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LA GUERRA FRÍA

La Comunidad Europea de Defensa

Sabemos que la OTAN no nació como un invento de los norteamericanos para controlar a sus aliados europeos. Al contrario, fue un instrumento de los europeos para comprometer a los Estados Unidos en la defensa de Europa. Sin embargo, nada más firmarse el tratado de Washington, a los norteamericanos se les planteó el problema de implicar a los europeos en la defensa de Europa.

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Por extraño que pueda hoy parecer, ninguna potencia europea tenía ganas de emplear dinero y hombres en esa defensa. La razón es muy sencilla. El poderío del Ejército Rojo era tal, que ninguna fuerza combinada de ejércitos europeos con el norteamericano habría sido capaz de detenerlo con armas convencionales. Así que, en caso de invasión soviética, el único remedio sería dirigir el arsenal nuclear de los estadounidenses contra el territorio soviético. Si la estrategia era defenderse del ejército convencional soviético con las bombas atómicas de los americanos, ¿qué sentido tenía gastar dinero y esfuerzo en ejércitos convencionales?

Para Washington, el problema era distinto, porque se combinaba con el de la credibilidad. Por muy dispuestos que estuvieran a convertir en cenizas Moscú si sus T-34 invadían la Alemania Occidental, era indispensable que en el Kremlin lo supieran para que sus dirigentes no cayeran en la tentación de dar la orden de avanzar. Una manera de lograrlo era tener acantonados en Europa, especialmente en Alemania, suficientes soldados norteamericanos como para que el avance ruso tuviera que acabar con ellos, lo que a su vez obligaría a la Casa Blanca a dar la orden de recurrir al arma atómica. No obstante, el envío de soldados estadounidenses al extranjero exigía la aprobación del Congreso, que tendría que librar los fondos para sufragar los gastos. Difícilmente se lograría esa autorización si los europeos no se mostraban dispuestos a hacer los mismos sacrificios humanos y económicos que exigían a los norteamericanos para la defensa de sus propios países.

Adenauer

Así pues, inmediatamente después de fundada la OTAN, los norteamericanos, que se habían visto arrastrados a implicarse en el teatro europeo, comenzaron a presionar para que los europeos aportaran también hombres y material a la defensa de Europa. La idea sólo gustó a los alemanes occidentales, pero por unas razones completamente distintas a las de los norteamericanos. En septiembre de 1949 los alemanes occidentales habían elegido como canciller a Konrad Adenauer, que por entonces contaba 73 años. Para los socialdemócratas, el principal objetivo de la política alemana debería haber sido la reunificación. Para Adenauer, no. Él creía que lo primero era integrar Alemania Occidental, como país plenamente independiente, en el bloque occidental, y luego pelear por la reunificación, entendida como integración de la Alemania Oriental en la Occidental. Una reunificación anterior a la integración de la recién creada RFA en el bloque occidental corría el riesgo de provocar que toda Alemania acabara perteneciendo al bloque del Este y sometida a un régimen comunista, algo inaceptable para Adenauer.

Para conseguir esa integración era necesario hacer de la RFA un Estado independiente y acabar con el régimen de ocupación. A esos efectos, la integración de unas divisiones alemanas en el futuro ejército europeo podría ser el quid pro quo para lograr esa independencia. De alguna manera, Adenauer trató de hacer de la necesidad, virtud. Él deseaba integrar la RFA en Occidente, y eso era lo que querían los norteamericanos hacer para fortalecer la resistencia a una futura invasión soviética, pero el canciller vendería esa integración a cambio del levantamiento de la ocupación. Un levantamiento que le era necesario para convencer a sus compatriotas que vivían a este lado del Telón de Acero de lo conveniente que era integrarse en ese bloque occidental, al que no todos, en especial los de izquierdas, querían pertenecer.

El Plan Pleven

Así que alemanes y norteamericanos estaban de acuerdo en que se formara ese ejército que demostrara que los europeos estaban dispuestos a hacer por la defensa de su continente tanto, al menos, como los norteamericanos. ¿Dónde estuvo el problema? Naturalmente, como siempre, en los franceses. A éstos les pareció estupendo que los estadounidenses se comprometieran a defenderles de los soviéticos, pero no estaban de acuerdo con el resto del contrato. Ni les apetecía comprometerse mucho en lo mismo, ya que sus menguadas fuerzas armadas estaban enfangadas en una guerra colonial en Indochina que no tenían ganas de perder, ni estaban dispuestos a aceptar que los alemanes se rearmaran y volvieran a ser, por enésima vez, una amenaza para Francia.

Sin embargo, París no estaba en disposición de imponer nada. No sólo necesitaba que los norteamericanos mantuvieran su compromiso de defender Europa, sino que sobre todo le hacían falta los dólares procedentes de Washington para sostener el esfuerzo de guerra en el Sudeste Asiático. De modo que se dispuso a ofrecer una solución que, satisfaciendo la exigencia de los norteamericanos, no implicara un resurgimiento de la amenaza alemana. Lo hicieron a través del Plan Pleven, que recibió el nombre del primer ministro cuyo gabinete lo ideó, pero que en realidad fue redactado por Jean Monnet.

El 24 de octubre de 1950 René Pleven presentó su plan a la Cámara de Diputados. Consistía en crear un ejército europeo, en el que los soldados vestirían uniforme europeo y estarían a las órdenes de un ministro europeo, que daría cuentas a un Parlamento europeo. En dicho ejército estarían integradas unidades alemanas, pero no como divisiones independientes, sino como unidades de pequeño tamaño encuadradas en unidades mayores con soldados de otras nacionalidades. Por supuesto, se fijó como condición sine qua non que se hubiera firmado el Plan Schuman. Éste, que luego daría lugar a la Comunidad Europea del Carbón y del Acero, no tenía tanto una finalidad de integración económica como que Francia pudiera controlar la producción de acero y carbón de Alemania, lo que no dejaba de ser una forma de impedir su rearme.

El plan tenía varios inconvenientes. Por un lado, era extraordinariamente ambicioso, pues presuponía una integración política europea que, a todas luces, parecía irrealizable a corto plazo. Por otro, nada se especificaba en él sobre cómo se integraría ese ejército europeo en la estructura de la OTAN, quién lo mandaría y qué relación existiría entre el ministro de Defensa europeo y el comandante supremo de la OTAN para Europa (Saceur). Y encima implicaba una grave humillación para los alemanes, que aportarían hombres, pero no tendrían cuerpo de oficiales ni Estado Mayor.

La Comunidad Europea de Defensa y la reacción soviética

Después de que los franceses hicieran su propuesta se iniciaron arduas negociaciones para que la misma fuera realizable, tuviera utilidad práctica, permitiera integrar a los alemanes y lograra el objetivo norteamericano de implicar a los europeos en la defensa de su continente. La firma del Plan Schuman y el nacimiento de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero, el 18 de abril de 1951, supuso además el cumplimiento de la condición previa que impusieron los franceses. Después de varias idas y venidas, y de muchas negociaciones, el tratado se firmó el 27 de mayo de 1952. Lo suscribieron el Benelux, Alemania, Italia y Francia.

La Comunidad Europea de Defensa así creada se apartó algo del plan inicial, pues las aportaciones nacionales ya no lo fueron de unidades pequeñas y ahora cada país aportaría divisiones enteras. Pero, en esencia, se conservó la idea de Monnet. Poco después, la Alemania Federal obtuvo el esperado premio a su contribución a la defensa europea al concedérsele el fin del régimen de ocupación.

Cuando Stalin vio la posibilidad de que Occidente incorporara el potencial poderío alemán a su arsenal, reaccionó de un modo hasta cierto punto sorprendente. El 10 de marzo de 1952, dos meses antes de que se firmara el tratado que debería haber puesto en práctica la Comunidad Europea de Defensa, propuso a las potencias ocupantes la reunificación de Alemania, la celebración de elecciones libres en todo el territorio y el establecimiento de un único Estado independiente y neutral. Esta era una proposición que, de haber llegado antes del nacimiento de la OTAN, habría sido muy bien acogida por Washington. Sin embargo, a las alturas de 1952, cuando la estrategia norteamericana era mucho más firme respecto de la URSS, era inaceptable.

El problema al que se enfrentaba Stalin era que los hechos estaban desmintiendo la teoría marxista-leninista según la cual las potencias capitalistas estaban abocadas a enfrentarse unas con otras antes de unirse contra el comunismo. La Comunidad Europea de Defensa, en cambio, estaba destinada a aguar esas rivalidades y a formar un bloque compacto frente a los comunistas. Tal desmentido era un golpe muy fuerte a un sistema que creía en la Historia o, mejor dicho, a determinada forma de entender la Historia, y que veía que la Historia decidía, por su cuenta, seguir unos derroteros distintos a los que se suponía tenía que haber elegido.

Fracaso

Luego, dos años después de la firma del tratado, la Historia pareció querer dar la razón a Stalin. En agosto de 1954 la Asamblea francesa se negó a ratificar la creación de la Comunidad Europea de Defensa. A los franceses no les gustó que Gran Bretaña no se hubiera integrado en ella, que restara soberanía a la propia Francia en cuanto al control sobre sus fuerzas armadas o que tuviera que pedir permiso para que sus tropas intervinieran fuera de Europa en lo que quedaba de su imperio colonial. Pero todas estas razones ya estaban presentes en 1952, cuando se firmó el tratado, y nada había cambiado durante los dos años siguientes. Lo que verdaderamente acabó con la Comunidad Europea de Defensa fue la Guerra de Indochina.

Mientras Francia tuvo alguna oportunidad de ganar, París se sintió obligado a dar satisfacción a Washington para que éste siguiera suministrando el dinero y las armas necesarios. En abril de 1954 se firmaron los Acuerdos de Ginebra, que ponían fin a aquella guerra con una derrota mal disimulada del ejército francés. Por lo tanto, en el agosto siguiente, cuando se votó la ratificación del tratado en la Asamblea, la necesidad de dar satisfacción a los norteamericanos, muy cansados por otra parte de apoyar la política colonial francesa en contra de todos sus ideales, había desaparecido.

Por otra parte, los norteamericanos habían perdido parte de su entusiasmo por la Comunidad Europea de Defensa. Las guerras de Corea y de Indochina habían demostrado que el desafío comunista era global y que el escenario europeo no era más que uno, quizá el más importante, pero tan sólo uno de los muchos donde la Guerra Fría se libraría. Encima, tanto Gran Bretaña como Francia tenían como principal objetivo de sus muy mermadas fuerzas militares el conservar sus respectivos imperios coloniales. Es decir, los norteamericanos se dieron cuenta de que la Guerra Fría tendrían que lucharla ellos solos. La revelación tenía sus inconvenientes, pero también tenía sus ventajas. Ya no deberían dedicarse a la para ellos repugnante labor de apuntalar los imperios coloniales francés y británico, y podrían decirles que, en eso, se las apañaran solos. Muy pronto tendrían ocasión de demostrárselo a los dos. En Suez.

 

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