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EL INFAME AISLAMIENTO DE ESPAÑA

Franco se enfrenta al mundo

Como vimos en el artículo anterior sobre esta cuestión, en la primera mitad de 1945 casi nadie daba un duro por la supervivencia de Franco.

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Dentro y fuera del país cundían las conspiraciones de exiliados y monárquicos –que alcanzaban a importantes generales del ejército–, los círculos antifranquistas exultaban y el mismo Serrano Súñer proponía al Caudillo hacer de la Falange un chivo expiatorio, agradecerle los servicios prestados y jubilarla, para ganarse alguna consideración del exterior y dar una imagen más aceptable para los vencedores de Hitler; pues en la tópica del momento (de cuño fundamentalmente soviético) la Falange representaba el fascismo y la vencida Alemania nazi en España.

Franco era consciente de que cualquier concesión significativa sería vista como signo de debilidad y se volvería contra él. Ni se contagió de la histeria reinante en sectores de su régimen ni aceptó que otras potencias dictasen la política en España. Necesitaba hacer concesiones, pero trazando una línea entre las que podrían beneficiarle y las que podrían llevarle a la ruina, distinción que pocos políticos saben hacer. De modo que cambió la retórica, insistió en el carácter cristiano y no fascista de su gobierno, recordó su neutralidad –que volvía difícil declararle la guerra por las buenas, como pretendían muchos– y su ayuda a los judíos cuando casi nadie se preocupaba de ellos, inspiró confianza a sus partidarios y, por supuesto, mantuvo a la Falange, lo que constituía un desafío en toda regla a las presiones externas e internas. Quedaba claro que derrocarle y volver a algo parecido a la república o a la monarquía prerrepublicana no iba a resultar fácil ni un paseo militar. Ya había advertido a sus vacilantes generales de que lo esencial era la firme voluntad de resistir y, llegado el caso, combatir, poniendo ejemplos históricos, incluso el de las guerrillas comunistas yugoslavas. Curiosamente emplearía un argumento similar, muchos años después, para rechazar las peticiones useñas de involucrarse en la guerra de Vietnam, donde pronosticó la derrota useña.

1En dos palabras, intervenir en España significaba generar una guerra civil (en lo que ya trabajaba el PCE mediante el maquis), con todas las responsabilidades para sus promotores. Y fue la firmeza del régimen lo que hizo cambiar en poco tiempo la agresividad exterior. Entre la conferencia de Yalta –febrero de 1945– y la de Potsdam solo transcurrieron cinco meses, y sin embargo las expectativas para España mejoraron notablemente. En Potsdam, Stalin siguió tratando de hundir a Franco, que, en definitiva, le había vencido indirectamente en la guerra de España y luego había enviado una división a combatirle en Rusia. Arguyó que el franquismo había sido impuesto por Alemania e Italia, sometía al pueblo a un "terror brutal" y amenazaba al resto de Europa. Churchill contestó que, aunque "sentía una profunda aversión por el general Franco y su gobierno", España no había molestado a los Aliados y sería peligroso inmiscuirse en sus asuntos internos y dar lugar a una guerra civil. Además, una acción tal chocaría con el principio de no injerencia establecido por la Conferencia de San Francisco, y no sería un buen comienzo para la ONU. Truman estuvo de acuerdo: prefería cualquier otro gobierno en España, pero el asunto debían resolverlo los españoles. Stalin insistió: no se trataba de un asunto interno, pues el franquismo había sido impuesto por Alemania e Italia, y "no debemos tolerar ese cáncer en Europa". Churchill dijo comprender los sentimientos de Stalin, pues Franco "había tenido la audacia de enviar la División Azul"; pero se había abstenido de acciones antibritánicas "en momentos en que habrían sido desastrosas" e invocó el comercio angloespañol, tan beneficioso para Inglaterra.

¿Qué había motivado el cambio? Ante todo, media Europa estaba en ruinas y hambrienta, con partidos comunistas poderosos en Francia e Italia. La reconstrucción se presentaba demasiado ardua para complicarla con intervenciones de salida muy incierta en España. De Gaulle, que había hablado alegremente de suprimir "el anacronismo de Franco", temía ahora que una guerra en España pudiera significar "una guerra en Francia". A Inglaterra, prácticamente arruinada por las deudas (gran parte de ellas le serían condonadas por Usa, y recibiría además el bocado del león del Plan Marshall), no le convenía nada prescindir del comercio español y embarcarse en nuevos conflictos de los que podría salir malparada (con todo, se metería en la guerra civil griega... agotándose y pidiendo a Usa que la sustituyera), y la opinión británica estaba muy cansada de "sangre, sudor y lágrimas". Francia, en fin, bastante tenía con sus problemas internos y el miedo a su propia guerra civil. Por otra parte, cualquier intervención exigiría un colaboracionismo fiable por parte de sectores políticos españoles, y los antifranquistas, con sus manejos, chifladuras y rivalidades, podían embrollar más que ayudar. En cuanto a Stalin, debía reconstruir la devastada Unión Soviética, pero aun así continuaría propiciando la guerra civil en España a través del PCE, su partido agente.

La segunda parte de la conferencia de Potsdam la dirigió por parte británica el izquierdista Clement Attleee, ganador en las recientes elecciones y que había mostrado gran simpatía por el Frente Popular y mayor "comprensión" que Churchill hacia Stalin. La nota final de la conferencia auguraba el aislamiento sistemático de España como medida primera, y en el ámbito antifranquista cundió la euforia y se multiplicaron las intrigas. Más fino, el ministro franquista de Asuntos Exteriores, Martín-Artajo, valoró la nota de Potsdam como "menos de lo que se temía en España y de lo que se esperaba fuera". Descartada la intervención directa exterior, el régimen se sentía muy capaz de afrontar a la oposición y, con menos tranquilidad, a la guerrilla comunista.

 

EL INFAME AISLAMIENTO DE ESPAÑA: El mundo contra Franco.

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