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LA GUERRA FRÍA

Irán, 1953. El primer éxito de la CIA

Irán, pieza indispensable del Gran Juego que enfrentó a Gran Bretaña y a Rusia en el siglo XIX, tenía todas las papeletas para que las dos superpotencias, Estados Unidos y la URSS, midieran sus fuerzas durante la Guerra Fría.

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Allí fue, precisamente, donde primero chocaron al término de la Segunda Guerra Mundial. Ahora bien, la crisis de 1953 no fue provocada por la rivalidad norteamericano-soviética, sino por la codicia británica. Es verdad que el Tudeh, el partido comunista iraní, intervino en la crisis, pero lo hizo por su cuenta y riesgo, sin instrucciones de Moscú. En el año de la muerte de Stalin, el Kremlin estaba entretenido en sus luchas internas y dedicó todo su esfuerzo a evitar un enfrentamiento con los Estados Unidos.

Si la URSS no intervino en esa crisis, ¿tiene sentido examinarla desde el punto de vista de la Guerra Fría? Sí, porque la manera en que procedió la CIA le sirvió de modelo para multitud de intervenciones posteriores. El éxito logrado en Teherán, casi de chiripa, convenció a Allen Dulles, director de la Agencia, y a Frank Wisner, encargado de las operaciones encubiertas, de que eso era lo que había que hacer en cualquier país que amenazara con pasarse al campo del adversario.

Por otro lado, la crisis fue un ejemplo de cómo las relaciones entre británicos y estadounidenses podían enrarecerse si Washington se veía arrastrada a defender los vetustos intereses coloniales de Londres. En Irán, en 1953, la Casa Blanca y la CIA acabaron defendiendo a regañadientes esos intereses. No obstante, los norteamericanos eran anticolonialistas por instinto. Su nación se fundó precisamente a consecuencia de un deseo de liberarse de un yugo colonial. Gran Bretaña, en cambio, no había ganado una guerra para perder su imperio. En 1953 los Estados Unidos respaldaron los intereses de la Gran Bretaña, pero no tardaría en llegar el día en que dejarían de hacerlo. Así sucedió en Suez en 1956.

Irán, los ingleses y el petróleo

Irán aparentaba ser una monarquía parlamentaria independiente. En realidad, era una colonia británica donde los ingleses explotaban el más importante de sus recursos, el petróleo. Desbaratada la amenaza soviética poco después de terminada la Segunda Guerra Mundial, los británicos controlaban el oro negro a través de la Anglo Iranian Oil Company (AIOC). No conformes con ello, los dirigentes de la compañía racaneaban constantemente a la hora de dar al Estado iraní lo poco a lo que tenía derecho según unos acuerdos firmados en 1933. Luego, los trabajadores iraníes, que ocupaban sólo los puestos que exigían menor cualificación, recibían sueldos de hambre y eran alojados en condiciones infrahumanas.

Las formas dictatoriales empleadas por el sha y la explotación inglesa del petróleo iraní forjaron un amplio descontento que condujo a la formación de una gran coalición, el Frente Nacional, en octubre de 1949. Al frente de ella se situó un excéntrico nacionalista que supo, sin embargo, atraerse el respaldo popular, Mohamed Mosadeq. En las elecciones de ese otoño el Frente Nacional logró tan sólo ocho escaños, pero muchos diputados se mostraron dispuestos a respaldar el programa nacionalista de Mosadeq.

La presión del Majlis (Parlamento) obligó al Gobierno a intentar una renegociación del acuerdo con los ingleses para la explotación del petróleo. La AIOC, sin embargo, hizo una oferta insultantemente baja que, sin embargo, Teherán aceptó por temor a irritar a los británicos. El Majlis, sin embargo, se negó a ratificar el acuerdo y empezó a hablarse en su seno de la posibilidad de nacionalizar el petróleo.

Llegados a un punto muerto, los británicos lograron que el sha sustituyera al primer ministro y nombrara a alguien que consideraban favorable a sus intereses, el general Alí Razmara. Éste intentó por todos los medios lograr un acuerdo entre el Majlis y la AIOC, pero ambos se mostraron intransigentes. El Majlis quería que los beneficios se repartieran por mitad y los ingleses no estaban dispuestos a aceptar nada que no fueran meros cambios cosméticos. Mientras este tira y afloja se desarrollaba, Razmara fue asesinado en marzo de 1951 por un fundamentalista islámico. Para entonces la figura de Mosadeq había alcanzado tal prestigio en el Majlis y en el pueblo iraní, que el sha no tuvo otro remedio que nombrarle primer ministro. Poco después, a instancias del propio Mosadeq, el Majlis decretó la nacionalización del petróleo.

Los británicos reaccionaron abruptamente. Despidieron a 20.000 trabajadores iraníes, cerraron los pozos petrolíferos y decretaron un embargo de las exportaciones de crudo, que ejecutaron convenciendo a otras compañías para que no lo compraran y vigilando con sus buques de guerra el Golfo Pérsico para que el embargo fuera respetado.

La posición de los Estados Unidos

La Administración Truman estaba irritadísima con la intransigencia de Londres. El Tudeh, aunque prohibido, había incrementado su presencia extraordinariamente en el ambiente de descontento que provocó la soberbia inglesa, después de haber prácticamente desaparecido tras la retirada en 1947 de las tropas soviéticas. Temía Washington que Irán se escorara hacia el lado bolchevique por no aceptar la AIOC condiciones que las compañías petrolíferas norteamericanas habían aceptado en otros lugares del mundo.

Mosadeq, por su parte, confiaba en el anticolonialismo norteamericano y estaba convencido de que, llevadas las cosas hasta el último extremo, Washington se pondría de su lado. Lo cierto es que Truman se esforzó por conseguir una solución negociada. La intransigencia de ambas partes impidió el acuerdo.

En octubre de 1951 el asunto llegó a las Naciones Unidas. Desplazado hasta Nueva York, el excéntrico Mosadeq supo atraerse la simpatía de los norteamericanos y finalmente el Consejo de Seguridad acabó por dictaminar que el tema de la nacionalización del petróleo era una cuestión interna iraní en la que el Consejo nada tenía que decir. Fue un gran revés para los británicos.

El golpe de estado de Mosadeq

En las elecciones de 1952 el Frente Nacional no obtuvo un buen resultado porque empezaron a surgir deserciones en su seno. No obstante, Mosadeq, en vez de moderar sus políticas, las extremó. Trató de imponer al sha un ministro de la Guerra que no era de su agrado, cuando tradicionalmente ese nombramiento había estado reservado al monarca. Cuando éste rechazó el nombre impuesto, Mosadeq dimitió. Fue nombrado entonces el muy probritánico Ahmad Ghavam. La designación despertó una enorme oposición popular. Tanta, que el sha tuvo que pedir a Ghavam que dimitiera y volver a nombrar a Mosadeq, quien reclamó para sí todo el poder y que el papel del soberano fuera meramente decorativo, lo que era anticonstitucional.

Mosadeq radicalizó sus políticas y la crisis se fue agravando. A finales de 1952, un Truman de retirada a la espera de ser sustituido por el candidato republicano que había ganado las elecciones de ese año hizo un último intento negociador, pues los británicos parecían dispuestos a compartir el petróleo iraní al cincuenta por ciento, como al principio había exigido el Majlis. Sin embargo, Mosadeq insistió en que el petróleo siguiera nacionalizado, lo que impidió el acuerdo. Parece ser que, de una manera completamente equivocada, Mosadeq esperaba que el nuevo presidente sería más sensible a sus reivindicaciones de lo que lo había sido Truman.

Operación Ajax

Los británicos, desengañados por haber sido rechazada una última oferta que prácticamente aceptaba las primeras exigencias iraníes, comenzaron a manejar la idea de derrocar el Gobierno de Mosadeq por medio de una operación encubierta. En esto, además, encontró la buena disposición de la CIA, que parece que colaboró con los británicos incluso antes de que Eisenhower tomara posesión de su cargo.

Una vez que la nueva Administración republicana se hizo cargo del Gobierno de los Estados Unidos, Mosadeq cometió el más grave de sus errores: sugerir que, si los americanos no forzaban de una vez a los británicos a aceptar sus condiciones, Irán buscaría el auxilio de los soviéticos. Creyó que al asustarlos les terminaría de poner de su lado; pero, verdaderamente muy asustados, lo que hicieron fue ponerse totalmente en su contra. John Foster Dulles, el nuevo secretario de Estado, concluyó que Mosadeq era un aliado poco fiable, si no directamente un comunista.

Dulles y la CIA dedicaron los primeros meses del año a convencer a Eisenhower de que había que prescindir de Mosadeq. Finalmente, el presidente autorizó la operación Ajax, que tenía como objetivo derrocar al primer ministro, devolver el poder al sha y poner al frente del Gobierno a un militar, el general Zahedi, proclive a los intereses británicos, pero que tenía el inconveniente de haber tonteado con los nazis en los años treinta.

El golpe de estado se inició el 15 de agosto de 1953. El sha firmó dos decretos, uno en el que cesaba a Mosadeq y otro en el que nombraba a Zahedi. Militares leales al sha fueron los encargados de llevar los dos decretos a casa de Mosadeq y arrestarlo. Sin embargo, el todavía primer ministro tuvo conocimiento de las intenciones de los golpistas y los estaba esperando. La detención no pudo llevarse a efecto y al día siguiente dio toda la impresión de que el golpe había fracasado. El sha huyó a Bagdad y Zahedi y sus camaradas se escondieron. Fue el empeño de un agente de la CIA, Kermit Roosevelt, lo que recondujo la situación. Logró que el sha desde Bagdad comunicara oficialmente que había firmado de su puño y letra los decretos. Luego, sus agitadores, disfrazados de miembros del Tudeh, se manifestaron violentamente a favor de Mosadeq y animó a los seguidores del ayatolá Kashani, otrora aliado de Mosadeq pero entonces agriamente opuesto a él, a que se enfrentaran en las calles a los comunistas. Tropas leales al sha intervinieron. Al final, los militares rodearon la casa de Mosadeq y lograron detenerle el 19 de agosto. El sha volvió en loor de multitudes y americanos y británicos tuvieron el control del país.

Como puede verse, la URSS no intervino y los comunistas locales tuvieron un papel muy limitado. En cuanto a los ingleses, la crisis se resolvió a favor de sus intereses coloniales, pero sólo gracias a la ayuda, en dinero y hombres, de la CIA. Para la Agencia, el asunto no fue otra cosa que una especie de ensayo general con el que demostrar que era capaz de torcer el curso de los acontecimientos en un determinado país. Esta fue solo la primera de muchas otras intervenciones, en las que los intereses en juego serían mucho más importantes.

 

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