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A la deriva

La crisis sucesoria en el PSOE a quien le está costando caro es a España. Con nuestros compromisos y misiones en el exterior desatendidas; con un presidente del Gobierno sin autoridad ni legitimidad para el Gobierno.

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Como hemos relatando en esta columna, la aún ministra de Defensa no ha ejercido nunca como tal: concibió desde el principio el Ministerio como un inmenso plató de televisión desde el que catapultar su imagen política. Probablemente haya sido la peor titular de Defensa de la democracia, pese a lo cual, convertida en una agencia de publicidad andante, no pocos socialistas querían verla dirigiendo al PSOE, pese a su manifiesta incapacidad gestora. Nunca se interesó ni se involucró en los problemas reales de los militares, lo que se tradujo en problemas sin resolver –relativos a material, renovación y organización– y en problemas nuevos creados por su afán de protagonismo –Ley de Carrera Militar, Reales Ordenanzas, Ley de Derechos y Deberes–. Pese a que las lágrimas de la ministra son lo único que parecen interesar en nuestro país, no está de más recordar que, despistada y noqueada, sigue teniendo una responsabilidad enorme, tanto en lo relativo a nuestra participación en misiones militares como en organizaciones internacionales. Y nada indica que vaya a poner más interés que el escaso mostrado hasta ahora. El Ministerio sigue a la deriva.

Por otro lado, la imagen del presidente es de mayor deterioro. Se trata de un Zapatero inconsciente de la moción de censura sufrida en las urnas el pasado domingo, dispuesto a agotar "como sea" la legislatura, al margen de la deriva del país, en el interior y en el exterior. Además, está la manifiesta debilidad mostrada ante los "barones" de su partido, inadmisible en un presidente del Gobierno. Y no digamos ya la pública impotencia que muestra ante su ministro del Interior, que cada vez asoma más como el verdadero poder en la sombra del Gobierno ante un temeroso presidente incapaz de hacer valer su voluntad en el ejecutivo o en su propio partido.

Por su parte, el ministro del Interior, Pérez Rubalcaba, parece ya centrado obsesivamente en sí mismo y en su propia carrera política. Sólo responde a estímulos que afectan a su imagen, pero no más. En el Congreso, se zafa como buenamente puede de las preguntas sobre el caso del chivatazo a ETA, en un empeño por salvar su pellejo que contrasta con la facilidad para sacrificar a los miembros de la policía, por colaboradores que sean. Por lo demás, permanece atrincherado en el Ministerio, desatendiendo importantes crisis de orden público como las de las acampadas, espacios de ilegalidad, impunidad y desafío al Estado de Derecho. O renunciando a liderar cualquier lucha contra el brazo político de ETA, cuyos miembros están ya amenazando y provocando a las fuerzas democráticas en el País Vasco y Navarra.

En fin, que la crisis sucesoria en el PSOE a quien le está costando caro es a España. Con nuestros compromisos y misiones en el exterior desatendidas; con un presidente del Gobierno sin autoridad ni legitimidad para el Gobierno, semiinconsciente y noqueado; y con un ministro del Interior convertido en el hombre fuerte del país, más ocupado en eliminar a sus enemigos políticos en la sucesión que en atender a sus obligaciones institucionales. Entre una y otra cosa, España es un país a la deriva.

© GEES, Grupo de Estudios Estratégicos.

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