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Doce años y medio de corrupción permanente

Los daños de este tipo de corrupción, la representada por el 11-M, son irreparables.

Gabriel Moris
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Creo innecesario advertir que no soy un versado en corruptelas, por eso pido disculpas si cometo algún error o imprecisión. Creo que la corrupción es consustancial al ser humano, pero no vamos a remontarnos a los orígenes de la especie para hacer nuestro análisis. Si consideramos el período transcurrido desde el inicio de este siglo, creo que podríamos distinguir dos etapas en que hay diferentes grados y tipos de corrupción: el anterior al año 2004 y el de los doce años y medio siguientes. En el primero, el auge de la construcción como gran motor de nuestra economía fue un buen caldo de cultivo para que surgieran corrupciones económicas y políticas. En el segundo, con el estallido de la burbuja inmobiliaria, se mantienen los malos hábitos del período anterior y además aparece con más virulencia la corrupción sociopolítica.

No sé muy bien el significado de este término, pero trataré de poner algunos ejemplos que podrían servirnos para aclararlo.

Los asuntos dinerarios son sin duda los que percibimos como especialmente relacionados con la corrupción, pero, siendo muy importantes, tienen la ventaja de ser fácilmente perseguibles. Tampoco producen daños irreversibles, ya que con la devolución de lo robado y con la pena de prisión correspondiente se puede reparar el mal causado. El problema que tenemos es que casi nunca se cumplen las penas impuestas por la Justicia.

El ejemplo que puede ilustrar plenamente la corrupción es el tratamiento dado al mayor crimen de este período, el de los atentados contra los trenes de Cercanías. Yo no sé si se pueden cuantificar los efectos económicos de los mismos, pero voy a tratar de enumerar algunos de los efectos de la corrupción –social y política– que fueron origen y consecuencia de aquellos crímenes de lesa humanidad.

Los recientes ataques terroristas en otros países europeos creo que no han afectado de forma tan nociva a la vida política, ni a la convivencia ni a la economía de los países que los han sufrido. Antes de los atentados, España padecía un terrorismo local en vías de extinción. Los partidos que se alternaban en el Gobierno firmaron el Pacto por las Libertades y contra el Terrorismo. A pesar de mostrarse eficaz, después del 11-M uno de los partidos firmantes lo derogó de facto al llegar al Gobierno. ¿Podría servir este caso como ejemplo de corrupción política?

Podemos encontrar todo un vivero de corrupciones a partir de entonces:

  • Fallo colectivo de las cámaras grabadoras de las estaciones: aún está pendiente de investigación.
  • Desaparición de las evidencias tomadas por los Tedax de Madrid en los escenarios de los atentados: hasta hoy, la Audiencia de Madrid ha rechazado la querella presentada al respecto.
  • Desguace inmediato de los vagones que estallaron: se desconocen los responsables.
  • Asuntos no investigados policial ni judicialmente: 1) artefactos explosivos colocados en la estación de Mocejón; 2) hechos ocurridos en Leganés un mes después; 3) el Skoda Favia encontrado meses después en Alcalá de Henares; 4) irregularidades periciales, etc. - Sentencia incompleta, ya que no había autores-intelectuales ni materiales.
  • Comisión parlamentaria de investigación fallida por ausencia de responsabilidades políticas en los hechos.

He aquí elementos que permitieron una masacre con 192 vidas perdidas y más de 1.800 truncadas. Los daños de este tipo de corrupción son irreparables. Partiendo de que la seguridad y la vida de las personas es el deber principal del Estado de Derecho y sus instituciones, creo que no es necesario explicar el título que hemos dado a esta reflexión sobre la corrupción en España.

Curiosamente, todos –políticos e instituciones– tratan de vendernos sus promesas de regeneración.

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