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TERRORISMO

Anarquistas, héroes del infierno

En poco más de un año se cumplirá el centenario del asesinato de José Canalejas, destacado miembro del Partido Liberal y a la sazón presidente del Consejo de Ministros, que es como se llamaba entonces a los presidentes del Gobierno. No era el primero ni sería el último en morir a manos de los terroristas más temidos del mundo en aquella época: los anarquistas.

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Lo suyo era la acción directa. Querían cambiar el mundo a bombazos, asesinando tantos como fuera posible hasta que la clase obrera tomase conciencia y se rebelase contra sus amos burgueses. De ese caos nacería el nuevo mundo, perfectamente anárquico pero coordinado y pacífico, en el que no existiría la propiedad privada ni el poder político. Una utopía como otra cualquiera, muy al uso de aquellos tiempos inocentes, cuando todo estaba por probarse.

En los cincuenta años que van de 1870 a 1920 fueron el azote de las democracias occidentales. Aunque no se salvó ninguna, en España, donde todo lo hacemos con exceso, recibimos una dosis extraordinaria de terror. Los anarquistas empezaron a atentar poco después del acceso al trono de Alfonso XII, y no pararon hasta el estallido de la Guerra Civil. Tan de la mano fueron ideología y bombas, que anarquista y terrorista terminaron, al menos en España, por convertirse en sinónimos. Eso, hasta la llegada de los matarifes de la ETA.

A diferencia de las bandas organizadas que nacieron en los años 60, los anarquistas solían ir por libre. Ese descontrol desconcertaba a las autoridades, que, sabedoras de que perseguían a un fantasma, llegaron a inventarse organizaciones anarquistas dedicadas al crimen y la desestabilización. La más famosa fue La Mano Negra, que actuaba en Andalucía. Era, a decir de la Guardia Civil, secreta y muy violenta. Una amenaza a la que se combatía con todos los medios al alcance, medios que en aquel entonces pasaban inevitablemente por palizas de infarto en el cuartelillo y garrotazo vil de amanecida.

Es más que probable que La Mano Negra nunca existiese, y si lo hizo no pasaría de ser un grupúsculo aislado de anarquistas de vida seguramente efímera. Los que sí existieron fueron los terroristas, o mejor dicho, los anarquistas que se dedicaban a sembrar el terror.

El primero de los atentados de que se tiene noticia acaeció en octubre de 1878, cuando Juan Oliva, de profesión tonelero, se lio a tiros con el rey en plena calle Mayor, mientras éste montaba tranquilamente a caballo. El monarca sobrevivió, no así el tonelero, que pasó a mejor vida rápidamente.

El martirio de Oliva pronto alumbraría una camada de héroes de la anarquía dispuestos a dejarse la vida por lo que ellos creían iba a ser un mundo mejor. Al año siguiente Francisco Otero, panadero, quiso culminar la faena de Oliva asaltando el carruaje real cuando el rey y la reina regresaban de un plácido paseo por los jardines de El Retiro. Pero la cosa volvió a salir mal y Otero acabó delante de un pelotón de fusilamiento.

Madrid, que había asistido al nacimiento del terrorismo anarquista, cedió el testigo Barcelona, ya convertida en centro económico, financiero y mercantil del país. Allí, a falta de reyes y ministros, los anarquistas se pusieron las botas atentando contra la enriquecida burguesía catalana. Atentaron contra la sede de la patronal, contra la Casa Batlló y contra el Teatro del Liceo. Este último ataque estremeció a toda España: al anarquista turolense Santiago Salvador Franch no se le ocurrió mejor idea que dejar caer una bomba sobre el patio de butacas –desde el quinto piso del anfiteatro– mientras se representaba Guillermo Tell; mató a 22 personas y a otras 35 las dejó gravemente heridas. Luego huyó de Barcelona y se refugió en casa de un primo que tenía en Zaragoza. Allí le atrapó dos meses después la Guardia Civil.

Y es que Salvador Franch, aparte de asesino, era un vanidoso y un bocazas. Había ido contando a todo el quiso oírle su hazaña barcelonesa. Y hasta la Ciudad Condal le condujo la Benemérita: allí fue juzgado y agarrotado sin miramientos y en pública ceremonia, para satisfacción plena de los supervivientes de la matanza.

Salvador Franch había utilizado un tipo de bomba que hacía furor entre los anarquistas. Se la conocía como la Orsini por su inventor, un anarquista italiano que, tres décadas antes, había tratado de asesinar a Napoleón III arrojando una de ellas en el interior de su carroza. Con una orsini otro anarquista, el catalán Paulino Pallás, trató de acabar con la vida de Arsenio Martínez Campos, héroe de África y autor del golpe de estado que había devuelto a los Borbones el trono.

El atentado contra Martínez Campos ocurrió unos meses antes que el del Liceo, en septiembre de 1893. Fue en la Gran Vía de Barcelona, durante un desfile con el que se festejaba el santo de la Princesa de Asturias. Pallás se acercó hasta el general y arrojó dos orsinis a los pies de su caballo. Martínez Campos se salvó de milagro; no así un guardia civil de la escolta, ni el infeliz que murió pisoteado por la estampida de los caballos tras la explosión.

A diferencia de Franch, Pallás se comportó como un auténtico héroe de la causa. Lanzó su gorra al aire y exclamó: "¡Viva la anarquía!", grito de guerra habitual entre los de la secta. Fue detenido sin ofrecer resistencia y puesto ante un pelotón en el castillo de Montjuic. Antes de su ejecución, Pallás envió una carta al director de El País (no el actual, sino uno republicano de finales del XIX) justificando su acción. El asesino no se arrepentía, todo lo contrario; sabiendo que había matado a dos inocentes, condensó sin pretenderlo la esencia pura del terrorismo ideológico de todos los tiempos:

Cien mil, diez mil víctimas inocentes no deben tenerse en cuenta, tratándose de que la humanidad mejore de condición.

En la Barcelona finisecular no faltaban los candidatos a emular a Pallás. En 1896 otra orsini cayó sobre la procesión del Corpus, dejando 12 muertos en el empedrado. Los anarquistas atravesaban su peor momento. El mismo pueblo al que querían liberar los temía y la Guardia Civil no les daba cuartel. A partir del año siguiente se centraron en matar altas personalidades, de ministro para arriba. En 1897 cayó Cánovas, padre de la Restauración y jefe de Gobierno; en 1904 y 1910 le tocó el turno a Maura, que salió ileso las dos veces.

En 1906 el terrorismo volvió a la calle Mayor de Madrid. El anarquista Mateo Morral arrojó una orsini sobre el cortejo nupcial de Alfonso XIII y Victoria Eugenia; pero la bomba, que iba dirigida al carruaje, dio en el tendido del tranvía y fue directa a una multitud de chulapos engalanados para la ocasión. El rey no murió, pero sí las 28 personas que fueron despedazas por la onda expansiva. Treinta años después, durante la Guerra Civil, el Ayuntamiento de Madrid cambió el nombre de la calle Mayor por el de Mateo Morral, en uno de esos excesos del Frente Popular de los que ahora, curiosamente, nadie se acuerda.

Al terrorismo anarquista, el de los que, en su ateísmo recalcitrante, se hacían llamar "héroes del infierno", aún le quedaban dos tracas de fin de fiesta. En 1912 el oscense Manuel Pardiñas asesinó a Canalejas de tres tiros en la nuca, mientras éste miraba el escaparate de una librería de la Puerta del Sol. Nueve años más tarde, otro presidente del Gobierno, Eduardo Dato, fue acribillado a balazos por tres anarquistas catalanes desde una motocicleta.

Los tiempos habían cambiado, la rabia homicida no. Pronto los anarquistas no vieron la necesidad de matar porque un nuevo régimen, la República, les prometía mucho más que la aborrecida Monarquía constitucional. En la guerra dieron su do de pecho y luego desaparecieron de la historia. 

 

diazvillanueva.com

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