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El Estado Despreocupado

Una nación que descuida su seguridad de manera abierta y explícita está invitando a que sus intereses o su seguridad sean atacados.

GEES
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A veces los países inmersos en una crisis interna priorizan la economía sobre todo lo demás, lo que puede resultar comprensible. Sin embargo, la experiencia demuestra que precisamente cuando un país –con crisis económica o sin ella– descuida su seguridad y su defensa se desliza hacia una debilidad que es una invitación a sus rivales o enemigos. Y el hecho de que políticos y medios de comunicación no crean relevante hablar de éstos no significa que desaparezcan. Al contrario: una nación que descuida su seguridad de manera abierta y explícita está invitando a que sus intereses o su seguridad sean atacados.

El caso es que ni política exterior, ni seguridad ni defensa –funciones primarias y fundamentales del Estado moderno– han estado presentes en el Debate sobre el Estado de la Nación.

La política exterior, más allá de la narración que Rajoy hizo el miércoles de las negociaciones económicas europeas, ha pasado inadvertida. A la oposición no le interesó un tema del que aún huía más el Gobierno, atrapado en contradicciones. Más allá de una ola de obamafilia forzada e innecesaria, la normalización de las relaciones con Washington está lejos de cubrir la necesidad de España con quien fue nuestro gran aliado. En Iberoamérica, la nacionalización y expropiación de empresas españolas se está convirtiendo en una tradición que tampoco parece nuestro país capaz de frenar. Y en Oriente Medio el inexplicable apoyo a la iniciativa estrella de Zapatero, la Alianza de Civilizaciones –que tanto ha costado y cuesta a la imagen de España–, ha venido unido a una errática posición respecto a Israel o la primavera árabe. En términos de política exterior, más allá de la lucha financiera en la UE, la dispersión gubernamental poco ha llamado la atención de una oposición que, a fin de cuentas, está aún menos interesada en la materia.

También la defensa ha estado ausente del Debate, y eso que su situación es insostenible: España es un país inmerso en un proceso de desarme suicida. En esfuerzo en términos de PIB estamos al nivel de Luxemburgo, y en términos absolutos invertimos cinco veces menos que Francia. La estructura, el material, la educación y el adiestramiento de las Fuerzas Armadas presentan graves carencias, y urgen importantes reformas ausentes totalmente del Debate. Cuando Libia se hunde en la desestabilización, Mauritania y Malí se tambalean, Argelia y Marruecos continúan rearmándose y la sombra de la proliferación nuclear se extiende por África y Oriente Medio, la parálisis que afecta a los instrumentos de defensa es preocupante. El Ministerio de Defensa se encuentra ciertamente inmerso en una reforma de las Fuerzas Armadas que deberá ser de calado, pero nada ha trascendido en el Debate. Ni el Gobierno se mostró interesado en todo ello ni la oposición se mostró interesada en preguntar.

La seguridad y la lucha antiterrorista han estado desaparecidas, salvo por las maliciosas alusiones de algún grupo minoritario: sólo la Policía Nacional y la Guardia Civil cubren en la práctica del día a día el hueco político e institucional presente en la lucha contra ETA. Cuando ésta domina ayuntamientos y diputaciones, y controla boletines oficiales para la destrucción de España y de su democracia, su ausencia en el Debate es preocupante: a nadie parece importar que su proyecto avance a buen ritmo y que esté en ritmo de colisión con las instituciones democráticas. La otra gran amenaza terrorista, el yihadismo –que prepara atentados, recluta y hace proselitismo en España–, ha estado igualmente ausente. Que España, la Al Ándalus soñada, esté presente en los textos y proclamas islamistas, de Yakarta a Casablanca, no parece preocupar ni a Gobierno ni a oposición. Tampoco el notorio despiste que los instrumentos para la seguridad nacional, empezando por el CNI, están mostrando en un asunto especialmente sensible como la primavera árabe, la situación en Malí o el incierto devenir de Marruecos.

Así las cosas, el Debate ha mostrado, para desgracia de futuras generaciones, cierta tendencia suicida de la sociedad y la clase política españolas, preocupadas por el aquí y el ahora. El sentido común y la experiencia histórica muestran con claridad que quien se desentiende de su seguridad por centrarse en su bienestar económico acaba perdiendo tanto la una como el otro. ¿Cómo no van los enemigos a frotarse las manos ante una nación tan despreocupada como España?

© GEES, Grupo de Estudios Estratégicos.

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