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¿Cuántos tendrán que morir?

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El brote de virus del Nilo desde hace cuatro años es una grave amenaza a la salud pública. Durante la época más peligrosa del año que ahora comienza, este virus transmitido por mosquitos se aloja en pájaros, caballos y otros animales en 40 estados, ha causado infecciones serias a 367 personas en 20 estados y cinco muertes este verano.

El año pasado hubo más de 4 mil casos y casi 300 muertes. Podemos estar al borde de una grave epidemia, pero no hay tratamiento y para obtener la vacuna faltan no menos de 10 años. Las autoridades de la salud han reconocido la gravedad del problema, pero su respuesta ha sido tibia y políticamente correcta. El Centro para el Control de Enfermedades recomienda “evitar las picadas de mosquitos”, usando mangas y pantalones largos, repelentes y no salir al atardecer y al amanecer. También protegiendo las viviendas al eliminar agua estancada e instalando telas metálicas.

Parece que esos burócratas no salen mucho de sus oficinas. Los residentes de estados costeros o con lagos y pantanos les informarían que vaciar las fuentes para pájaros y los platos bajo los potes con arbustos no los protege de millones de mosquitos. Sin la vacuna, lo que hay que hacer es eliminar la propagación, eliminando a los mosquitos, pero fallas fundamentales en la política de salud limitan las armas utilizables.

En 1972, en base a datos de toxicidad en peces y pájaros migratorios (aunque no en humanos), la Agencia de Protección Ambiental (EPA) prohibió el uso del DDT, un pesticida barato y efectivo que se utilizaba para exterminar insectos transmisores de enfermedades. En apoyo de la politiquería ambiental anticientífica, los reguladores mencionaban la posibilidad de que el DDT pudiera causar cáncer, afirmación basada en experimentos de ratones expuestos a dosis masivas del pesticida. La validez de trasladar tales experimentos a los humanos sigue en duda.

Los reguladores del gobierno no sólo minimizaron la evidencia científica sobre la efectividad y relativa seguridad del DDT, sino que no diferenciaron entre su utilización agrícola en gran escala y su limitada aplicación para controlar la propagación de enfermedades. Aunque el DDT es una sustancia ligeramente tóxica, hay una gran diferencia entre su aplicación masiva en la agricultura –como se usaba- y para exterminar mosquitos y demás insectos que transmiten enfermedades. Un principio básico de toxicología es que la dosis hace el veneno.

Quienes prohibieron el DDT no tomaron en cuenta la ineficacia de sus alternativas. Debido a que persiste luego de la fumigación, el DDT es mucho más efectivo que los demás pesticidas actualmente utilizados, algunos de los cuales son tóxicos para los peces. Los otros pesticidas dejan de ser efectivos a las pocas horas, por lo que requieren repetidas fumigaciones, especialmente en los pantanos y las selvas donde se crían los mosquitos. Esto dispara su costo.

Los activistas verdes se oponen histéricamente a las fumigaciones y el Partido Verde de Nueva York declaró que “tales enfermedades sólo matan a los viejos y a quienes ya están mal de salud”, lo cual parece indicar que las epidemias son un método válido para el control de la población.

Desde la prohibición del DDT, enfermedades como la malaria, el dengue y ahora el virus del Nilo están aumentando. Si estuvieran desapareciendo, los activistas probablemente exigirían la protección de los mosquitos como una especie en peligro de extinción. La Organización Mundial de la Salud estima que la malaria mata a alrededor de un millón de personas al año y hay entre 300 mil y 500 mil nuevos casos cada año.

Las historias de éxito las vemos en los países que siguen utilizando el DDT, con menos muertes y menos pérdidas económicas. Por ejemplo, luego que el Ecuador decidió aumentar el uso del DDT en 1993, se redujeron en 60% los casos de malaria. Por el contrario, los casos de malaria en Bolivia, Paraguay y Perú aumentaron 90% al suspender las fumigaciones con DDT en 1993.

Evidentemente que se debe permitir el uso del DDT y Estados Unidos se debe oponer a su prohibición alrededor del mundo, retirando su apoyo de la nefasta Convención de Contaminadores Persistentes de la ONU que falsamente estigmatiza al DDT, dificultando su utilización por países en desarrollo plagados de malaria.

Los funcionarios deben también hacer una campaña para educar a las autoridades locales y a la gente sobre la seguridad e importancia del DDT. Indudablemente que no será fácil resucitar al DDT luego de tantos años de propaganda falsa. Mientras ello se logra, no nos queda más que rascarnos las ronchas y seguir expuestos a infecciones mortales de enfermedades evitables.

Henry I. Miller Médico, académico de Hoover Institution y analista de TechCentralStation.

© AIPE

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