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XXXV CONGRESO DEL PSOE

El día en que España conoció a Zapatero

Zapatero ganó contra pronóstico el XXXV Congreso del PSOE, celebrado en el año 2000. Nadie lo conocía, salvo los cuadros del partido y los periodistas especializados.

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Los socialistas eligieron como secretario general al hombre que, en principio, causaba menos problemas internos y que simbolizaba la renovación, un socialismo remozado forjado por la nueva generación, basado en la cooperación con los populares en las cuestiones de Estado, la moderación del discurso y la defensa del modelo constitucional. El fiasco de Almunia y Borrell tras el hiperliderazgo de González parecía quedar atrás. Los medios de comunicación lanzaron las campanas al vuelo saludando al nuevo líder; incluso el PP creía que por fin Aznar, erigido en Cánovas, había encontrado a su Sagasta.

Fue el día en que España conoció a Zapatero. Luego, los hechos, las palabras y las opiniones discurrieron por otros senderos.

Zapatero era diputado desde 1986, tras un paso fugaz por la docencia universitaria. Había desempeñado varios cargos en comisiones del Congreso. No se le conocían intervenciones en los plenos, ni actividades relevantes fuera del Parlamento, o libros, artículos o tribunas en la prensa. Tampoco se prodigaba en mítines o conferencias, salvo alguna para las Juventudes Socialistas. No se tenía conocimiento entonces de su historia familiar. Era secretario general del PSOE de León, había sido vocal en la Ejecutiva de Almunia y se le apuntaba entre los felipistas, lo que seguía sin ser suficiente para convertirse en alguien relevante.

La victoria del PP en 2000 sumió al socialismo en una grave crisis. Se aventuraban nuevos días en el PSOE, y la renovación era algo que todos entendían como obligatoria. Con este objetivo se convocó el XXXV Congreso del PSOE para julio de ese mismo año. El cambio en la dirección del partido era un verdadero cambio de régimen que supondría el cese para algunos y la posibilidad de ascenso para otros. Organizarse y pelear por el poder era vital. Así, varios diputados del grupo parlamentario comenzaron a pasar de las palabras a la acción. Zapatero fue uno de ellos, y acabó encabezando un grupúsculo denominado Nueva Vía.

Nueva Vía se formó a partir de tres núcleos muy pequeños. El primero era uno compuesto por diputados y senadores de segunda fila que habían apoyado a Almunia desde 1997, esperando que la presunta renovación del partido les granjeara un mayor protagonismo y mejores puestos institucionales. Aquel grupo aún sin nombre ni estructura lo lideraban Zapatero y Caldera. En los primeros pasos contaron con gente a la que luego abandonaron, como Antonio Cuevas, Germà Bel y Víctor Morlán. Y fueron reuniendo a los José Blanco, Juan Fernando López Aguilar o Jordi Sevilla. Habían nacido entre mediados de los cincuenta y finales de los sesenta, por lo que sus primeros recuerdos políticos eran los del franquismo agonizante y la victoria socialista de 1982.

El segundo núcleo procedía del entorno técnico y de asesores del PSOE, y el protagonismo lo asumió Trinidad Jiménez. En cuanto al tercer núcleo, estuvo en la Escuela Jaime Vera, el centro de formación de cuadros socialistas, que dirigían José Andrés Torres Mora y Enrique Martínez. Fueron estos últimos los que elaboraron la estrategia del candidato Zapatero, que consistía básicamente en elaborar un discurso que respondiera a todas las demandas, aunque éstas fueran contradictorias, imposibles de cumplir o de consecuencias funestas. Lo principal era generar ilusión y ganar apoyos a cualquier precio.

En abril de 2000 se constituyó formalmente el grupo Nueva Vía, dirigido por Zapatero, Caldera, Blanco, Jiménez y Cuevas.

La derrota de Almunia y el nombramiento de la gestora que dirigió Manuel Chaves como presidente del partido animaron las ambiciones de muchos para hacerse un hueco en el PSOE, pero no pocos miedos. Chaves rechazó en varias ocasiones el convertirse en candidato, al igual que Ibarra, Javier Solana y Borrell. Rosa Díez, en cambio, estaba crecida. Había obtenido unos buenos resultados en las elecciones al Parlamento europeo de junio de 1999, quedando a sólo tres escaños del PP. Además, venía de ganar en las primarias del País Vasco a Redondo Terreros, y en su campaña por toda España había recogido la simpatía de los militantes. Sin embargo, los pesos pesados del partido no creían que fuera la persona adecuada para asumir el liderazgo. A pesar de esto, decidió presentarse como candidata en el XXXV Congreso. Jáuregui y Eguiagaray asumieron el papel de ideólogos de su candidatura.

El guerrismo estaba sin candidato después de las negativas de Guerra, Borrell e Ibarra. El deseo era presentar un grupo fuerte con un programa de izquierdas y un modelo de organización fuerte. Sabían que iban a perder, pero su intención era negociar sus votos y tener una posición sólida en la Ejecutiva. Así convencieron a Matilde Fernández, entonces portavoz de los socialistas en el Ayuntamiento de Madrid. La presentación fue a finales de mayo, en la sede madrileña de la UGT, de la mano de Guerra e Ibarra, sentada junto a Peces-Barba, Fernando Morán y Santiago Carrillo. Hicieron un discurso contra el felipismo, y completaron el revival de los años setenta con el canto de La Internacional puño en alto.

José Bono era el eterno candidato. Había ganado cinco elecciones en Castilla-La Mancha, por mayoría absoluta. Se había trabajado la imagen de renovador que cuidaba la continuidad, de socialista clásico al tiempo que moderno y de patriota frente a los nacionalistas. Sobre todo había demostrado paciencia. Ya había dejado caer que él podía sustituir a Felipe González en cuanto éste empezó a decir, allá por el lejano 1991, que se iría. Despejado el camino, sin Chaves, Ibarra, Solana ni Borrell, Almunia y González llegaron a la conclusión de que el único que quedaba era Bono. Tenía el inconveniente de no ser diputado, pero él estaba dispuesto a hacer la oposición "desde la calle". El 17 de mayo de 2000 presentó la candidatura, prometiendo moderación, la defensa de España y un pacto de Estado contra ETA. Estaba tan confiado en su victoria gracias al apoyo asegurado por los dirigentes del partido, que no quiso dar la batalla por las bases.

El congreso se abrió el 21 de julio con una abundante producción documental sobre lo que debía ser el PSOE, pero lo que importaba era la elección del secretario general. Las negociaciones previas para pactar candidaturas, o que alguna se retirase, habían sido infructuosas. Rubalcaba, por ejemplo, no convenció a Zapatero para que se retirase en beneficio de Bono. Todos se dedicaron a comprometer los votos para el congreso y a granjearse un programa y una imagen. Matilde Fernández tenía la vitola de izquierdista, Bono la de socialcristiano, Zapatero la de renovador y Rosa Díez la de "centro de la izquierda". Tras oír y votar la ponencia marco, que ahondaba en la idea de fin de ciclo, se pasó a la cuestión principal: la presentación de los candidatos.

Rosa Díez hizo un discurso de perdedora, asegurando que, como era "más del PSOE que las amapolas del campo", daría sus votos "gratis, sin pedir nada a cambio", y que de su candidatura no saldría "una familia nueva". Luego, como es sabido, nada salió como Rosa quería y fundó un partido, UPyD, con su "familia nueva". José Bono, eterno candidato, hizo un discurso nacional, no de partido, en el que criticó al PP, lógico, y a Zapatero, del que daba a entender que estaba allí como si se tratara de "un experimento divertido o una alegre aventura". No se equivocaba. Bono se proclamó felipista pero renovador, y despreció a los guerristas, cavando así su propia tumba. Matilde Fernández enarboló la bandera del guerrismo y salió a hablar con el puño en alto. Sus críticas se dirigieron a los felipistas por haber dejado el partido en crisis de liderazgo, de organización y de proyecto –como hoy–, y por haber hecho políticas de derechas.

Con este ambiente negativo, gris y cainita se presentó Zapatero, que hizo gala del estilo que le caracterizó hasta el fin de su primera legislatura: el talante y el optimismo a cualquier precio. Le dijo a cada uno lo que quería oír. A los alcaldes y concejales les prometió impulsar el poder local; a los delegados catalanes, marchar hacia el federalismo; a las mujeres, luchar contra la violencia doméstica, por la compatibilidad laboral y por la libertad en la interrupción del embarazo. A los de Borrell, agrupados en Iniciativa por el Cambio, les aseguró que consolidaría la democracia interna, mientras que a los felipistas les dijo lo único que querían oír: "Nada de esconder a Felipe". La clave estuvo en los guerristas: les prometió disciplina y eficacia en la organización, y basar el partido en ideas de izquierda. Satisfecho, bajó del estrado con una sonrisa.

El debate interno en cada grupo era si se quería a Bono como secretario general. Los guerristas decidieron que no porque temían su exterminio si ganaba el presidente castellano-manchego, por lo que para impedir su victoria votaron a Zapatero, el mal menor. Borrell, muy disgustado, barajó incluso la posibilidad de crear un frente anti-Bono. Y es que Bono había hecho lo contrario que Zapatero: asegurar a los guerristas que quedarían fuera; a los de Borrell, que no habría democracia interna, y a los catalanes, que se olvidaran de arcadias felices. Es más: había descartado el pacto previo con Zapatero que González y Chaves le habían sugerido.

El resultado de la votación sorprendió a casi todos. Zapatero ganó por nueve votos, 414 frente a los 405 que obtuvo Bono –doce más que los avales que había recogido–, los 109 de Matilde Fernández y los 65 de Rosa Díez. Cuando Bono supo la noticia, algunos le aconsejaron dar la batalla y formar grupo propio con el objetivo de ser el candidato electoral; otros, entre los que estaba Rubalcaba, manifestaron que era mejor no hacer nada. Desairado, Bono rechazó la oferta de presidir el partido –dijo aquello de "No puede haber dos gallos en un gallinero"– y se retiró.

La victoria de Zapatero pareció a los medios de comunicación un milagro. Hablaban del comienzo del "cambio tranquilo". Se le presentaba como "un diputado leonés de buen porte, inmejorables maneras, educadísimo, responsable y algo soso", que había nombrado una Ejecutiva sin experiencia pero con unas ganas locas de "comerse el mundo".

El buen trato de los medios hizo que su figura fuera muy valorada en las encuestas de opinión. Hasta en el PP se le vio con buenos ojos. A Zapatero le salió bien dar prioridad a las formas, al "talante", que en realidad consistía en fingir empatía con cualquiera y satisfacer de palabra las demandas del interlocutor. Pero detrás no había nada, ni un programa económico, ni una idea constitucional de España, ni referentes internacionales presentables, ni un modelo de partido, ni una generación que tomara el relevo.

Era muy difícil caer en la cuenta de esto en aquel 22 de julio de 2000, cuando prácticamente todo el mundo saludó con alegría al nuevo líder del PSOE; aquel día en que España conoció a Zapatero, al diputado desconocido que venía a modernizar el socialismo. 

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