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¿Tan mal está España?

España debiera hacer justicia y detener o eliminar a los secuestradores del Alakrana. Si hemos sabido llegar a ellos para negociar y pagar, se puede hacer lo propio para acabar con ellos.

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Hoy es un día triste para España, rendida, humillada y postrada ante sus extorsionadores. Los intereses españoles no son pagar por la liberación de los secuestrados, sino la persecución y la detención o eliminación de los piratas, que es algo muy distinto. Cuando los piratas ganan, España pierde, y viceversa. Nos cuesta rubor tener que decirlo, cuando la rendición nacional se está celebrando como una gran victoria, no sólo por la vergonzosa exhibición de un Gobierno rendido, sino por una oposición degradada y unos medios de comunicación moralmente envilecidos. Todos celebran la victoria pirata y la derrota española. A eso estamos llegando.

Lo malo es que la catastrófica gestión política, militar y diplomática del caso Alakrana, que ha culminado con el titular, España se rinde ante los piratas, no es el punto final. Al margen de que a estas horas están celebrando su victoria y repartiéndose nuestro dinero, preparan nuevos asaltos y ataques a otras embarcaciones. El dinero español servirá para preparar nuevos secuestros. Tras la humillación española, la guerra continúa, porque los piratas –por definición situados en frente y fuera de todo derecho y toda ley–, siguen atacando. Y en ella, España no puede quedar mínimamente satisfecha hasta que los piratas sean eliminados de la zona.

Una de las ideas falsas más peligrosas extendida en nuestro país a raíz del caso Alakrana es la de la imbatibilidad de los piratas. En el caso de los secuestradores del Alakrana, sabemos dónde viven, de qué puertos salen, qué rutas siguen sus lanchas y qué barcos nodriza utilizan para atacarnos. Conocemos incluso los nombres de sus cabecillas, los coches que conducen y los lugares que frecuentan. Sabemos el tipo de material bélico que utilizan, que es escaso, de corto alcance y anticuado. Para colmo, Somalia está repleto de periodistas que nos transmiten esta y otra información, de agentes de inteligencia y de diplomáticos que proporcionan una imagen bastante aproximada de qué hay y qué no hay por allí. De pocos enemigos conocemos tanto como de los que nos han vencido desde las costas somalíes.

No resultaría difícil bombardear sus casas y guaridas, hundir sus lanchas y barcos nodrizas sin contemplaciones, reducir a cenizas sus puertos y las bases desde las que operan. Lo decíamos aquí el otro día: ¿para qué queremos unas Fuerzas Armadas? ¿Para qué en Somalia? ¿Para escoltar el pago del dinero? Tenemos, allí desplegadas y en nuestro territorio, buenas unidades capaces de actuar, hacer justicia y dar escarmiento a los secuestradores. Cada 12 de octubre sacamos a pasear vehículos y aviones. Pero si no se usan en ocasiones como esta, ¿para qué las queremos? Lo advertimos aquí el otro día: si la labor de las FAS se limita a asistir impávidas a la vulneración de los intereses nacionales, del derecho internacional y de los derechos humanos, más vale traerlos de vuelta, y una vez aquí plantearnos si merece la pena mantenerlas.

Resulta desalentador señalar opciones que nadie se plantea. Primero, España debiera hacer justicia y detener o eliminar a los secuestradores del Alakrana. Si hemos sabido llegar a ellos para negociar y pagar, se puede hacer lo propio para acabar con ellos: sabemos quiénes son, dónde viven y cuáles son sus puertos. Segundo, se debe garantizar la seguridad de los barcos españoles en la zona, impidiendo que un solo pirata se acerque a un solo barco español. Con mayor potencia de fuego en las naves, no supone ningún problema. Tercero, deberíamos combatir activamente a los piratas en la zona, perseguirles hasta acabar con ellos y restaurar el libre tráfico marítimo. A los barcos piratas, desde que la humanidad navega, se les toma o se les hunde. Ni se negocia con ellos ni se anda con miramientos.

Todo lo cual entra de lleno en la lógica de cualquier país decente. Mucho nos tememos que la pregunta es: ¿tan mal está el país para que ni Gobierno, ni oposición ni opinión pública se planteen algo que es de sentido común y propio de un país que se respete a sí mismo y a sus ciudadanos? ¿Tan mal como para celebrar como una victoria una derrota? ¿Tan mal como para quedarse de brazos cruzados sin hacer nada contra sus agresores?

© GEES, Grupo de Estudios Estratégicos.

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