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PRIMERA GUERRA MUNDIAL

El telegrama Zimmermann

Mil novecientos dieciséis, el año de las grandes carnicerías de Verdún y el Somme. La guerra en Europa se encontraba en punto muerto, los aliados agotaban sus recursos y los alemanes estaban divididos entre quienes creían que era el momento de obtener una paz en condiciones ventajosas y quienes no se conformarían con otra cosa que no fuera el dominio de los Imperios Centrales en Europa y en el mundo.

Carmen Pulín Ferrer
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Sólo la entrada de los Estados Unidos en la contienda podía cambiar decisivamente la situación. Sin embargo, ni las matanzas en Europa ni el ataque a barcos como el Lusitania –en el que perecieron ciudadanos estadounidenses– parecían hacer mella en el decidido empeño de Woodrow Wilson de mantener la neutralidad de su país.

Wilson era un hombre de carácter muy peculiar. Hijo de un pastor presbiteriano, intelectual, con unos elevados principios morales, pareció inclinarse en un principio por la carrera académica, no en vano fue profesor de Historia y Política y presidió la Universidad de Princeton. Sin embargo, sus ideales y vocación de servicio le llevaron a entrar en política: tras ser gobernador de Nueva Jersey, en 1912 fue elegido presidente de los Estados Unidos.

Desde el principio, Wilson tenía previsto aplicar un ambicioso plan de reformas (la Nueva Libertad) que devolviera la dignidad, la justicia y los principios –que él consideraba perdidos– a la vida política estadounidense. Convencido defensor de la paz y la democracia, deseaba extenderlas al mundo entero. Por desgracia, su mandato no pudo desarrollarse en peor momento para sus planes: en agosto de 1914 estallaba la guerra en Europa.

El presidente trató por todos los medios de preservar la neutralidad de los Estados Unidos y de poner fin a la contienda intercediendo ante ambos bandos. Se hicieron famosas las notas en que invitaba a los dirigentes de los países en conflicto a negociar la paz y se ofrecía como mediador. Cada vez que se producía una acción de guerra especialmente deplorable o sanguinaria (como el mencionado hundimiento del Lusitania), Wilson enviaba una de sus notas. No concebía que sus principios no los compartiera todo el mundo. Sus escritos provocaban efectos diversos: indiferencia, ira, descontento popular, burlas ante la inacción de su autor... Las respuestas oficiales no pasaban de buenas palabras, promesas incumplidas o actos simbólicos. Sin embargo, seguía convencido de que, finalmente, lograría su objetivo: una paz sin vencidos.

El estadounidense aspiraba a una paz negociada, una paz entre iguales, pues, según él, sólo una paz "sin rencor, sin humillación a una de las partes" podría aspirar a ser firme y duradera. Pese a que estas palabras puedan despertar nuestros más profundos temores o nos recuerden peligrosamente a las de ciertos hombres de paz, Wilson no era ni mucho menos un cobarde, tampoco un apaciguador al estilo Chamberlain o los modernos contemporizadores con el islamismo. Por otro lado, parecía no darse cuenta de que igualar a agresores y agredidos, a víctimas y verdugos, no es jamás justicia, sino vileza. Simplemente, era un hombre con unos ideales tan elevados que le apartaban de la realidad. No concebía que los demás no estuvieran de acuerdo con él, ni que sus ideas pudieran ser erróneas o poco realizables. Aspiraba a convencer a todo el mundo: en una ocasión confesó a un miembro de su gabinete que no deseaba que le obedecieran por respeto o por deber, sino porque su interlocutor concluyera que sus decisiones eran las correctas. Aborrecía que los hechos contradijeran sus teorías, y a menudo postergaba extraordinariamente la toma de decisiones cuando éstas se apartaban de sus ideales.

La de entrar en la guerra puede que sea el mejor ejemplo.

La opinión pública estadounidense compartía mayoritariamente la posición presidencial favorable a la neutralidad, salvo en los estados de la Costa Este, donde se imponían los partidarios de entrar en la guerra en apoyo de la Entente. Parte de la población norteamericana era de origen alemán (según el censo de 1911, más de un millón y medio de personas), y ese sector era, sí, claramente progermánico. Sea como fuere, las simpatías hacia Alemania estaban más extendidas de lo que se pudiera pensar, y no desaparecerían hasta la entrada del país en la contienda, lo que finalmente se produjo en 1917.

Wilson contaba con el apoyo popular, como lo demostró su reelección en 1916. Estaba más decidido que nunca a aplicar su plan de reformas, y la entrada en la guerra no haría sino apartarle de su objetivo y desviar hacia Europa recursos humanos y económicos que planeaba aplicar en casa. En esas circunstancias, nada hacía suponer, para desgracia de los Aliados, que Estados Unidos acudiría al rescate.

El impulso que llevaría a los americanos a tomar las armas llegaría de donde menos cabía suponer. De Alemania. Los militares alemanes, dirigidos por Hindenburg y Ludendorff, detentaban en aquellos momentos el poder de facto. El Káiser era una figura decorativa, y los políticos, mayoritariamente favorables a negociar una paz muy ventajosa, dado que en ese momento Alemania llevaba las de ganar, no tenían poder decisorio. Los militares planeaban la ofensiva decisiva que les llevara a la victoria: desencadenar la guerra submarina total; es decir, no se respetaría ya ninguna nave, ni siquiera las de los países neutrales, y se atacaría sin advertencia previa incluso a los barcos mercantes o de pasajeros. En esas condiciones, pensaban, Gran Bretaña no podría resistir más de seis meses.

Un solo obstáculo se interponía: los Estados Unidos. Su neutralidad y el empeño de Wilson en la paz no resistirían ante la amenaza de la guerra submarina. Wilson había confesado que sólo un ataque directo a los estadounidenses le haría cambiar de opinión, y el hundimiento de un navío estadounidense sería, indudablemente, un acto de guerra. Pero los alemanes consideraban que el tiempo jugaba a su favor: los Estados Unidos no estaban preparados para la guerra, y no podrían enviar tropas a Europa, según sus cálculos, hasta pasados unos nueve meses, tiempo en el que Inglaterra ya se habría rendido y la guerra habría terminado.

De todas formas, Zimmermann, el nuevo ministro alemán de Exteriores, tuvo una idea que les permitiría ganar aún más tiempo. Para evitar que los americanos enviaran armas y hombres a Europa, lo mejor sería mantenerles ocupados en casa: había que procurarles una distracción. Y nada mejor que provechar las tensiones entre Estados Unidos y México. 

La llegada de Wilson a la Casa Blanca no había mejorado las relaciones entre los vecinos. Las intervenciones estadounidenses en México se habían sucedido (Veracruz, expedición de Pershing, etc.), y el empeño del presidente en trasladar los ideales democráticos a un país turbulento y en plena revolución no le hacían ganar precisamente simpatías entre sus vecinos del sur. Las relaciones, por decirlo suavemente, eran tensas.

Los alemanes llevaban mucho tiempo trabajando para ganarse el apoyo mexicano. Ansiaban poder establecer una base en aguas aztecas, lo que habría inclinado decisivamente de su lado la balanza en la guerra naval. Sin embargo, las negociaciones no lograron llegar a buen puerto, nunca mejor dicho. Pese a ello, el trabajo de los agentes germanos proseguía incesante, especialmente el del embajador Von Eckhardt.

El 16 de enero de 1917 Zimmermann envió un telegrama a la embajada alemana en Washington, con la instrucción de que, tras descifrarlo y leerlo, el embajador Von Bernstorff lo transmitiera a su colega en México. En dicho telegrama se informaba a los embajadores del inminente comienzo (el 1 de febrero) de la guerra submarina total. Si los Estados Unidos entraban en el conflicto, se proponía a México una Alianza con el Reich (en la guerra y en la paz): recibiría apoyo económico y militar, y se le ofrecía recuperar los territorios perdidos de Texas, Arizona y Nuevo México. Además, los alemanes proponían involucrar a Japón (otro país rival de Estados Unidos) en el proyecto.

Los cables telegráficos submarinos de los alemanes habían sido desmantelados por los británicos al principio de la guerra, por tanto, los mensajes cruzaban el Atlántico por distintas vías alternativas: radio, cartas... En el presente caso se envió el mensaje por tres rutas: la radio, la línea telegráfica de Suecia (que, pese a ser un país neutral, llevaba tiempo prestando sus embajadas para la transmisión de mensajes alemanes) y, sorprendentemente, la línea del Departamento de Estado norteamericano, que Wilson, en uno de sus actos idealistas e ingenuos, había puesto a disposición de los alemanes para transmitir mensajes entre Washington y Berlín que ayudaran a la causa de la paz. Un hombre como él no podía concebir que las alemanes no actuaran como caballeros y usaran la línea para sus propios fines.

Pero el mensaje había sido interceptado y descifrado por los británicos; el Departamento de Inteligencia Naval y sus eficientes criptógrafos de la llamada Habitación 40 se habían dado cuenta inmediatamente de que tenían una bomba en sus manos. Aquélla era la respuesta a sus oraciones: con una amenaza semejante, los estadounidenses tenían que entrar en la guerra. Sin embargo, se planteaba el problema de cómo hacer llegar el mensaje a los americanos sin despertar las sospechas de los alemanes: si Estados Unidos demostraba conocer la existencia del mensaje y revelaba por qué vía lo había recibido, los alemanes sabrían inmediatamente que los británicos poseían sus claves, las cambiarían y con ello destruirían el trabajo de años y una de las escasas armas que les quedaban a los Aliados.

Ese dilema y otras consideraciones tácticas llevaron al jefe de la Inteligencia Naval, el almirante Hall, a no revelar la existencia del telegrama hasta que los alemanes declararon la guerra submarina y quedó claro que, pese a ella, Wilson no declararía la guerra a Alemania.

El ministro de Exteriores Británico, Arthur Balfour, se dio cuenta inmediatamente de la importancia del mensaje y de sus posibles consecuencias. Se tramó un plan que pudiera salvaguardar el secreto de la Habitación 40: harían parecer que el telegrama se había obtenido en el continente americano, en Estados Unidos o en Méjico, y los alemanes sospecharían que se debía a torpeza o traición de sus propios agentes. Curiosamente, nunca pensaron que una clave alemana pudiera ser descifrada y no la cambiaron; el orgullo desmedido suele jugar malas pasadas así.

Cuando, finalmente, el telegrama llegó a sus manos, Wilson montó en cólera. Le habían engañado, aprovechándose de su caballerosidad y sus principios, y se consideraba en parte culpable: había violado la neutralidad estadounidense permitiendo usar a los alemanes la línea del Departamento de Estado.

El presidente, fiel a sus ideales, decidió hacer público el contenido del telegrama. La reacción popular fue primero de incredulidad y luego de ira, como cabía esperar. La neutralidad y la germanofilia desaparecieron. Los ciudadanos de origen alemán apoyaron masivamente a su país de acogida. Ahora todos se mostraban a favor de la guerra.

Sin embargo, entre los políticos de Washington había división de pareceres: muchos se negaban a creer en la autenticidad del telegrama; algunos incluso pensaban que era una estratagema urdida por los británicos para hacer que los Estados Unidos entraran en guerra. Pronto sus dudas se verían disipadas: el propio Zimmermann reconoció, ante un periodista enviado por la compañía Hearst (y que, dicho sea de paso, trabajaba como agente secreto a sueldo de Alemania), que el telegrama era auténtico.

La suerte de Estados Unidos estaba echada. Desolado, Wilson se veía obligado a abandonar su plan de paz. El 2 de abril de 1917, en un emotivo discurso ante el Congreso, el presidente declaraba la guerra a Alemania.

No debe pensarse que Wilson actuó a la ligera, o que un telegrama logró lo que años de lucha y sufrimiento en Europa no habían conseguido; otros factores influyeron en su decisión: la guerra submarina, el peligro del cambio de bando de Japón, la insistencia de las grandes empresas estadounidenses de entrar en la contienda, las enormes pérdidas económicas que supondría una derrota aliada (Gran Bretaña, Francia y Rusia estaban fuertemente endeudadas con Estados Unidos, y si perdían nunca podrían hacer frente a los pagos), el cambio de la opinión pública estadounidense y, sobre todo, el cambio de gobierno en Rusia –Revolución de Febrero–, que hacía esperar a Wilson (ilusoriamente) el surgimiento de una prometedora democracia en el gigante euroasiático. Tampoco hay que pensar que él perdiera la ilusión de una paz duradera tras la guerra; la mantuvo hasta el final. Pero, por desgracia, todos sabemos que también ahí sus esperanzas se vieron defraudadas. Una guerra aún más terrible llegaría veinte años después.

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