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LOS ORÍGENES DE LA GUERRA FRÍA

El bloqueo de Berlín

El 24 de junio de 1948, los soviéticos cortaron el tráfico hacia y desde el Berlín Occidental por tierra. Había en los almacenes de la ciudad comida para 36 días y carbón para 45. Las razones oficiales alegadas por el mando ruso hablaban vagamente de "dificultades técnicas".

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El bloqueo de Berlín es la primera crisis grave de la Guerra Fría. En ella son interesantes las motivaciones reales de Stalin, no del todo claras, la determinación de los norteamericanos de resistir, algo insensata, y la decisión final de Moscú de dar un paso atrás después de haber estado al borde de la guerra. Veamos cómo se desarrollaron los acontecimientos.

Los hechos

Del 23 de febrero al 6 de marzo de 1947 tuvo lugar en Londres una conferencia en la que Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia y los pequeños Estados del Benelux acordaron la creación de un Estado alemán integrado por las tres zonas de ocupación de las potencias occidentales, lo que conllevaría la división de Alemania. A pesar de que lo acordado no se hizo público hasta el 7 de junio, el 9 de marzo el comandante en jefe de las fuerzas soviéticas en Alemania Oriental, Vasili Sokolovski, y su asesor político, Vladimir Semenov, fueron llamados con urgencia a Moscú. El 20, Sokolovski salió de una tormentosa reunión del Consejo de Control Aliado, supuesto gobierno conjunto de toda Alemania, dando por terminada la colaboración.

El 31, los rusos impusieron nuevas normas para el tráfico militar terrestre desde y hacia Berlín Oeste: las autoridades soviéticas inspeccionarían la documentación y el equipaje del personal militar a bordo, y exigirían permisos especiales para el transporte de suministros militares. Lucius Clay, el gobernador militar norteamericano, ordenó que, aun así, los trenes partieran. Bloqueados por los soviéticos, tuvieron que volverse. Entonces Clay organizó lo que se conoce como el mini puente aéreo, cuya finalidad era abastecer a sus tropas en Berlín.

La jugada soviética puso de relieve la comprometida posición norteamericana en la ciudad. Se inició un debate. Omar Bradley, jefe del Estado Mayor del Ejército, propuso retirarse de Berlín Occidental antes de que los soviéticos estrecharan el cerco y la marcha fuera vista como una expulsión. Clay, por su parte, defendía permanecer allí, a ver si los rusos se atrevían a implantar un bloqueo total, lo que les acarrearía la antipatía de todos los alemanes, o a expulsar a los estadounidenses por la fuerza, arriesgando una guerra entre Moscú y Washington.

El 7 de junio se hizo público el acuerdo para la creación de la República Federal de Alemania. El 18, Clay comunicó a Sokolovski que en Alemania Occidental se pondría en circulación una nueva moneda (hablamos de la reforma monetaria que impulsó, junto con el Plan Marshall y el alzamiento de los precios públicos tasados, el milagro económico alemán). Los soviéticos reaccionaron suspendiendo el tráfico de personas por vía terrestre desde o hacia Berlín Occidental, y el 22 de junio anunciaron una reforma monetaria para su zona. Clay proclamó que la nueva moneda occidental circularía también en su Berlín, y los rusos completaron el bloqueo impidiendo a partir del 24 el tráfico de mercancías.

Pasaban las horas y Clay no recibía instrucciones de su Gobierno. Su instinto le pedía enviar un convoy armado y enfrentarse a los rusos si éstos le impedían el paso, pero no tenía autorización para hacerlo. De forma que, siguiendo el consejo británico, montó un pequeño puente aéreo, gracias al cual envió 200 toneladas de harina para atender las primeras necesidades alimentarias de los berlineses occidentales.

La idea de montar un puente aéreo se fue abriendo paso más por ser lo único que podía hacer Clay sin autorización especial que porque fuera lo que pretendía Washington.

El 27 de junio, el gobernador militar estadounidense en Alemania pidió que se le enviaran 50 aviones más, con los que esperaba llevar a Berlín Oeste 600 o 700 toneladas al día, lo que estaba lejos de las 2.000 que se suponía era la cantidad mínima para atender las necesidades de los dos millones de residentes en la zona. El avión encargado del puente aéreo fue el Douglas C-54 Skymaster, capaz de transportar 10 toneladas (el viejo C-47 sólo podía cargar 2,5). Todavía resulta emocionante ver las fotos de los niños berlinenses contemplando el vuelo de estos aviones, enormes para la época, desde las vallas que protegían las pistas del aeropuerto de Tempelhof.

Ese mismo día, por la tarde, se celebró la primera reunión sobre el asunto en el Pentágono. Lovett, vicesecretario de Estado, que sustituía a Marshall porque éste se encontraba haciéndose una revisión, era favorable a la retirada. Su punto de vista era razonable. Era muy difícil, con los medios disponibles, suministrar por aire las mercancías necesarias para atender a las necesidades de la población de Berlín Oeste. Y aunque se hubiera dispuesto de ellos, era imposible sostener la situación indefinidamente. Todo para arriesgar una guerra con los rusos por un enclave como aquél, que carecía de valor estratégico. Los militares le apoyaban, aunque el secretario de Defensa, James Forrestal, no terminaba de pronunciarse: prefería esperar a saber cuál era la opinión de Truman.

Al día siguiente, el 28 por la mañana, se reunieron con el presidente Lovett, Forrestal y Kenneth Royall, secretario del Ejército. Lovett fue el encargado de resumir lo hablado el día anterior, pero Truman se negó a escuchar la conclusión y decidió que permanecerían en Berlín en todo caso. Atisbada la posibilidad de una guerra, Truman se limitó a decir que, de momento, se quedaban en Berlín; luego, ya se vería.

Vista la determinación del presidente, se planteó si había alguna base para reclamar que los rusos facilitaran el acceso terrestre a Berlín, y resultó que no había documento alguno que comprometiera a los soviéticos a hacer tal cosa. En junio de 1945 el mariscal Zhukov permitió el acceso terrestre a cambio de que británicos y norteamericanos desalojaran la que se había pactado como zona de ocupación soviética. Así lo hicieron, y los rusos permitieron el acceso por una vía de tren y por una autopista, pero no se suscribió documento alguno. Más adelante, en noviembre, se firmó un acuerdo para el acceso por aire, con tres pasillos perfectamente determinados; pero en cuanto al acceso por tierra, sólo podía apelarse a la costumbre.

El siguiente problema pasaba por descubrir qué querían los soviéticos. Formalmente, parecía que era la reforma monetaria lo que había desencadenado su ira, pero quizá la razón auténtica fuera la división de Alemania. Clay exploró a Sokolovski y se dio cuenta de que era esto último lo que preocupaba a los rusos. También se percató de que el mariscal carecía de autoridad para negociar sobre el bloqueo.

El 6 de julio las tres potencias occidentales enviaron una nota de protesta, que Moscú contestó el 14 afirmando que, al constituir un Gobierno para Alemania Occidental, los occidentales habían perdido el derecho a permanecer en Berlín. No obstante, los soviéticos se mostraron dispuestos a abrir negociaciones... siempre que no se exigieran condiciones previas, o sea, sin levantar el bloqueo.

En Washington continuaron las reuniones, y Truman siguió empeñado en permanecer en Berlín. En una reunión del mismo Consejo que tuvo lugar el 22 de julio, presidida por Truman y a la que asistió Clay, se acordó permanecer en la ciudad, construir un aeropuerto adicional y proporcionar a Clay 75 aparatos C-54 más.

Una vez que se dispuso seguir con el puente aéreo, fue puesto al frente de su organización el general William H. Tunner, un genio de la logística que había cosechado un tremendo éxito organizando en la Segunda Guerra Mundial un puente aéreo desde la India hasta China sobrevolando el Himalaya para proporcionar suministros a los soldados norteamericanos y chinos aislados al otro lado de la cordillera. Tunner optimizó el puente aéreo organizando rigurosos programas de carga y mantenimiento de los aviones y exprimiendo las posibilidades que ofrecían los pasillos aéreos, con vuelos cada tres minutos a diferentes alturas para evitar las colisiones. Por otra parte, en la zona francesa, en Tegel, se inició la construcción de un segundo aeropuerto.

Stalin finalmente accedió a emprender negociaciones, pero tal iniciativa se reveló una trampa dilatoria. El georgiano mostró dispuesto a levantar el bloqueo a cambio de la retirada de la nueva moneda de Berlín Occidental y con el compromiso de entablar negociaciones. Los embajadores de las tres potencias occidentales accedieron, pero cuando hubo que negociar los detalles con Molotov y con las autoridades soviéticas en Berlín no hubo manera de avanzar.

Ya el 10 de septiembre, Clay había solicitado 116 aparatos C-54 más, y la Junta de Jefes de Estado Mayor estuvo dispuesta a darle sólo 50, porque cumplir con su petición hubiera supuesto prescindir de aviones de transporte que el Ejército habría necesitado si estallaba una guerra. Los militares pusieron de relieve a Truman que la entrega de los aviones para empeñarse en el puente aéreo incrementaba el peligro de una guerra, para cuyo combate serían necesarios precisamente esos aviones. Hay que tener en cuenta que los 90.000 soldados norteamericanos, de los cuales sólo 12.000 eran de combate, estaban rodeados por 23 divisiones soviéticas (350.000 hombres). La Junta exigió de Truman un compromiso claro acerca de su disposición a ir a la guerra por Berlín. Truman se negó a comprometerse, pero ordenó que se diera a Clay lo que pedía.

En noviembre la niebla obligó a cancelar los vuelos durante quince días, y en diciembre la situación sólo fue algo mejor. La carga transportada durante esos dos meses fue, no obstante, de unas 4.000 toneladas al día, lejos de las 5.200 que se consideraba indispensables.

El 7 de diciembre, en una reunión del Consejo de Seguridad Nacional, los norteamericanos concluyeron que habían sido engañados por el líder soviético. No había más remedio que hacer frente a los problemas que para el puente aéreo significaba el invierno.

Pero en enero el tiempo mejoró y se pudo alcanzar el tonelaje diario que se consideraba indispensable. En febrero, aunque las condiciones meteorológicas empeoraron, pudo mantenerse la media. Ya el 31 de enero, en una entrevista, Stalin se mostró dispuesto a acabar con el bloqueo. Los embajadores norteamericano y soviético ante la ONU emprendieron negociaciones y acordaron finalmente que el bloqueo se levantaría el 12 de mayo, y que el 23 de ese mismo mes se iniciaran negociaciones sobre Alemania, unas negociaciones que llegaban muy tarde, ya que para entonces había sido aprobada la Ley Básica de la República Federal de Alemania y la división del país era un hecho, de momento, irreversible.

La cuestión

Se ha discutido mucho por los historiadores qué es lo que empujó a Stalin a implantar el bloqueo. El georgiano tenía tres opciones: 1) una Alemania integrada en el bloque del Este, 2) una Alemania neutral y desmilitarizada y 3) una Alemania dividida. La posibilidad de una Alemania integrada por entero en Occidente ni se contemplaba. De las tres, la ideal era la primera y la peor, la última. Stalin conservó la esperanza de poder integrar todo el país en el bloque oriental, si llegaba a un acuerdo con las potencias occidentales para formar un Gobierno provisional en el que participaran los comunistas. Entonces haría allí lo que en los países de Europa Oriental: acabar encontrando el modo de que los comunistas se hicieran con todo el poder. Una vez los occidentales no le permitieron hacerlo (entre otras cosas, porque habían visto lo ocurrido en otros lugares), habría estado dispuesto a aceptar una Alemania unida, neutral, empobrecida y desmilitarizada. Era ésta una solución para la que hubiera contado con el beneplácito de los franceses... si se hubiera preocupado de buscarlo y no de humillarlos, como hizo en Yalta y Potsdam. La peor solución era la de la división, porque, dado que el enfrentamiento con las potencias capitalistas era inevitable, según su ideología marxista, era importante privar al bando contrario de un activo tan poderoso como Alemania, aunque sólo fuera de un trozo de la misma.

En Rusia, la documentación al respecto sigue siendo secreta. Cabe la posibilidad de que también tuviera influencia la bomba. Los rusos estaban construyendo su arma nuclear a marchas forzadas con los planos que habían robado a los norteamericanos. Éstos sólo pudieron contrarrestar la superioridad convencional soviética con armamento nuclear en 1948, y Moscú no tuvo su bomba hasta agosto de 1949, un período muy peligroso en que los norteamericanos se podían sentir tentados de resolver las disputas apelando a su monopolio nuclear.

Era importante para los soviéticos ver hasta dónde estaban dispuestos a llegar los norteamericanos, y la provocación de Berlín era una buena manera de averiguarlo. Con este episodio comprobaron dos cosas: que eran resueltos... pero que no estaban dispuestos a emplear sus bombas si no eran agredidos directamente. Una vez comprobado eso, y a punto de acabar con el monopolio atómico del enemigo, carecía de sentido insistir en Berlín. Es sólo una hipótesis, ma se non è vero, è ben trovato.

 

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