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Después de las Convenciones

La experiencia dice que es muy poco lo que se puede sacar de las convenciones en materia de intención de voto. Pero este año cualquier 'poco' cuenta.

GEES
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Las convenciones no son los que eran. Han cambiado de forma radical desde 1960. Antes eran una frenética lonja de intercambio de votos, apoyos, favores y prebendas políticas. Gracias a los avances en las comunicaciones, ahora todo está atado y bien atado desde el momento en que se inician. Además, cuando el pretendiente ha conseguido durante las primarias una mayoría absoluta de delegados, queda mucho menos por negociar. Sólo queda ungirlo solemnemente con su discurso de aceptación, que aspira a ser el más importante de toda la campaña.

No es extraño que haya quien proponga prescindir de ellas. Las grandes cadenas americanas de TV han reducido este año su cobertura a solamente una hora de prime time, donde hay que encajar los principales discursos. La audiencia ha bajado, por más que no es fácil de medir, puesto que son muchos más los que dicen haberlo seguido que los que realmente lo han hecho. Parece poco confesable estar viendo una serie o un partido en vez de estar siguiendo como un deber cívico un acontecimiento político trascendental. 

A pesar de todo el esfuerzo que suponen, los partidos siguen invirtiendo a fondo en tan magnas reuniones, por la rentabilidad propagandística que esperan obtener. Esto puede ser especialmente importante en elecciones como las actuales, en las que los sondeos hablan de empate entre los candidatos, a pesar de que la experiencia dice que es muy poco lo que se puede sacar de las convenciones en materia de intención de voto. Pero es que este año cualquier poco cuenta. De hecho, durante tres días Romney ha ido unas décimas por delante de Obama en el promedio de las encuestas. Algunos expertos sostienen que el empujón tarda un par de semanas en aflorar en los sondeos, y que por tanto esa subida debe corresponder más bien a la designación de Paul Ryan como candidato a la vicepresidencia. Sin embargo, tres días después de la clausura de la Convención Demócrata Obama vuelve a situarse con 1'6 puntos de ventaja. Quizá sea sólo el eclipse del pequeño efecto Ryan, y por tanto estaríamos todavía a la espera de los verdaderos impactos de ambas convenciones.

Ahora las expectativas de arañar algunos votos todavía no decididos o susceptibles de cambiar se trasladan a los tres debates que celebrarán en octubre los dos grandes contendientes, así como el que enfrentará a sus respectivos números dos. Una vez más, las lecciones del pasado apuntan a que poco es lo que cabe que esperar. Entre tanto, lo que ha sucedido en Tampa (Florida) y Charlotte (Carolina del Norte) se analiza minuciosamente para detectar el estado y el rumbo las campañas. Para empezar, los republicanos adolecieron de una cierta escasez de entusiasmo, mientras que los segundos anduvieron más bien sobrados, pero nada ni remotamente comparable a lo que fue no ya la coronación, sino cualquier acto de campaña de Obama en el 2008. Ello contrasta, en las encuestas, en las que hay mediciones para todo, con una laguna de entusiasmo a favor de los republicanos, 12 puntos por encima de sus rivales, los cuales en 2008 habían conseguido una ventaja record de 26. Un buen índice de lo que va de una elección a otra.

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