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11-S: aniversario en el Sahel

En el undécimo aniversario del 11-S, nos encontramos con las tres cuartas partes de Malí en manos de yihadistas de diverso pelaje

GEES
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El aniversario de los macroatentados del 11-S, y vamos por el undécimo, es siempre un momento propicio para hacer balance de la lucha contre el terrorismo yihadista salafista de ambiciones globales. Para algunos éste está en declive, máxime tras la eliminación de Osama Ben Laden y la emergencia de revueltas árabes. Otros, en cambio, preferimos ser más cautos, sobre todo ante la emergencia de frentes de combate por doquier, menos visibles en términos de impacto mediático pero preocupantes por tratarse de metástasis del tumor terrorista.

Uno de sus escenarios de expansión es el Sahel, prolongación meridional de un Magreb siempre presente en los planes globales de Al Qaeda. A principios de la década pasada las Fuerzas Armadas argelinas eliminaron al embajador de nacionalidad yemení que Al Qaida Central había enviado a la región para expandir su modelo. La eliminación física del emisario hizo creer a muchos que se abortaba la expansión terrorista; lo mismo pensaron cuando se mató a Ben Laden en Abotabad, en mayo de 2011. Insistir hoy en esa misma idea optimista es irresponsable.

El Sahel nos sirve para reforzar tal afirmación. En el undécimo aniversario del 11-S, nos encontramos con las tres cuartas partes de un extenso país de esa zona en manos de yihadistas de diverso pelaje: ahí están desde Al Qaeda en el Magreb Islámico (AQMI) hasta el Movimiento para la Unicidad del Islam y el Yihad en África Occidental (Mujao), pasando por una escisión yihadista de los nacionalistas tuareg, Ansar Eddine. Dichos grupos cada vez dominan con más firmeza 800.000 kilómetros cuadrados de Malí, y, lo que es peor, siguen expandiéndose. El 1 de septiembre el Mujao capturaba, prácticamente sin combatir, otra ciudad, Douentza, en el centro de ese mismo país.

Mientras todo esto ocurre, y ciudades emblemáticas como Tombuctú, Gao o Kidal llevan meses bajo el estandarte negro de los terroristas, el mundo sigue lamiéndose las heridas sin dinamizar medidas para recuperar el control. Las organizaciones africanas, que son el segundo escalón de respuesta –tras el muy debilitado escalón nacional–, siguen discutiendo, y el Consejo de Seguridad de la ONU espera los resultados de dichas discusiones. El 17 de septiembre, en Abiyán, los ministros de Asuntos Exteriores, Defensa y Asuntos Africanos de los quince miembros de la Comunidad Económica de Estados de África Occidental (Cedeao) se reunirán para tratar de aprobar el despliegue de más de 3.000 efectivos en dicho escenario. Con ello se intentaría ayudar al debilitado Estado de Malí a recuperar el control sobre su territorio y, de paso, frenar un avance de los yihadistas, que en este evocador aniversario del 11-S actúan de forma distinta pero igualmente letal: ahora no lanzan aviones de pasajeros contra edificios, pero cometen atentados con bomba en Argelia, matan cristianos en Nigeria y secuestran y matan extranjeros en Malí o en Níger. Distintas formas, en suma, de seguir mancillando al Islam destruyendo vidas.

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