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UN VIAJE A LAS HURDES

Sobre el volcán

El viajero deja al señor Eusebio y poco después el caserío, siguiendo un callejón estrecho y rústico, atraviesa un puente y se interna por un sendero que prácticamente se confunde con un arroyo que baja de la montaña. Tiene la impresión de que algunas casas antiguas siguen habitadas y no se utilizan sólo para el ganado o los aperos, como suele suceder.

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Desde la plazuela de la aldea le miran cinco o seis curiosos, parados junto a una vivienda. Al poco el sendero se vuelve realmente de cabras, y apenas se distingue entre las piedras y la maleza mojadas de la lluvia. El trayecto tiene, efectivamente, "mala pisá", como había advertido el señor Eusebio.
 
Arriba del volcán las peñas son enormes, tapizadas de musgos y líquenes. Entre ellas crecen numerosas encinas achaparradas. Por el suelo, un par de latas de conserva oxidadas. El caminante trepa y deambula perezosamente por el lugar, que huele a misterio bajo la llovizna. Le acompaña una vaga inquietud y curiosidad de toparse con jabalíes, no infrecuentes en el lugar; pero ninguno se digna presentarse.
 
Hay dos cumbres sucesivas, una más alta que la otra, y desde tales observatorios, solitarios y empinados al espacio, se divisan muchos picos grisáceos o verduscos, extendidos a ambos lados del río Malvellido, que desemboca en el Hurdano cerca de Nuñomoral. La vista alcanza mucho más allá. Muy al horizonte, las cumbres están cubiertas de nieve. Más cerca, de la mitad justa del monte vecino se desprende un hermoso penacho blanco: la cascada del arroyo de La Miacera.
 
La lluvia ha cesado, y el viajero, sentado en una roca, aprovecha para hincar el diente a un poderoso bocata de paté y unas naranjas. Un rato más de contemplación y decide volver atrás.
 
La bajada está peligrosa, por la humedad del inclinado piso. Un tramo de unos cuatro o cinco metros consiste en una roca plana y pina, y antes de darse cuenta el caminante se convierte en patinador involuntario sobre la pétrea rampa, que la lluvia ha dejado resbalosa. A punto de romperse la crisma, logra conservar el equilibrio hasta el final, donde una buena costalada casi le parte las pipas compradas en El Gasco. Alzándose con algún trabajo, nota con alivio que no se ha roto ningún hueso y, tras un breve espacio cojeando, continúa la marcha perfectamente.
 
Otro paraje del Volcán del Gasco. Imagen tomada de www.todohurdes.com.Rodeando al pie del monte, pronto encuentra el riachuelo. Quince minutos entre rocas y agua, y a la vuelta de un recodo aparece de pronto la cascada, un salto espumante que suple su corto caudal con su espléndida altura, de sesenta metros o más. El chorro da la impresión de surgir de la entraña del monte para desplomarse entre peñascos hasta el nivel donde se halla el caminante, y sigue luego brincando para unirse al río Malvellido. En lo alto, sobre un peñasco, una cruz: ¿alguien se habrá despeñado por aquellos andurriales?
 
La excursión ha reconfortado mucho al viajero, a quien caminar por el monte bajo la lluvia le produce un especial placer. Pero es hora de volver sobre sus pasos. A la salida del pueblo entra en la segunda taberna, ahora abierta, cuyas ventanas ofrecen un hermoso panorama. Se lo indica a la patrona, pero ella, resabiada, no está para lirismos.
 
– ¡Lo que aquí no hay es pasta! –Y hace una seña típica con los dedos, como si el visitante fuese extranjero y no entendiera.
– No sólo aquí, señora.
 
 Se acercan al mostrador tres parroquianos, uno de ellos conductor de un camión, con el que va vendiendo vino por la comarca. Es de "La Sierra", y no lo oculta.
 
– ¡A ver de qué os quejáis siempre! ¡Os pagan sin que trabajéis! Antes, al menos, trabajabais algo por lo que os pagaban.
 
La tabernera se lamenta:
 
– Así que en todas partes está mala la vida. Yo no sé adonde irá el mundo. ¡Lo que pasa es que la juventud es una derrotá, que no quiere trabajar y no vale pa ná. Y así vamos cada vez peor.
 
El repartidor de vino se dirige al caminante:
 
Vista general de Martilandrán.– ¡Hay que ver esta gente! Con cuatro huertos que tienen, que son malísimos, pues hay que ver cómo los quieren. ¡No valen nada, y los quieren vender más caros que en mi tierra! Desde hace tres o cuatro años éstos van para abajo, y se quejan sin parar. Les fue bastante bien unos cuantos años, pero ahora ná. Y encima votaron a los socialistas, y ahora están que rabian, aunque no dicen nada, porque la culpa es suya. Antes hablaban mucho, sí, hombre, pero ahora pregúnteles: ¡sólo sueltan dos palabras! Pero, mira, les dan el paro y por no hacer nada, aparte de que sacan de sus campos…
 
La patrona tiene parientes en Andorra. Están empleados en un hotel, y lamenta que no ganan gran cosa: lo suficiente para vivir allá, sin ahorrar, aunque cada año, o cada tres años, les suben el sueldo y la categoría. ¡Conversaciones típicas!
 
Volviendo a Martilandrán, una vivienda en construcción, de dos pisos y muy amplia. Un hombre de aspecto bienhumorado acaba de cerrar la puerta del futuro garaje.
 
– Esa casa parece muy grande para una familia.
– Con razón. Es para varias. Somos varios hermanos, hemos estado trabajando en Bilbao, y con los ahorros, ya ve.
– ¿La construyen ustedes mismos?
– Sí. Los ladrillos y el material los traemos de fuera, pero nosotros vamos haciendo lo demás, por temporadas.
 
La obra tiene buena traza, aunque el curioso tuercebotas no es ningún experto para juzgar.
 
Más lluvia, que va calando el chubasquero. Vuelve del trabajo la mujer de la mañana, rodeada de cabras y sin hijos.
 
– ¿Le fue bien por El Gasco?
– Bastante bien. He comprado unas pipas.
– ¡También aquí las hacen! Las hacen unos familiares míos.
– Bueno, otra vez será.
– ¿Y va a escribir usted de esto? Escribirá cosas buenas, ¿eh?
– Naturalmente.
– ¡Ah, y si se pudiera hacer algo para mejorar! ¡Y también algún trabajo para mujeres!
– Escribiré lo que vea, y si me publican, ¡pues muy bien! Le enviaré lo que salga.
 
La señora se llama Carmen, "no la que tiene el comercio", matiza.
 
 
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