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SEGUNDA GUERRA MUNDIAL

Consecuencias de la Batalla de Inglaterra

Para Stalin fue un éxito invalorable que la guerra empezase entre Alemania y las democracias, en lugar de hacerlo entre Alemania y la URSS. Tal era su estrategia de mucho tiempo atrás, que le permitiría quedar, según temía Franco, como árbitro y beneficiario de la ruinosa contienda en el oeste.

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Esto último no había ocurrido porque el ejército germano había aplastado con rapidez y escaso coste a todos sus enemigos occidentales, excepto a Inglaterra; pero Stalin podía sentirse satisfecho en lo esencial: había ganado tiempo para reforzar aceleradamente su ejército con vistas a un choque con Alemania seguramente inevitable, pero que deseaba aplazar todo lo posible.

No debe olvidarse que el objetivo esencial de Hitler era la Unión Soviética, y que con sus ofensivas en la Europa occidental, las cuales no había podido evitar debido a la declaración de guerra de Francia e Inglaterra, buscaba asegurarse la retaguardia, para que Alemania no tuviera que repetir la lucha en dos frentes de la I Guerra Mundial. Este objetivo casi lo había alcanzado al llegar el verano de 1940, pero, tras no conseguir hacer la paz con Gran Bretaña, había fracasado en el asalto a las islas.

La Batalla de Inglaterra tuvo efectos estratégicos y políticos de primer orden para España, al desplazar al Mediterráneo el centro de gravedad de la contienda. Como Gran Bretaña tampoco podía asaltar el continente, Hitler consideró la necesidad de completar su seguridad en el oeste ocupando la costa atlántica marroquí y obteniendo bases en las Canarias, a fin de impedir allí un desembarco anglouseño (que se produciría a finales del 42), previsible por el creciente apoyo de Usa –oficialmente neutral– a Inglaterra. De paso cerraría a los ingleses el paso occidental al Mediterráneo, un golpe que a duras penas soportaría Londres. A tales fines, Hitler precisaba la colaboración española o, en otro caso, invadir la Península Ibérica. Del valor y urgencia que daba a tal colaboración da idea el hecho de que, siendo el amo de media Europa, se desplazase a finales de octubre hasta Hendaya para entrevistarse con el Caudillo y convencerle.

La postura de Franco, a su vez, debe entenderse a partir de las prioridades que él se marcaba: por encima de todo, la reconstrucción del país tras la guerra civil, y luego la participación, como potencia independiente, en el Nuevo Orden europeo que parecía ir asentándose. A juicio de Franco, el interés de España pasaba por participar en la guerra solo con la garantía de que esta sería corta, como instruyó aquel a Serrano Súñer; pero la Batalla de Inglaterra le demostró que la contienda se prolongaría, por lo que a España le convenía diferir su entrada hasta el momento previo de la victoria, con un coste mínimo. En ese cálculo reside la clave de la política de Franco.

En la entrevista de Hendaya, el Caudillo aceptó la intervención en plazo breve pero indeterminado y a cambio de enormes compensaciones territoriales y ayuda material. Se ha especulado mucho sobre si lo pedía con un deliberado fin de obtenerlas y participar en la guerra o como pretexto para, precisamente, ahorrarse el librarla. En realidad, la inteligente jugada de Franco podía servir para las dos cosas, según evolucionase el conflicto. Hitler salió de la entrevista enfurecido por la dificultad de concretar el plan, pero siguió presionando a Franco con cartas en las que desarmaba los pretextos de este y casi le imploraba que diera el paso de una vez, porque en la guerra el tiempo perdido se vuelve irrecuperable. La urgencia de Hitler chocaba con la política franquista de ganar tiempo, aun a riesgo de que el intemperante Führer cortase aquella especie de nudo gordiano invadiendo sin más el país hasta Gibraltar. Y el Caudillo terminó saliéndose con la suya (lo he tratado con algún detenimiento en Años de hierro).

A la vista de las evidencias documentales y de los hechos conocidos, resulta casi increíble el empeño de Preston, Marquina y tantos otros por presentar a un Franco deseoso de guerrear y a un Hitler renuente, que le habría parado los pies. Digo "casi" increíble porque ese tipo de historiadores nos ha aliñado tal cantidad de disparates, que este no pasa de ser uno más, aunque muy gordo. No es que Franco quisiera mal a los alemanes: les debía su ayuda durante la guerra civil y los prefería a los ingleses, que entre otros ultrajes mantenían una colonia en España. Pero por encima de estas consideraciones estaban los que consideraba, muy acertadamente, intereses de España.

La frustración alemana tendría consecuencias de enorme trascendencia. Tal como se desarrollaba la contienda, el Mediterráneo pudo convertirse en la llave de la victoria total de Hitler, incluso sin el dominio de Gibraltar. La Wehrmacht pronto castigó duramente, con fuerzas inferiores, al ejército inglés en Grecia, Creta y Libia. El almirante Raeder vio todas las implicaciones del cambio de la escena y propuso un plan para apoderarse de Oriente Próximo y su petróleo, amenazando de paso el petróleo del Cáucaso, vital para la URSS, su siguiente objetivo. Esta ofensiva estaba al alcance de los alemanes con solo una décima parte del potencial que pronto desplegarían contra la URSS. Hitler no lo tomó en consideración, debido a su mentalidad continental y a que adjudicaba el Mediterráneo a Mussolini; y concibió el Afrika Korps como una fuerza auxiliar del ejército italiano, sin variar esencialmente su postura a pesar de los éxitos extraordinarios de Rommel. Conforme Malta permaneció en manos inglesas como una verdadera plaga para los suministros alemanes en África, Gibraltar volvió a cobrar máxima importancia. Pero para entonces Hitler ya concentraba toda su atención en la URSS.

 

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