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EJERCITO ROJO JAPONÉS

Fusako la sanguinaria

La banda terrorista más fanática, sangrienta y desmadrada de los años setenta no era norteamericana, ni alemana, ni española, ni francesa, ni italiana... ni siquiera árabe. Por no ser no era ni hispanoamericana, y eso que en Macondo nunca se anduvieron con bromas.

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El peor hatajo de chiflados ideológicos que dio el mundo en aquella funesta década era de nacionalidad japonesa, sí, japonesa, para que luego vaya Sánchez Dragó por ahí diciendo que son un pueblo pacífico y ejemplar. O precisamente por eso, porque lo son, parieron al infame y casi innombrable Ejército Rojo Japonés. Se trataba, como en Occidente, del clásico grupete de estudiantes con el seso sorbido por la contracultura sesentera y las arengas del profesorado marxista, que, aunque parezca mentira, también proliferó como hongos en el Japón.

Este ejército desconocía la palabra clemencia y, predicando con el ejemplo la redefinición de los roles sexuales que propugnaba la teoría neomarxista, estaba comandado por una mujer. La eligieron o se eligió ella misma, vaya usted a saber.

En Alemania, por aquellas mismas fechas nació la Fracción del Ejército Rojo (RAF), acaudillada por una pareja de revolucionarios profesionales: Andreas Baader y Ulrike Meinhof. Ambos apellidos dieron el sobrenombre a la banda, aunque el que siempre mandó allí fue Andreas, menos teórico pero mucho más práctico y resuelto a la hora de apretar el gatillo. La RAF japonesa no tuvo un Baader, sólo una Meinhof, que atendía al nombre de Fusako Shigenobu.

Shigenobu contrajo el marxismo en la Universidad Meiji de Tokio, un centro privado al que pudo acudir gracias a que su padre era oficial de alta graduación del Ejército Imperial, el de verdad, o sea, no el bárbaro remedo que creó ella en los ratos libres que le dejaba la carrera de Historia, que estudiaba para poder seguir chupando del subsidio familiar.

Antes de instalarse por su cuenta, la arrojada Fusako se apuntó a una milicia juvenil de extrema izquierda que hacía furor entre los niños bien de la sociedad tokiota. Como los japoneses nunca han sido demasiado originales, decidieron bautizar el invento como Fracción del Ejército Rojo en Japón. El problema es que Fusako tenía demasiado carácter y pronto salió tarifando con el jefe de la banda, un tal Tsuneo Mori que aspiraba a ser algo así como el Lenin nipón.

La escisión llevó a Fusako a montar un nuevo movimiento proletario (es un decir). Total, que convenció a unos cuantos estudiantes y a principios de 1971 fundó el Ejército Rojo Japonés (ERJ). Tenía 25 años y un montón de planes para cambiar el mundo a culatazos. Por su experiencia en la sucursal japo de la RAF, tenía claro que había que dejarse de inútiles chácharas en la facultad y pasar a la acción. Su programa era sencillo y constaba de tres fases: 1) abolir la monarquía, 2) derrocar al Gobierno burgués de Tokio y 3) desatar la revolución mundial, en la que se reservaba un papel estelar.

Los japoneses estaban más por comprarse un Honda familiar que por entrar a tiros en el palacio real de Kioto. Pero eso a Fusako le importaba poco. Ella y sus camaradas sabían que el populacho es comodón por naturaleza, y que tiene que ser la vanguardia concienciada la que le diga por dónde tiene que ir. El principal obstáculo para derrocar a Hirohito era la policía, que en Japón no se anda con chiquitas. La primera declaración de guerra al Estado, que había pergeñado Fusako meses antes de fundar el ERJ, acabó en una ensalada de porrazos y en largas condenas de prisión para los terroristas implicados.

Recluida en su celda, Fusako pensó que lo mejor era olvidarse de los aficionados y forjar un cuerpo de élite conformado por gente a la que no le temblase la mano a la hora de descerrajar un tiro en la frente a un agente de policía, poner una bomba en una guardería... o incluso disparar a bocajarro a un camarada.

Los elegidos se concentraron durante unas semanas en el Monte Haruna para entrenarse. Nada de borracheras, discusiones de política y tiritos a latas de Coca Cola colocadas encima de un bidón: la comandanta en jefe exigió que todo fuese real, los tiroteos como las peleas. Resultado: 12 guerrilleros muertos a manos de sus compañeros.

Eso sí que era la revolución. Ahora estaban preparados para asaltar la utopía. Meses más tarde, en otro campamento, esta vez en el Monte Asama, un grupo gemelo del de Fusako montó un happening similar. Se pusieron a entrematarse, y cuando la policía acudió a ver qué sucedía los cinco supervivientes –de 19– se apoderaron de un albergue rural, secuestraron a los dueños y resistieron el asedio de las fuerzas especiales durante diez días, durante los cuales mataron a dos policías y un civil que tuvo la mala pata de acercarse demasiado al albergue.

El Gobierno japonés empezó a preocuparse por los revoltosos y fue dándoles caza uno a uno por todo el país. Tsuneo Mori, a quien dejamos más arriba discutiendo con Fusako por cuestiones de método, fue uno de los que cayeron; meses después, el día de Año Nuevo de 1973, apareció ahorcado en su celda.

Las cosas se ponían feas, de manera que Shigenobu, que ya era conocida como la Emperatriz, concluyó que lo mejor era poner tierra de por medio. Como eso de hacer la revolución en el terruño se había puesto imposible, decidió ofrecerse con los suyos como cheguevaras de alquiler.

Su primer cliente fueron las bestias pardas del Frente Popular para la Liberación de Palestina (FPLP). Contratar a los del ERJ tenía múltiples ventajas. No estaban fichados por las autoridades israelíes, tenían aspecto de niños ricos (básicamente, porque lo eran) y, al ser japoneses, se les confundía con turistas de esos que acuden a Tierra Santa a fotografiarlo todo. Había una ventaja extra: no ponían condiciones, estaban dispuestos a perpetrar cualquier tipo de matanza, por atroz que fuere.

Su primer encargo tendría por escenario el aeropuerto de Lod, en Tel Aviv. El plan era llegar, sacar una metralleta y matar a todo el que se pusiese por delante. Luego, como buenos nipones observantes de las leyes del samurái, se harían el harakiri con una granada de mano.

Tres militantes del ERJ llegaron a Tel Aviv en un vuelo de Air France procedente de Roma. Llevaban consigo unos estuches de violín que les hacían parecer inofensivos músicos japoneses en viaje de estudios. La policía selló sus pasaportes y no les prestó más atención. Entonces, fría y parsimoniosamente, abrieron sus estuches y sacaron tres rifles de asalto de fabricación checa. Dispararon hasta que se les acabaron las balas. En el suelo de la sala de espera quedaron tendidos sobre grandes charcos de sangre casi 100 personas, 26 de las cuales murieron en el acto. Dos de los terroristas se suicidaron haciendo estallar las granadas que portaban; el tercero fue detenido.

El embajador japonés no se creía que un compatriota hubiese hecho algo así en un lugar tan lejano de la patria, de modo que envió un delegado hasta el hospital para interrogar al superviviente. Se trataba de Kozo Okamoto, de 24 años. Remarcó que no tenía nada contra el pueblo israelí, pero que había cumplido con su deber de "soldado revolucionario". Dicho esto, se dirigió al diplomático y le preguntó si su padre, en Japón, se había suicidado ya.

La masacre de Lod fue el cénit de la banda. Los terroristas de ojos rasgados que trabajaban para los palestinos pasaron a engrosar los archivos de todos los servicios secretos del mundo. En los aeropuertos se empezó a desconfiar, y el registro de armas se convirtió en una rutina. Puede decirse que Lod marcó un antes y un después en este aspecto. Hoy, con o sin estuche de violín, es completamente imposible embarcar en un avión con un rifle de asalto... y hasta con un simple cortaúñas.

Fusako y los que iban quedando se afincaron en el sur del Líbano, donde se dedicaron al secuestro de aviones, disciplina que dominaban desde el 70, cuando un comando armado con espadas de samurái secuestró un 727 y se lo llevó a Pyonyang. El más sonado fue el del vuelo 404 de Japan Airlines, que cubría la ruta Ámsterdam-Tokio: terminó estallando en mil pedazos en el aeródromo de Bengasi. Años después secuestrarían un DC-8 de la misma compañía, y consiguieron que el Gobierno japonés hincase la rodilla: liberó a tres presos del ERJ a cambio de los 150 pasajeros que habían tomado como rehenes.

Ya en plena decadencia, en 1988, atacaron una base estadounidense en Nápoles, con más voluntad que acierto. Lejos quedaban los tiempos dorados, cuando tenían los arrestos suficientes para secuestrar una embajada entera –con embajador incluido–, como hicieron con la legación francesa en La Haya en 1974. El Gobierno francés, viendo que los terroristas iban a hacer una masacre sin cuento, se bajó los pantalones y liberó a un preso palestino encarcelado en el Hexágono.

La falta de nuevas vocaciones y, sobre todo, de dinero fue apagando los ímpetus revolucionarios de esta panda. Fusako, la hija del mayor imperial Shigenobu, terminó siendo una anónima burócrata del terror... palestino. En el año 2000 volvió de incógnito a su país pensando que ya se habían olvidado de ella. Nada de eso. La policía le seguía la pista: fue arrestada, juzgada y condenada a 30 años, es decir, por toda una vida que le quedara por delante.

Se supo entonces que Fusako había tenido una hija en el Líbano. Una niña de padre desconocido que hubo de criarse en los siniestros campos de refugiados del sur del país, semiabandonada por su madre, que siempre andaba de aquí para allá organizando atentados. El broche final perfecto para una comunista de libro. Con el mismo fervor que se preocupaba por la humanidad despreciaba a las personas tomadas una a una, incluida su hija.

 

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