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'AHORA, Y PARA SIEMPRE, LIBRES'

Abraham Lincoln y la causa de la Unión

En febrero de 1861, Abraham Lincoln, elegido unos meses antes presidente de EEUU, se despidió de sus conciudadanos en Springfield, en el estado de Illinois, y comenzó el recorrido en ferrocarril que le habría de llevar a Washington dos semanas después para asumir su cargo.  

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En cada parada, Lincoln sería cuidadoso, evitando hacer pronunciamientos públicos que pudieran resultar contraproducentes en el contexto de la gran pesadilla nacional que la secesión del estado de Carolina del Sur el 20 de diciembre anterior y otros varios estados sureños más desde entonces había precipitado. En Filadelfia, la ciudad de Pennsylvania donde la nación americana había nacido 85 años antes, Lincoln dijo lo suficiente: "Nunca he albergado un principio político que no dimanara de los sentimientos expresados en la Declaración de la Independencia".

La doctrina que abrazaba Abraham Lincoln era ésta: "Consideramos estas verdades como evidentes en sí mismas: que todos los hombres han sido creados iguales; que el Creador les ha otorgado ciertos derechos inalienables; que entre ellos están [el derecho a] la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad". Lincoln nunca se propuso superar los principios enunciados en la Declaración, pero los trascendió, al hacerlos reales, preservando la libertad para los libres al dar la libertad a cinco millones de esclavos. En el proceso, Lincoln convertiría Estados Unidos en la "nación concebida en libertad y dedicada al principio de que todos los hombres son iguales" que él esculpió en la constitución profunda de su país un día de noviembre de 1863 en otra localidad de Pennsylvania: Gettysburg.

Lincoln fue un liberal decimonónico clásico en su entendimiento de la libertad, del mercado y de los derechos naturales de los hombres. La Guerra Civil se dirimió entre quienes, como Lincoln, creían que los esclavos eran sujetos de derechos inalienables e iguales en esos derechos a los hombres blancos; y aquellos otros que pensaban –piensan– que no existe una naturaleza humana esencial y que los derechos de las personas varían en función del tiempo y el espacio, tal vez del "progreso"; que tales derechos existen sólo en función de la voluntad de poder de unos pocos o del consenso social de muchos; que son concedidos por la supremacía racial o estamental de unos hombres sobre otros o por el gobierno en representación de la mayoría social. Una porción de esa ideología, en su versión historicista y colectivista en lo político, y relativista en lo moral, es la que anima a aquella parte de la clase política americana que, ironía de ironías, ha alistado la memoria de Abraham Lincoln, el hombre que, armado de absolutos –los derechos naturales a la vida, a la libertad y a la igualdad ante su Creador y ante otros hombres–, pesó más, en la balanza del destino, que la historia misma, cuyo curso detuvo primero, con su elección a la presidencia, y alteró después, como presidente.

Lincoln fue el más extraño de los políticos. Un hombre de inteligencia elevada y habilidad práctica al servicio del idealismo más íntegro y honorable. Un fatalista, persuadido de que la Providencia había predeterminado el destino de los hombres pero que, sin embargo, resultó ser, él mismo, el hombre providencial sin el cual la historia se habría escrito de manera diferente. Un hombre que quería a su nación "porque era suya, pero sobre todo porque era libre" y que arriesgó el futuro de ésta para que la democracia representativa no "pereciera de la faz de la Tierra". Un hombre que liberó a cinco millones de seres humanos y que expió la gran injusticia histórica de la esclavitud americana con la sangre de seiscientos mil soldados, incluida la de su comandante en jefe, la propia. Un hombre incapaz de abrazar el cristianismo ortodoxo, pero incapaz de ser feliz en su heterodoxia, y cuyas reflexiones sobre Dios y el sentido de la guerra superan en profundidad y fervor religioso a las de cualquier teólogo de la época. Un hombre que debió conciliar su veneración por la Constitución con la abolición de una institución, la esclavitud, permitida por aquélla, preservando la primera y terminando con la segunda, igualmente escrupuloso con respecto a la ley y a la moral. Un hombre fiel tanto a la voluntad de la mayoría –que en 1862 estaba abrumadoramente a favor del mantenimiento de la esclavitud allí donde existía– como resuelto a cambiarla con sus pronunciamientos públicos, hasta que sólo dos años después, esa mayoría había abrazado el final de la esclavitud y la refundación de la nación.

Ultimado en 2011, el sesquicentenario de la elevación de Abraham Lincoln a la presidencia, así como del estallido de la crisis de secesión y de la Guerra Civil americana, este libro es una biografía intelectual y política de Abraham Lincoln, a través del examen del contexto histórico y la evolución ideológica y política en veinte de sus pronunciamientos públicos, desde su primera campaña al Legislativo 3 del estado de Illinois hasta su último discurso la noche de 11 de abril de 1865, dos días después de la rendición del principal ejército confederado y tres días antes de su muerte.

Lincoln apareció a los 23 años en la escena política local del centro del estado de Illinois con la publicación en el Sangamo Journal –para el que escribiría en los años 40 y 50 docenas de editoriales– de su mensaje a los electores del distrito. La de 1832 era su primera campaña electoral como miembro del Partido Whig para la legislatura estatal de Illinois, su estado adoptivo. En el mensaje exponía su ideología de promoción de la industrialización y del acceso al mercado de la región, mediante la inversión pública en transportes, la adopción de un arancel exterior y la mejora de la educación. Después de varios años en el Legislativo local y su ascensión progresiva en la abogacía, Lincoln sería elegido años después representante de su distrito en la Cámara de Representantes en Washington. Allí, su discurso más célebre, en enero de 1848, fue una acerba crítica contra el presidente Polk y las justificaciones de la Administración para hacer la guerra a México, a la que Lincoln y su partido se oponían mayoritariamente.

Lincoln volvió a Illinois en 1849 –sin conseguir ningún cargo en la Administración entrante de su propio partido, el Partido Whig– y regresó a la práctica de la abogacía, con su carrera política aparentemente terminada, hasta que en 1854-1856 la ruptura del gran compromiso nacional sobre la limitación de la esclavitud le hizo regresar a la política en el momento de la gestación del Partido Republicano como plataforma del sentimiento antiesclavista. Los discursos que pronunció entre Peoria (1854) y Nueva York (1860) le convirtieron en un político de relieve nacional y le terminarían encumbrando a la presidencia en las elecciones de noviembre de 1860.

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Lincoln es uno de los mejores retóricos en lengua inglesa. Posiblemente uno de sus mejores escritores también. Bien pudiera ser que ésta sea la primera vez que se traducen al español, al menos para España, buena parte de los textos incluidos aquí. La fuente para todos los textos originales de Lincoln es la monumental obra de recopilación de Roy Basler, Las Obras Completas de Abraham Lincoln, acometida en los años 40 y 50, y publicada por la Universidad Estatal de Nueva Jersey, en Rutgers, cuyos derechos pertenecen a la Asociación Abraham Lincoln de Springfield (Illinois). En las traducciones, mi intención preponderante ha sido reproducir lo más fielmente posible el sentido de lo manifestado por Lincoln, antes que la de traducirle en aras de una improbable literalidad y consciente de que el Lincoln que emerge en español es más el político que el escritor y más el retórico que el poeta, aunque siempre se abren paso irreprimibles el abogado y el estadista. (...)

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La palabra de Lincoln ha sido descrita por el historiador Douglas Wilson como la espada que ganó la guerra para la Unión. La forja de la espada y su utilización se describen en estas páginas.

En cuanto a Abraham Lincoln, su memoria pertenece a los días, hasta el final de éstos.


NOTA: Este texto está tomado del prefacio de AHORA, Y PARA SIEMPRE, LIBRES, de MARTÍN ALONSO, que acaba de publicar la editorial Gota a Gota.

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