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USA, China y el mundo

Antes tenían un enemigo común, la URSS. Ahora los sistemas económicos no son tan antagónicos, pero el acuerdo que se necesita es mucho más amplio.

GEES
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El encuentro entre Obama y Xi en California el viernes y sábado ha sido denominado cumbre "en mangas de camisa" para subrayar, más allá de toda rigidez protocolaria, la relevancia del acercamiento personal entre los dos líderes, quizás, incluso, por encima del contenido. El nombre apunta a la continuidad. No cabe esperar que todos los grandes problemas se resuelvan de una vez, pero es importante que se cree el buen entendimiento que facilitará la continuidad de la negociación. Así pues, no esperemos demasiado, por mucho que seamos conscientes de la importancia transcendental de que los dos gigantes se entiendan entre sí.

A la espera del comunicado final, sabemos que en espionaje informático, en el que la actividad china se está convirtiendo en masiva, y en general en ciberseguridad, tremenda amenaza futura, los dos prohombres no han llegado muy lejos, pero parece que ha habido avances respecto al delicado asunto de Corea del Norte y en algunos aspectos ambientales, pues la enorme contaminación china, que es una espada de Damocles sobre su futuro, no respeta murallas, por grandes que sean.

Hay otros muchos problemas apremiantes, cuyas implicaciones mundiales desbordan por completo el marco bilateral. Nadie escapa a las repercusiones del modelo económico chino y a sus relaciones comerciales y financieras. Las aspiraciones de Pekín en los mares limítrofes son una creciente fuente de tensiones con todos sus vecinos. Pero ante todo, por encima de todo, lo que se necesita son unas reglas de juego claras y razonables para que China llegue a ocupar en el sistema internacional, sin grandes perturbaciones, el puesto que cree que le corresponde. Para ello, lo primero que tiene que ser razonable y claro son las aspiraciones del Imperio del Centro, el país más antiguo del mundo, con su milenaria costumbre de reducir a vasallaje a todos sus vecinos siempre que se encuentre unido y fuerte. Ahora está saliendo de un par de siglos de humillaciones con un nacionalismo latente que el poder manipula con gran facilidad, poniéndolo al rojo vivo en cuestión de días.

Con motivo de la cumbre, se ha recordado ampliamente que un momento histórico de gran peligro para la paz es cuando una potencia en rápido ascenso reclama para sí un papel cada vez más privilegiado, hasta el punto de pretender desplazar al hegemón del sistema. También en Pekín se lee a Tucídides y su análisis del temor de Esparta al crecimiento de Atenas. Sólo que ahora el Peloponeso es el mundo entero. Ambas partes son conscientes de lo que está en juego. La complicación viene de que no se trata de un mero equilibrio de fuerzas físicas. Valores, concepciones, ideas configuran las reglas y las aspiraciones. Son excesivamente diversas. En 1972, después de tres años de negociaciones secretas, Nixon y Kissinger lo consiguieron. El comunismo chino puso sordina a la tremendamente agresiva retórica anticapitalista y antiamericana.

Entonces tenían un enemigo común, la Unión Soviética. Ahora, al menos, los sistemas económicos no son tan antagónicos, pero el acuerdo que se necesita es mucho más amplio.

© GEES, Grupo de Estudios Estratégicos.

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