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SEGUNDA GUERRA MUNDIAL

España ante el Nuevo Orden europeo

Dada su increíble victoria, Hitler pudo haber impuesto a Francia la ocupación total –del Hexágono y de sus colonias–. Sin embargo, le dejó cerca de la mitad de la metrópoli, un ejército de 225.000 soldados, su poderosa flota –solo inferior a la británica–, que él temía huyese a Inglaterra, y todo su imperio.

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Según Manstein (quizá el general alemán de visión estratégica más amplia, junto con Raeder), en aquel momento Hitler tuvo la ocasión de aprovechar el impulso de la victoria y su superioridad aérea para saltar sobre Inglaterra, y en cambio permitió el reembarque de gran parte del ejército inglés en Dunkerque, uno de los hechos más controvertidos de la guerra. Esperaba con ello la colaboración francesa y la paz con Londres, a fin de asegurar su retaguardia para ocuparse de su objetivo principal, que no era solo la URSS –es decir, la destrucción del comunismo–, también Rusia, la cual pretendía colonizar reduciendo la población eslava a la servidumbre. Su error le costaría la Batalla de Inglaterra, cuando la industria británica demostró su potencial superando la producción aeronáutica alemana.

Ante la sorprendente derrota francoinglesa en 1940, el impresionado embajador español en París, Lequerica, escribía a Madrid:

Para quien ha conocido a Francia en el apogeo de su poder, el contraste es propicio para meditar sobre lo efímeras que son las grandezas. La primera potencia militar de Europa [Francia] pide un armisticio a través de una nación [España] en la que ha fomentado guerras civiles para servir a su política insensata. Pero no es tiempo de recriminaciones, [sino de] sacar las enseñanzas de tales errores y proceder con generosidad y nobleza a la construcción final de un orden y equilibrio europeo.

Exageraba al decir que Francia había fomentado la guerra civil en España, aunque los nacionales estaban resentidos con la ayuda, muy sustancial, de París al Frente Popular; si bien este la había creído muy insuficiente. Como fuere, Madrid debía prepararse inevitablemente para el Nuevo Orden.

En ese nuevo orden, las concesiones de Hitler a Francia resultaban contradictorias para España. Por un lado, Franco aspiraba a obtener varias colonias francesas, pero por otro no le convenía un París anonadado. Prefería una Francia fuerte ante una abrumadora hegemonía germana: Francia, Italia y España, aliadas a Alemania pero con intereses propios y comunes, podrían formar un obvio contrapeso a la potencia alemana, tanto más factible –como señalé en el artículo anterior– cuanto que Hitler dejaba a su amigo Mussolini la hegemonía en el área mediterránea, para él secundaria. Este interés contradictorio pesó, desde luego, en la política del Caudillo, siempre zigzagueante y cautelosa ante los violentos giros político-militares del conflicto. Giros que habrían empujado al remolino a cualquier otro menos hábil y prudente: el mero hecho de haber mantenido a España al margen lo convierte en uno de los políticos más diestros de nuestra historia, pese a las muchas tonterías que se han escrito al respecto en estos años. Trato la cuestión en el libro Años de hierro.

El Duce, por el contrario, cometió el error de creer resuelta la situación y saltar al remolino que se lo tragaría. Aparentemente, Franco estuvo a punto de seguirle, y tras la derrota francoinglesa transmitió a Hitler su "deseo" de "no permanecer ajeno" a sus preocupaciones y su "satisfacción" por "prestarle en cada momento" los servicios que el Führer considerase "más valiosos". Además, sugería con astucia (y falsedad) que en la Guerra Civil alemanes y españoles habían luchado juntos contra las potencias ahora derrotadas. Historiadores apresurados toman esta carta como prueba de la disposición incondicional de Franco a entrar en guerra. Pero Franco destacaba al mismo tiempo la escasa preparación militar española, sometida a las urgencias de la reconstrucción, así como la necesidad de proteger las vulnerables islas Canarias y Baleares. En vez de imitar a Mussolini, permaneció muy atento a la Batalla de Inglaterra.

Su actitud ante los judíos revela también su independencia. Si bien la conducta alemana en la Francia ocupada fue bastante civilizada, la persecución de los judíos no hacía mucha gracia a Madrid. En España abundaba la propaganda antihebrea, pero los sefarditas podían acogerse a la nacionalidad española según una ley de la dictadura de Primo de Rivera, ley caducada pero que siguió aplicándose con Franco. Se permitió el paso a judíos y otras muchas personas huidas de Francia, y se les facilitó visado de tránsito hacia Portugal y América. Admitirlos suponía un problema para España, porque añadía una carga a un país empobrecido y en ardua reconstrucción, y porque casi todos los refugiados eran de ideología hostil al régimen español. Hubo algunos abusos, dilaciones burocráticas y negación del visado a judíos no sefarditas, pero parece que ninguno fue devuelto a los nazis (que no habían iniciado aún la política de exterminio). Ante la decisión alemana y francesa de aplicar a los sefarditas de Francia las medidas antijudías, Lequerica protestó e hizo saber en noviembre que España no tenía legislación racista. El jefe de la comunidad judía en Lisboa lo comprobó, a petición de la comunidad judeouseña, así como la falsedad de los rumores sobre expulsiones de perseguidos. En Francia los judíos no ashkenazis resintieron amargamente el privilegio de que gozaban los sefarditas.

No es que el ambiente oficial en España fuese projudío, al contrario; pero una cosa era una aversión más o menos fuerte y otra la persecución. Por lo demás, los judíos de Marruecos habían ayudado a Franco durante la Guerra Civil. 

 

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