotable abollado y con la capota permanentemente echada; a veces lleva consigo un perro sabueso tan despistado (aparentemente) como él, y tiene una mujer a la que jamás veremos y de la que llegaremos a sospechar de su existencia (aunque esto, que Colombo miente, equivaldría a reconocer que el detective tiene un reverso tenebroso).

En contraposición con el sarcasmo y el nihilismo del doctor House, que le convierten en una especie de superhombre nietzscheano que hace lo que le da la gana, la ironía y profesionalidad de Colombo se corresponde con una ética kantiana a prueba de sofismas.

En el capítulo que veía cuando me enteré de la muerte de Falk una dulce ancianita, escritora de éxito de novelas de crímenes, había asesinado al marido de su sobrina porque este había asesinado previamente su mujer, sin que nadie hubiera podido demostrar su culpabilidad. Durante todo el capítulo simpatizamos con la dulce ancianita asesina, a la que Colombo trata con su habitual cortesía y deferencia. Quizás incluso un poco más que de costumbre. Durante una charla que tiene que dar la autora a un club de fans de sus libros, le pide al detective que también él diga unas palabras a la audiencia en su calidad de profesional del (anti)crimen. Entonces Colombo, tras unas tímidas protestas, dicta una interesante y mínima conferencia sobre el deber del profesional de hacer cumplir su misión, "aunque muchas veces el asesino en cuestión sea una persona encantadora". Posteriormente, cuando descubra a la escritora que sabe que ella fue la asesina, esta intenta convencerlo aduciendo la justificación moral del asesinato que cometió, más justicia que venganza desde su punto de vista, así como el atenuante de su provecta edad. Pero Colombo, impertérrito, le dice que lo siente mucho, que comprende sus razones, pero que en cuanto profesional tiene que cumplir un deber asociado a su papel de policía.

A diferencia de la lectura en clave de lucha de clases que proponía el marxista Ramonet, y que llevaba aparejada su censura, desde una perspectiva estrictamente cinematografica esta serie, ingeniosamente sostenida por el talento para los enigmas del guionista Steven Bochco, la puesta en escena de directores como Steven Spielberg o Jonathan Demme y las réplicas a Falk de gigantes como Leonard Nimoy, Robert Vaughn, Vera Miles o José Ferrer hacen de ella un referente indiscutible del mejor estilo de las series en los años 70. Y desde el punto de vista liberal, una muestra perfecta de lo que puede ser una educación para la ciudadanía en la que los principios morales de las democracias constitucionales, como el respeto a la ley y la resolución de los conflictos mediante el uso de la inteligencia, sean aprendidos en las pantallas televisivas de forma complementaria a los grandes textos de la tradición filosófica.

 

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