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Hispanidad sin España

Somos ejemplo de lo que no hay que hacer, porque sólo nosotros somos responsables de nuestra triste situación.

Florentino Portero
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Celebramos el Pilar, el día de todos los que nos sentimos parte de la cultura hispana, con la Madre Patria patas arriba, la casa hecha unos zorros, una significativa parte de nuestros connacionales deseando dejar de serlo y unos partidos nacionales – el PP y el PSOE– sin tener muy claro quiénes son ni adónde van. Son tiempos de desesperanza, empantanados como estamos en una crisis económica que nos ahoga desde hace años, que tritura poco a poco a nuestra clase media y que se lo pone muy difícil a unos jóvenes que deberían estar iniciando su vida profesional y a punto de constituir una familia. Esa vieja institución que está aguantando lo que no está escrito el drama del desempleo.

La crisis económica puede haber tocado fondo, pero el repunte se hará esperar y más aún si el Gobierno no se decide, de una vez por todas, a recortar el gasto público. Tenemos más Estado del que necesitamos, y más caro de lo que podemos pagar. Mantenerlo en pie es una garantía de impuestos altos, de asfixia de nuestras familias y de nuestro tejido industrial. Rajoy pudo atajar el problema al poco de llegar, pero le faltó valor, convicción o ambas cosas. Ahora, perdida ya la autoridad ante los dirigentes regionales de su partido por su forma de llevar la crisis catalana, difícilmente se atreverá a dar el paso. Será el gran fiasco de la vicepresidenta, responsable de una reforma de las Administraciones que apenas si ha dado sus primeros pasos.

Pero la crisis económica, con todo lo que ello implica, no es nuestro principal problema. Nuestro sistema político hace aguas, violada la Constitución, roto el consenso nacional y con unos índices de corrupción e incompetencia política desconocidos por estos lares. Aquí no hemos tocado fondo, lo peor está por llegar y hay que mentalizarse para poder afrontar una crisis de gran envergadura.

En este escenario, los dos partidos nacionales han abandonado a sus votantes tradicionales para tomar derivas suicidas. Estos, hartos, salen de su letargo, retiran su confianza a las maquinarias partidistas y comienzan a dar primeras muestras de movilización. Los españoles corren el velo de la corrección política impuesta y claramente proclaman su voluntad de ser plenamente españoles, así como su hartazgo de tanta indulgencia con quien, abusando de una condición de privilegio, incumple la ley, viola la libertad individual y pone en peligro la convivencia.

Lejanos quedan los días en que España asumía con autoridad el liderazgo de la comunidad iberoamericana, como modelo de transición a la democracia, de reforma económica, de espacio para el desarrollo empresarial. Días en que nuestra diplomacia hacía de puente entre estas naciones, la Unión Europea y Estados Unidos. Cuando, bajo la autoridad de la Corona, principio de legitimidad histórica y "motor del cambio", nuestras empresas asumían inversiones tan cuantiosas como estratégicas en Iberoamérica, uniendo así nuestros destinos. Hoy nuestra imagen es otra, la de un país desmoralizado, en profunda crisis económica, con una corrupción que afecta por igual, como partes de un todo, a partidos, sindicatos, jueces, empresarios, medios de comunicación e, incluso, a la propia Corona. No tenemos autoridad ni poder. Somos ejemplo de lo que no hay que hacer, porque sólo nosotros somos responsables de nuestra triste situación. Unos por acción y otros por dejación.

Lo hispano gana posiciones en el mundo, aprovechando unas circunstancias históricas muy positivas. En algún momento, no sé cuándo, seremos capaces de poner la casa en orden y de reincorporarnos plenamente a la comunidad de naciones iberoamericanas. Las viejas políticas ya son anacrónicas y para entonces lo serán mucho más. Habrá que establecer una nueva agenda… pero ahora "lo que toca" es ocuparnos del propio suelo, refundar un sistema político que se ha venido abajo por la traición y deslealtad de quienes debían protegerlo y de muchos españoles que de forma irresponsable aplaudieron sus actos. Unos por prejuicios ideológicos, otros por arteras intenciones, aplaudieron políticas inconsistentes, inmorales y estúpidas, que nos abocaron a la situación en que nos hallamos. Toca reconstruir la casa común, desde los cimientos hasta la azotea.

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