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GRANDES BATALLAS

Guadalete, la pérdida de España

A comienzos del siglo VIII, es decir, hace 1.300 años, España era el reino godo más grande de Europa. Ocupaba todas provincias romanas de la antigua Hispania y tenía su capital en Toledo. Estos godos, llamados más tarde visigodos (del alemán Westgoten o godos del oeste), habían llegado hasta aquí tres siglos antes huyendo de los francos, que los habían expulsado de la Galia a punta de espada.

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Nuestros godos habían sido, como todos sus hermanos bárbaros, un pueblo errante. Vagaron por las fronteras del imperio hasta que los césares se avinieron a pactar con ellos y entregarles tierras. Luego, ya dentro del imperio, como estaban sin desbravar y eran de natural desagradecidos, asolaron Grecia, sitiaron Constantinopla y saquearon Roma. Al final, después de tanta barbarie, buscaron asiento en las provincias occidentales. El primer pie en España lo pusieron en el año 415, cuando uno de sus reyes, un tal Ataúlfo, penetró en la Tarraconense y la conquistó. A Ataúlfo, en rigor el primer rey de España, le siguieron 32 reyes que se elegían por aclamación, por lo que era muy habitual que se matasen entre ellos.

El último de ellos, Rodrigo, sólo reinó, a medias, un mísero año. Gobernaba la Bética en nombre de Witiza, y al morir éste unos cuantos aristócratas le entregaron la corona. Eso desató una guerra civil entre el propio Rodrigo y Agila, hijo de aquél. Nada de especial, los godos llevaban trescientos años peleándose cada vez que moría un rey, o incluso antes de que muriese para sucederlo. El reino, para colmo, estaba muy empobrecido. El ascenso del Islam en Oriente había cortado de cuajo el comercio mediterráneo y los godos no eran, precisamente, unos hachas del buen gobierno. Así que la gente pasaba hambre y se moría de enfermedades.

La fruta estaba madura para que otros llegasen a recogerla. Estos otros fueron los mismos musulmanes que, en una prodigiosa cabalgada, habían recorrido miles de kilómetros conquistándolo todo, desde el desierto arábigo hasta las columnas de Hércules. El caudillo de los musulmanes (en adelante moros, porque venían de la Mauretania, milenario hogar de los maurii) era Musa ibn Nusayr, conocido por estos lares como Muza o, más propiamente, el moro Muza.

En el verano del año 710 Muza se encontraba en Tánger junto al gobernador moro de aquella ciudad, Tarik ibn Ziyad. Llegó hasta sus oídos que los godos de la otra orilla andaban a la gresca y pensaron que, ya que habían llegado al extremo occidental del mundo, no sería mala idea continuar hacia el norte. Muza comunicó sus intenciones al califa de Damasco y se preparó para la invasión. Para ello contaba con el apoyo del bando witiziano, en el cual militaba Julián, el señor godo de la vecina Ceuta.

Según parece, hubo dos invasiones. La primera tuvo lugar en 710, y o fue rechazada o simplemente se trataba de una expedición de reconocimiento. La siguiente aconteció un año después. Muza y Tarik acordaron el cruce del estrecho con Julián y, una vez en la península, se dirigieron al encuentro de los de Rodrigo. Los moros, que llevaban avanzando sin tregua más de medio siglo, se movían con agilidad gracias a una caballería ligera muy habilidosa en los lances rápidos. Además, disponían de sofisticadas artes bélicas aprendidas en Oriente que los godos hispanos desconocían y no sabían contrarrestar. Las prósperas provincias romanas del norte de África se habían rendido en muy poco tiempo; Hispania no iba a ser menos.

Tras varias escaramuzas, la batalla final se produjo, según la leyenda, junto al río Guadalete, que por entonces se llamaba Criso. Investigaciones posteriores afirman que, en realidad, la batalla tuvo lugar en Barbate, según unos, o en Medina-Sidonia, según otros. Lo cierto es que tanto da. En el verano de 711 un ejército de unos 7.000 bereberes capitaneados por Tarik se enfrentó a una cantidad igual o inferior de hispanogodos en algún punto cercano al estrecho de lo que hoy es la provincia de Cádiz.

Los witizianos habían maniobrado en la sombra. Mientras apoyaban de boquilla a Rodrigo frente a los invasores, tenían un pacto secreto con Muza para, una vez derrotado su verdadero adversario, colocar en el trono a Agila. Esto ocasionó que, cuando los dos ejércitos se vieron las caras, una parte considerable de la tropa visigoda –la leal al hijo de Witiza– desertase de improviso, dejando a Rodrigo con un palmo de narices, en inferioridad numérica. Pasó entonces lo que tenía que pasar, es decir, que, como contaba quejoso el romance medieval,

vinieron los sarracenos y nos molieron a palos, que Dios ayuda a los malos cuando son más que los buenos.

Descalabrado y en caótica desbandada el ejército de Rodrigo, llegó la hora de la segunda traición, la de Muza, que había ocultado ladinamente sus intenciones de quedarse en Hispania y conquistarla entera. Fue entonces cuando, de verdad, se perdió España. Sin nadie que la defendiese, los moros avanzaron raudos por la Bética, cruzaron Sierra Morena y se apoderaron de Toledo en el año 712. No venían a saquear, sino a quedarse. La población recibió a los nuevos amos con indiferencia. Tal vez pensaron que eran pocos, o que difícilmente iban a ser tan rematadamente inútiles para gobernar como los anteriores.

El hecho es que la invasión islámica de España –y hay que llamarla así porque fue eso mismo– fue una de las más rápidas de la historia universal. En sólo ocho años los moros de Muza y Tarik que miraban desde Tánger con ojillos de lujuria la franja verdiazul de nuestra península se hicieron con un territorio de dimensiones colosales, que unos siglos antes a los romanos les había costado doscientos años someter. En 725, sólo quince años después de la batalla de Guadalete, los moros ya se encontraban a las puertas de Nimes, en el sur de la Galia, a medio camino de Italia.

La resistencia había sido minúscula, circunscrita a algunas ciudades como Mérida o Zaragoza, que se pusieron numantinas y fueron tomadas a sangre y fuego por la morisma. La voluntad de Muza era seguir hacia el norte y rendir Europa entera al Islam, pero andaba escaso de efectivos. La conquista de Hispania, además, había sido tan rápida como incompleta. En el profundo norte, al abrigo de las brumas cantábricas, un grupo de godos exiliados se levantó contra el gobernador moro de Asturias. Partían del convencimiento de que el reino se había perdido: no había nada que defender y mucho que reconquistar. Había, en definitiva, que empezar desde cero, reinventándose España.

 

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