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PANORÁMICAS

Un Oso de Oro entre Foucault, Juan Pablo II y Hobbes

Al crítico de Variety le ha parecido que es una apología del fascismo. Al presidente Lula da Silva, que tiene unas cualidades "extraordinarias" y que "va a proyectar los problemas del Brasil, pero también [su] eficiencia, y le va a mostrar al mundo que el país no tiene solamente un lado malo". Podemos dar la razón a ambos: la interpretación más evidente es que nos encontramos ante una apología de la violencia como herramienta política. Y, efectivamente, muestra que el gigante sudamericano tiene multitud de lados malos.

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Aunque desde un punto de vista exclusivamente cinematográfico Pozos de ambición,  de Paul Thomas Anderson, que se tuvo que conformar con el Oso de Plata, es más brillante, las dimensiones políticas de Tropa de élite, primera incursión en la ficción de José Padilha después del documental Omnibus 174, parecen haber seducido al presidente del jurado, el siempre politizado Costa Gavras, a la hora de otorgarle el Oso de Oro del Festival de Berlín. Padilha ha introducido su cámara en las favelas de Río de Janeiro, un espacio donde reina la ley del más fuerte, los niños comienzan a esnifar antes que a hablar y el único policía bueno es el policía muerto o corrupto.
 
En EEUU se registran unas 200 muertes anuales como consecuencia de la violencia policial. En Río, sólo en Río, se producen 1.200. En Río opera el BOPE, un grupo policial de élite incorruptible pero implacable, un cruce apenas paradójico entre Robespierre y su Comité de Salud Pública y los uniformes negros de las SS de Himmler.
 
En la cinta, el capitán Nascimento (Warner Moura) relata en primera persona –con una voz en off pesada y reiterativa– el encargo de hacer más presentables y seguras las calles de los suburbios de la ciudad ante la inminente visita de Juan Pablo II. Asimismo, analiza el comportamiento de los dos candidatos a sucederle en el puesto de jefe del sanguinario pero heroico Batallón de Operaciones Policiales Especiales. Uno de ellos es valeroso y abnegado. El otro, honesto y sobre todo inteligente, asiste a clases de Sociología en la universidad, donde sus compañeros, bienintencionados onegeros que ayudan a los más pobres de las favelas mientras fuman porros y discuten Vigilar y castigar de Foucault, ignoran que su compañero es miembro de esa policía a la que detestan por represora y clasista, siguiendo los dictámenes del maestro francés.
 
Padilha ha rechazado que su película sea fascista y tachado la crítica de Variety de "estúpida" e ignorante de qué sea el fascismo. También deben de ser estúpidos los críticos del New York Times y del brasileño O Globo (y, por estos lares, Nando Salvá, de El Periódico de Catalunya), pues han escrito que se trata de una "apología de la violencia policial". Padilha hubiese hecho mejor escudándose en la complejidad de la realidad brasileña, en la que el Estado de Derecho no acaba de cuajar, para emparentar su postura con la de John Ford en El hombre que mató a Liberty Valance, donde el director que hacía westerns elaboró conceptualmente los problemas relacionados con el paso de un estado de Naturaleza, en el que impera la Violencia, a un estado de Derecho regido por la Ley. O –pero para esto ya habría necesitado, además de claridad de ideas, una voluntad de ir contra el establishment mediático– con la última entrega de Sylvester Stallone: John Rambo, otro representante de la violencia estatal que es sacrificado por el Estado en el altar de los Derechos Humanos cuando su contribución no sólo no es necesaria, sino inconveniente, a la hora de elaborar una ficción de respetabilidad. O –pero entonces le hubiesen despojado del Oso de Oro y se hubiera convertido de la noche a la mañana en un apestado social–, podría haber respondido:
Sí, es fascista. ¿Y qué? Mirad cómo las muchedumbres aúllan enfervorizadas, y hasta un acabado cineasta supuestamente comprometido como Costa Gavras cae rendido.
Le guste o no a Padilha, y aunque no fuera ésa su intención, el retrato hobbesiano de las favelas como un infierno de lobos incurre con delectación en el populismo criminal, la comprensión con los violentos y el apocalipsis estético. De todo ello se sigue una película con indudable nervio narrativo que adula al populacho convirtiendo a los policías en unos malnacidos adorables. Especialmente alucinante resulta su sadismo para con las almas bellas oenegeras, a las que retrata como una pandilla de niñatos malcriados y pedantes. Stallone, por ejemplo, igualmente sarcástico con los que viven satisfechos con su presunta perfección moral, ignorantes de las luchas que dificultan una actividad moral eficaz, es infinitamente más compasivo.
 
Interesante y polémica obra primeriza, Tropa de asalto, pese a su confusión formal, moral y política, o quizás por ello, debe verse como un ejercicio contradictorio del que pueden deducirse varias y casi siempre terribles conclusiones: la vacua e hipócrita cultura universitaria izquierdista, los entrenamientos militares de lavado de cerebro, la prohibición de la droga como efecto multiplicador del narcotráfico, el aplauso popular a la represión ante la más mínima amenaza, la fragilidad de la libertad enfrentada a la exigencia de seguridad, la impotencia de la fuerza cuando no está regida por el espíritu de la ética, el mal como partero del bien y, sobre todo, la dificultad de mantener la cabeza fría cuando todos a tu alrededor la pierden.
 
Lástima que Padilha, finalmente, también haya perdido la suya.
 
 
TROPA DE ÉLITE (Brasil-Argentina, 2007). Dirección: José Padilha. Guión: José Padilha, Bráulio Mantovani, Rodrigo Pimentel. Música: Pedro Bromfman. Fotografía: Lula Carvalho. Reparto: Warner Moura, Caio Junqueira, André Ramiro, Mihem Cortaz, Fernanda de Freitas, Fernanda Machado, Thelmo Fernandes, María Ribeiro. Calificación: Confusa (7/10).
 
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