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Guerra en el Cáucaso

Putin lleva años tratando de reafirmar el derecho a gran potencia de su país y su papel dominante en el llamado "extranjero cercano", las escindidas repúblicas ex soviéticas.

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El ministro alemán de exteriores ha dicho lo único sensato: "Todavía no está claro quién es el responsable del nuevo estallido de violencia". Putin, desde Pekín, ha dicho lo único importante: "Ha empezado la guerra". Casi todos los demás han dicho lo obvio: "Que se suspendan las hostilidades y negocien". Lo obvio tiene mucho de perogrullesca beatería. Si las negociaciones hubieran servido para algo durante años, no se habría abierto el fuego. Quizás con una abrasadora llama detrás, ahora sí puedan servir. Pero normalmente sólo para confirmar la victoria del vencedor. Finalmente, pocos se han mojado: "Defendemos la integridad territorial de Georgia", De una u otra forma Francia lo ha dicho, Polonia también y Estados Unidos lo ha afirmado con rotundidad. La Unión Europea, por boca de su Solana, ha sido, como es habitual, un poco más beata que la media. La ley del mínimo común denominador.

Lo cierto es que las informaciones llegan de las partes y por tanto tienen fiabilidad muy limitada, excepto respecto al hecho de que han pasado a mayores, sea quien sea el que tiró la primera piedra. La más urgente necesidad pública, quiénes son los buenos y quiénes los malos, no es sencilla de satisfacer. En el ejercicio de su derecho a separarse de la Unión Soviética, la pequeña Georgia se encontró con que regiones autónomas de su periferia reclamaban lo mismo, preferían quedarse con los rusos y aspiraban a la secesión respecto al nuevo independiente. Por supuesto, azuzadas de todas las formas posibles desde Moscú.

Desde el formalismo jurídico internacional, con frecuencia tan enclenque, Abjasia y Osetia del Sur son parte de Georgia y punto. Desde otros puntos de vista, geográficos, históricos, étnicos, la cosa es siempre más complicada, pero habría que adelantar que el balance es en general favorable para Georgia, la cual, sin embargo, no ha facilitado las cosas con su revoltosa política interna desde la independencia hasta nuestros días, tanto así que no puede descartarse a priori que su jefe de Gobierno, el prooccidental y discutido Shaakasvili, no haya lanzado una provocación por razones también de política doméstica. Ciertamente el status quo era francamente proruso, una quasi independencia con tropas de Moscú y de Tiflis jugando a pacificadores. ¿El momento? ¿Quién puede dejar de pensar en un mundo con la mirada fija en Pekín? Desconocemos los entresijos internos de la decisión, pero sí sabemos que quien tiene, con gran diferencia, el record de provocaciones es Rusia. Para ella esto es un hábito.

Perfectamente visible es que Georgia es un pequeño David y Rusia juega el papel de un matón y entrometido Goliat. Nadie ignora, y menos que nadie la república caucásica lanzada a tan desigual guerra, que Putin lleva años tratando de reafirmar el derecho a gran potencia de su país y su papel dominante en el llamado "extranjero cercano", las escindidas repúblicas ex soviéticas. El reflejo condicionado que vincula conflicto con oro negro juega hoy un papel menor: los nuevos oleoductos han eludido Georgia, precisamente por su conflictividad, pero no es todavía cero. No hace mucho que Putin secó durante una semana a la incordiante Georgia de su aprovisionamiento energético en pleno invierno caucásico. A Putin no le gustan las continuas lecciones de democracia que su pequeño vecino pretende impartirle ni sus orientaciones occidentales.

Las dos partes se juegan mucho y apuestan muy fuerte. La geopolítica dicta que las inevitables ramificaciones del conflicto le sustraen el mero carácter local. Gran cuestión es la de hasta dónde está dispuesto a llegar cada uno, pero como mínimo los rusos quieren, como siempre han querido, una Georgia humillada y dócil. Para Putin es la prueba del nueve de sus ambiciones internacionales, empezando por sus alrededores y sondeando la reacción del ancho mundo. Implica también, a pesar de la pequeñez de su rival, una primera confianza en su labor reconstructora de las fuerzas armadas rusas, que tan deslustrado papel han jugado en Chechenia. ¿Estará Georgia apostando por todo lo contrario? Apuesta en todo caso por situar su demanda en el centro de las preocupaciones internacionales y en arrastrar a Estados Unidos a posiciones mucho más comprometidas. Esperaba recibir la luz verde para ingresar en OTAN cuando se celebró la cumbre de la organización en Bucarest a comienzos de abril. Americanos y europeos del Este estaban por la labor, pero los occidentales quisieron aplacar a Putin y, sin negarla del todo, aplazaron la posibilidad de ingreso ad kalendas graecas. Ahora, ambos contendientes pueden ver en esa decisión una implícita luz verde a Rusia en sus aventuras caucásicas. Juegos peligrosos.

© GEES, Grupo de Estudios Estratégicos.

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