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RECUERDOS SUELTOS

¿Y la dos...?

Debió de ser por julio o agosto de 1981 cuando fui a Garray desde Soria, siguiendo la ribera del Duero. Había dejado atrás la "curva de ballesta" y el monasterio de San Juan de Duero, cuyo claustro –unos le dicen hospitalario, otros templario– había visitado la víspera, como la ermita de San Saturio.

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Siempre he pensado que por las orillas de los ríos deberían trazarse caminillos arbolados para los buenos caminantes, pero allí no los había, y el paseo, a ratos muy cómodo bajo el sol mañanero y entre chopos, otras veces obligaba a dar rodeos o a internarse en espesuras de penoso tránsito, o a trepar por peñas considerables. Sonaba el ruido de lagartos o culebras al refugiarse entre la hojarasca, bajo los matorrales, y en aquellos lugares solitarios uno pensaba en la posibilidad de topar de pronto con un dragón, como solía ocurrir a los caballeros medievales.
 
En una ocasión, por evitar un rodeo, me vi en medio de un vasto zarzal, apartando los largos tallos a golpes de un palo grueso, mientras por el cuello y sobre la piel sudorosa me caían molestas hojas secas y bichejos picadores. Una sensación asfixiante y claustrofóbica, como en una marcha a través de la selva.
 
Empleé casi toda la mañana en el recorrido, muy ameno en conjunto, parando aquí y allá a contemplar el río y el paisaje. Cerca de la confluencia del Merdancho (¿no debieran cambiarle el nombre?) quedaban restos de un fuerte romano. Hacia la hora de comer llegué, pues, a Garray, a los pies de la colina donde se hallan las ruinas de Numancia. En un bar junto a la carretera tomé un buen bocadillo de chorizo y un vaso de vino. Estaban también, de sobremesa, un par de matrimonios. Los hombres jugaban a las cartas y las mujeres conversaban, ostentando su catalán con voces muy altas. Al poco volvieron a sus coches. "Éstas no se clarean", comentó socarrón el dueño del bar.
 
Salí a la plaza del pueblo y me acerqué a la fuente, con algo de aprensión porque estaba llena de avispas, a llenar de agua la cantimplora. Unos metros más arriba dos jóvenes con sendas mochilas se despedían de otro, algo mayor y con ropa de diario. Según me aproximaba, los dos primeros emprendían la marcha hacia la colina. Pregunté al tercero, aunque ya sabía la respuesta.
 
Estandarte hallado en Numancia.– ¿Es Numancia eso de ahí arriba?
– Sí.
– ¿Está toda ella excavada?
– Está excavada la mitad, más o menos. El resto se deja así, por ahora. Quien se ponga a excavarla se juega su reputación.
– ¿Van allí esos dos chavales?
– Eso parece –dijo, sonriendo–. Fíjate si están piraos que me insistían en que eran las ruinas de un monasterio templario… Yo soy arqueólogo.
 
El disparate me predispuso a favor de los jóvenes, y salí tras ellos. A aquella hora el calor apretaba de firme, haciendo fatigosa la subida al cerro casi desarbolado. Pero alcancé enseguida a los expedicionarios, pues se habían sentado en el suelo, bajo el solazo. Algo sorprendido, les animé:
 
– Qué, ¿subimos hasta las ruinas?
– Sí, sí, pero espera un poco, macho, que estamos muy cansados. Es que las mochilas estas pesan un montón…—Y al ver mi expresión de duda, me animó– ¡Prueba, prueba!
 
Algo descuidado, me incliné sobre una, y al hacer el esfuerzo de levantarla casi caí sobre ella.
 
– Pero ¿qué tienen dentro? ¿Hierro?
– Pues casi, casi.
 
Y, en efecto, llevaban unos cortos picos y palas, una enorme linterna y otras herramientas metálicas, aparte de una tienda de campaña y los correspondientes y voluminosos sacos de dormir. Preparados a todo evento.
 
Por fin los dos se pusieron en pie y seguimos cuesta arriba. Habían salido de Madrid con la idea de excavar en el célebre castillo templario de Ponferrada, algo ilegal, imaginaba yo, y que podría haberles costado un disgusto. Pero, por alguna causa que ya no recuerdo, habían cambiado de rumbo. Después de todo ¡hay misteriosos restos templarios en muchos sitios!
 
– Desde aquí pienso ir a pie hasta el cañón del río Lobos –les informé.
 
Cambiaron entre sí una mirada significativa.
 
– ¡Hombre…! Nosotros también. Podíamos ir juntos.
– Yo pienso ir a pie…
– ¡Ah…! Nosotros, con este peso… Intentaremos hacer autoestop o coger un autobús.
 
Paseamos por las ruinas. En general prefiero visitar estos sitios solo, pues la compañía impide concentrarse y tratar de sentir el pasado. Allí había tenido lugar hace más de dos mil años una epopeya heroica. Había leído las pedantes trivialidades de un historiador quitando valor al suceso: había bastado a Escipión Emiliano tomar algunas medidas en serio para aniquilar una resistencia básicamente cerril. Eso era todo… Ciertamente, las fuentes romanas expresan la dureza de la campaña y el desánimo que llegó a invadir a los romanos ante la lucha valerosa e inteligente de los celtíberos. El buen especialista querría combatir una leyenda considerándola reaccionaria, quién sabe si incluso franquista o cosa por el estilo.
 
El arqueólogo de Garray había quitado a mis compañeros la idea de los templarios, pero no por ello los había desmoralizado. Subidos a un muro junto a las columnas de una casa romana, miraban en distintas direcciones y calculaban la trayectoria del sol.
 
– Claro, desde aquí los druidas…
 
Manuel Vázquez Montalbán.Se trataban entre ellos de "hermano", y sus pintorescas lucubraciones no dejaban de escapar a la vulgaridad ambiente. Divertidos en su seriedad, me cayeron simpáticos. Por entonces estaban en boga las obras de García Atienza sobre esoterismos, iniciaciones y conocimientos oscuros. Yo había comprado La meta secreta de los templarios, que siguió tan secreta para mí después de leer el libro como antes. A cambio, sus páginas ofrecían una buena guía de lugares extraños y sugestivos, como la ermita del desfiladero del río Lobos.
 
Mi relativo interés por esos temas nacía, creo, de la aversión al clima social de triunfante chabacanería extendido sin necesidad por el país al llegar la democracia. La vida en el franquismo, debe admitirse, tenía un toque de mayor elevación y nobleza, incluso lo tenía la lucha contra él. "Contra Franco vivíamos mejor", inventó Vázquez Montalbán o alguien parecido. Todo ello se había esfumado ante la irrupción de nuevas gentes y modas "con esa osadía tan parecida a la impudicia".
 
Muy desengañado ya del marxismo, yo deseaba formar una asociación para recuperar las calzadas romanas y convertirlas en una red de sendas. Por entonces el senderismo apenas existía en España, luego se puso un poco de moda, aunque con un ramplón espíritu turístico. De todas formas, mi idea tenía pocas posibilidades de pasar de tal, porque a la falta de ambiente propicio se añadía el hecho de que debía moverme con documentación falsa.
 
– Hay otra ciudad con una historia parecida a Numancia. Se llama Termancia. Si tengo tiempo igual me acerco hasta ella –dije a mis colegas.
 
No habían oído hablar de Termancia, y de inmediato se despertó su curiosidad. Quedaron mirándome, y uno de ellos, con expresión de agudeza, me espetó:
 
– ¿Y la dos?
– ¿La dos…?
– Pues claro: Nu-mancia… Ter-mancia. Tiene que haber otra que haga el número dos, ¿no?
 
Realmente no decepcionaban. Desde luego, Termancia no tiene relación con el número tres, sino con termas, y se llamaba antes Tiermes; y a Numancia, nombre no latino, le pasaba seguramente lo mismo con el número uno. Pero la ocurrencia estaba muy bien. Con elementos más pobres han creado los nacionalistas historias de mucha enjundia, y ésta era inofensiva.
 
Imité a aquél a quien pedía un personaje de Cunqueiro: "Créeme, Pepiño, tienes que creerme. Total, ¡qué trabajo te cuesta, hombre!", y les seguí la corriente: "Una idea interesante. ¿Dónde estará la número dos? ¡No estaría mal descubrirla, como Schliemann hizo con Troya o Schulten con Tartesos! Si hasta creo que Schulten excavó en Numancia…". Aunque lo parezca, no les tomaba el pelo.
 
A media tarde bajamos al pueblo y nos despedimos amigablemente. Creí que les perdía definitivamente de vista, pero sería por poco tiempo.
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