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Gabriel Moris

Febrero, mes de juicios

Para 'desfacer entuertos' sólo se necesita querer. Y para prevenirlos hay que partir del conocimiento de la verdad.

Gabriel Moris
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España es una monarquía parlamentaria desde el año 1978, en que se aprobó la Constitución que, hasta hoy, regula nuestra convivencia como nación. Ya en vida del general Franco el pueblo español, por referéndum, aprobó una ley orgánica que definía a España como monarquía. Al ser proclamado rey Don Juan Carlos, se declara el Estado como de derecho, democrático y social. Ruego me disculpen si hay alguna incorrección.

Una característica fundamental de la democracia es la separación de los tres poderes constitutivos del Estado de Derecho: Ejecutivo, Legislativo y Judicial. Este principio, evidente sobre el papel, no lo es en la praxis cotidiana. No en vano se dice que el papel lo aguanta todo.

Mi condición de víctima del terrorismo y de ciudadano de un país democrático creo que me autoriza, y quizás me obliga, a opinar sobre estos temas político-judiciales que afectan a nuestras vidas.

Hasta hoy, creo que los dos hechos más trascendentes del siglo XXI en España han sido los atentados de los trenes de Cercanías en Madrid, que dejaron un saldo de más de dos mil víctimas, de las cuales 192 –entre las que figuraba mi hijo– perdieron la vida; y la proclamación ilegal y unilateral de la República Catalana.

Respecto al primero –crimen de lesa humanidad–, en cuyo juicio, realizado en la Audiencia Nacional, sólo se condenó a un autor material: ninguna mente, por limitada que sea, puede admitir como buena esa única sentencia; máxime cuando tampoco se identificó a autores intelectual alguno. Ni verdad, ni memoria, ni dignidad ni justicia para el mayor crimen terrorista de España y Europa en tiempo de paz. Esta realidad es incompatible con nuestra democracia avanzada. No puedo comprender cómo las víctimas, el pueblo español y nuestro Estado de Derecho callan y olvidan esta gran injusticia durante más de quince años.

El juicio a la autoproclamada República Catalana se está finalizando en el Tribunal Supremo. A algunos nos retrotrae al asalto al Congreso de los Diputados de 1981, pero sospecho que el juicio y las condenas no van a ser comparables. Ya se habla de indultos, sin que haya finalizado la vista de la causa.

Las tres instituciones del Estado que ostentan el monopolio de la actuación en estos casos siguen al servicio del silencio y del olvido de unos resultados que no caben en ninguna mente humana. Como injustificables resultan algunas medallas al mérito policial con distintivo rojo. A no ser que para las autoridades que las concedieron tengan todo el sentido; pero si es así, que nos lo expliquen, al menos para aplaudir la gesta merecedora de ellas.

Respecto al golpe de Estado perpetrado por las autoridades electas de Cataluña, hemos de reconocer que no hubo derramamiento de sangre como en el 11-M, no obstante, supuso la muerte civil del 50% de los habitantes de esa autonomía. Todo ello contraviniendo el ordenamiento jurídico del Estado al que representan y en rebeldía ante los fallos previos de los órganos judiciales competentes.

Cualquiera que sea la sentencia, el ruido mediático que acompaña al desenlace final hace pensar en un nuevo ataque a la Justicia desde los otros dos poderes del Estado. Pronto saldremos de la duda.

Hay, al menos, una coincidencia entre ambos juicios: los dos comenzaron en febrero y duraron cuatro o cinco meses. Según rumores, también será el mismo el mes de publicación de la sentencia: octubre. Casualidades institucionales quizás.

Permítanme que exprese mi deseo sobre ambos:

que las víctimas y el pueblo español conozcan toda la verdad sobre los hechos, los autores y las tramas;

que la Justicia actúe como poder independiente y emita sentencias de acuerdo con nuestro ordenamiento jurídico;

– que las penas se cumplan íntegramente.

La justicia humana sabemos que tiene sus limitaciones, pero la injusticia a veces parece no tener límites. ¡Pobre pueblo español y pobre España! Para desfacer entuertos sólo se necesita querer. Y para prevenirlos hay que partir del conocimiento de la verdad.

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