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LA OTRA ALEMANIA

Nombres en un mapa

Prusia, Danzig, Königsberg, Breslau... Nombres de lugares clave en la historia de Alemania. Escenarios de batallas, asedios y matanzas, aunque también de grandes momentos de la cultura occidental. Es difícil imaginar el pasado de nuestro continente sin citar esos lugares. Y, sin embargo, ninguno de ellos existe ya. Al menos, no con esos nombres.

Carmen Pulín Ferrer
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Prusia dejó de existir oficialmente en 1947; la parte de sus antiguos territorios que no pasó a Polonia o a la Unión Soviética tras la Segunda Guerra Mundial quedó encuadrada en distintos Länder de Alemania (Oriental y Occidental). La que antaño fuera una de las mayores potencias europeas desaparecía así, literalmente, del mapa.

Danzig (Gdansk) y Breslau (Wroclaw) pertenecen desde 1945 a Polonia, y Königsberg, ahora Kaliningrado, pasó ese mismo año a formar parte de la Unión Soviética; hoy, tras el derrumbe del bloque soviético, es un enclave de Rusia rodeado por Lituania y Polonia.

Los ejemplos citados no bastan para comprender el enorme cambio que sufrió el mapa de Europa tras la Segunda Guerra Mundial: no sólo se dividió Alemania y cayó, durante décadas, el Telón de Acero; todos los territorios orientales del antiguo Imperio Alemán (Prusia Oriental, Silesia y Pomerania) desaparecieron para siempre, subsumidos en Polonia y la URSS.

Durante casi mil años esas tierras habían sido disputadas por polacos, bohemios, caballeros teutones, lituanos, austriacos, rusos, prusianos... La población germana fue asimilando o desplazando a los habitantes originarios de esas regiones desde la época medieval, y cuando Pomerania y Silesia fueron anexionadas por Prusia, en el siglo XVIII, su población no alemana era muy minoritaria. Grandes figuras de la cultura germana nacieron o vivieron allí: Schopenhauer era de Danzig; Edith Stein, de Breslau; Immanuel Kant pasó toda su vida en Königsberg... Antes de 1917 era poco menos que inimaginable que esas ciudades no formaran parte de Alemania. El fin de los territorios alemanes del Este es uno de los grandes dramas humanos que nos dejó el siglo XX, una tragedia –una más– producto de esa carnicería que fue la Segunda Guerra Mundial.

Desde 1943 parecía claro que los Aliados iban a ganar la guerra, pero ya antes, en diciembre de 1941, habían comenzado los primeros contactos para decidir qué sería de Alemania tras su derrota. Uno de los temas clave de esas conversaciones fue la cuestión polaca. Stalin, que ya planeaba colocar un gobierno títere en Polonia tras la contienda, propuso desde un principio que la frontera de dicho país se desplazara hacia el oeste, a costa de Alemania. Así se lo comunicó a Anthony Eden, ministro de Exteriores británico, cuando éste le visitó el 16 de diciembre de 1941. Eden no quiso comprometerse a firmar un acuerdo secreto en ese momento, pero tanto él como Churchill se mostraron de acuerdo en lo sustancial con el plan de Stalin.

Dos años después, en la Conferencia de Teherán –primera cumbre entre Stalin, Churchill y Roosevelt–, se decidió que, en lo esencial, el territorio de Polonia tras la guerra tendría como límites la Línea Curzon, en el este, y el río Oder, al oeste. El dictador georgiano aprovechó la buena disposición de sus aliados para plantear la necesidad soviética de contar con una salida al Báltico que no quedara bloqueado por el hielo en invierno: deseaba, en definitiva, anexionarse los puertos de Memel y Königsberg, así como una buena parte de Prusia Oriental. Eso supondría un jarro de agua fría para las aspiraciones del gobierno polaco en el exilio, que ansiaba la creación de una Polonia que, tras siglos de ocupación y división, recuperara sus territorios occidentales y los que le habían sido arrebatados en el este por la Unión Soviética en 1939.

Polonia fue también uno de los temas principales de la Conferencia de Yalta, en febrero de 1945. Sin embargo, no se alcanzó acuerdo definitivo alguno, salvo que, a cambio de los territorios que perdería al este a favor de la URSS, debía recibir una compensación territorial equivalente en el norte y en el oeste.

Entre tanto, Stalin tenía sus propios planes, que se cuidó bien de revelar a sus aliados: planeaba una política de hechos consumados para su próxima reunión. El Ejército Rojo, imparable, iba avanzando rápidamente hacia el oeste. El Partido Comunista polaco, completamente en manos del genocida georgiano, se avino en todo a sus planes y a los límites que éste le ofrecía. Conforme los soviéticos avanzaban hacia Berlín, los comunistas polacos iban ocupando el territorio que éstos conquistaban.

Pero no fue una simple ocupación; la caída de los territorios alemanes del Este es uno de esos horrores difíciles de imaginar, y más aún de describir. Hitler y sus secuaces, empeñados en negar su derrota, retrasaron la evacuación de la población civil hasta el último instante. Quienes trataron de huir por su cuenta fueron acusados de traición. Himmler, el sádico jefe de las SS, afirmó en plena invasión soviética de Prusia Oriental que sus planes "se ocupaban de organizar la defensa, no la huida".

Prusia Oriental fue, precisamente, la primera región de Alemania ocupada por los soviéticos, y donde éstos descargaron en primer lugar sus ansias de venganza por las atrocidades cometidas por los nazis en el Frente Oriental. Abandonada a su suerte por sus líderes, la población civil, indefensa, apenas pudo resistir. Quienes no pudieron huir fueron capturados por el Ejército Rojo, azotados, torturados, humillados y asesinados. Las violaciones en masa se sucedían durante días enteros. Muchas de las víctimas, incapaces de soportar la humillación y el dolor, se suicidaban apenas quedaban libres. Las huestes de Stalin dejaban un rastro de pesadilla: poblaciones enteras masacradas, aldeas en llamas, casas destruidas, cadáveres insepultos, niños abandonados que vagaban por los bosques...

Las cosas no fueron muy diferentes en Silesia y Pomerania. La población, desafiando las órdenes de los nazis, huía despavorida ante el avance soviético; a menudo era arrollada en las carreteras por los mismos tanques alemanes que deberían haberla defendido. El asedio de Breslau fue uno de los episodios más duros de esta etapa final de la guerra: en él murieron unas 90.000 personas.

No les fue mejor a quienes, desde Prusia Oriental, trataron de alcanzar la costa del Báltico. Cortado su avance por los tanques soviéticos, su único camino hacia el puerto de Danzig era atravesar la helada Laguna del Vístula. Muchos perecieron de frío y extenuación por el camino; otros tantos, tragados por las aguas cuando el hielo se rompía bajo sus pies.

¿Cuántas personas murieron en la huida? Es difícil estimarlo. Se calcula que unos dos millones, a las que habría que sumar las que perecieron inmediatamente después de la ocupación soviética, cuando todos los alemanes fueron obligados a abandonar los territorios que iban a formar parte de Polonia.

Cuando los aliados se reunieron en Potsdam en julio de 1945, Stalin pudo jactarse de que ya no quedaban apenas alemanes al oeste de la Línea Oder-Neisse. Los pocos que resistieron tuvieron que abandonar sus hogares poco después –en virtud de lo acordado, precisamente, en Potsdam–, rumbo a una Alemania muy lejos de la suya; un país al que pertenecían pero que no conocían en absoluto. El drama de esos exiliados en su propia patria es el trágico epílogo de lo que un día fue el confín del Imperio Alemán.

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