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ARGENTINA

Los auténticos héroes de Malvinas

El 30 de marzo de 1982 la policía argentina disolvió violentamente la primera manifestación que los siempre obsecuentes caciques sindicales convocaron contra la ya debilitada Junta Militar. El 2 de abril, casi todos los dirigentes políticos y sindicales se aglutinaron servilmente en torno a la dictadura cuando ésta emprendió una demencial ofensiva para apoderarse de las Malvinas.

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Hubo manifestaciones multitudinarias para aclamar al instigador de la aventura, el general Leopoldo Fortunato Galtieri, que ebrio de soberbia y whisky prometía una pronta victoria. Según una encuesta Gallup realizada en la ciudad de Buenos Aires, el 90% de los consultados ratificó su espíritu belicista y sólo el 8% expresó su desacuerdo. Un 82% rechazó cualquier posibilidad de negociación con Gran Bretaña y el 15% la aceptó. (Para más datos, v. Malvinas. La trama secreta, de Óscar Raúl Cardoso, Ricardo Kirschbaum y Eduardo van der Kooy, Sudamericana-Planeta, 1983).

Maniobra de distracción

Si bien las autoridades del Partido Justicialista y la Unión Cívica Radical –y, por supuesto, del Partido Comunista– se apresuraron a hacer profesión de fe antiimperialista y anticolonialista, acatando el liderazgo de la dictadura, hubo excepciones. Raúl Alfonsín denunció la maniobra de distracción emprendida por los militares; el controvertido político de derecha Álvaro Alsogaray hizo otro tanto; y el expresidente Arturo Frondizi afirmó públicamente, con mentalidad de estadista:

Es falso que cuando hay un conflicto internacional haya que callar las discrepancias con el gobierno, aun las que suscite ese mismo conflicto. ¿Se evaluó la relación de fuerzas internacionales, no sólo militares sino políticas y diplomáticas? ¿Se evaluaron las consecuencias económico-sociales del conflicto, no sólo en costo operativo sino en orden a las represalias y medidas de diversos países?

No podía haber nada menos realista que pedir evaluaciones a aquel equipo de enajenados. Galtieri decía a la televisión mexicana: "Tengo 400 argentinos muertos, y si es necesario la Argentina está dispuesta a tener 4.000, o 40.000". Y el almirante Jorge Isaac Anaya prometió: "Esto va a ser como el Alcázar de Toledo". En un encuentro con el secretario de Estado norteamericano Alexander Haig, Anaya insistió: "Los argentinos tenemos nuestro coraje y nuestra sangre para ofrecer. Yo mismo tengo un hijo entre los combatientes y como padre, le puedo asegurar que sería un honor que ofrendase su vida enfrentando al agresor colonial". Pero leemos en Malvinas. La trama secreta:

El tiempo le probaría al marino la inutilidad de apelar a la retórica grandilocuente. Un día después de la rendición de Puerto Argentino, realizó ante el general Vernon Walters una gestión telefónica para que éste acelerara la liberación de su hijo, un teniente de la aviación del Ejército que había sido tomado prisionero por los ingleses.

Graves acusaciones

El hijo de Anaya fue un privilegiado excepcional. Según un balance publicado 20 años más tarde (La Vanguardia, 31/3/2002), de los 11.000 soldados enviados a las islas, murieron 623, más de 1.000 quedaron discapacitados y 209 se suicidaron. Estos soldados no fueron héroes sino víctimas. Víctimas de la abyección de sus gobernantes. El descalabro fue inevitable. El general Benjamín Rattenbach, un militar con una foja de servicios impecable, redactó un informe que desenmascaró a los responsables de la tragedia, informe que la revista Siete Días publicó en sus ediciones del 23 y el 30 de noviembre de 1983 y que fue objeto de posteriores reediciones. Hace 29 años que no es secreto, como ha pretendido hacer creer la presidenta Cristina Fernández.

Dicho informe formula graves acusaciones: los soldados no tenían preparación militar, carecían de las ropas y alimentos apropiados para soportar el clima inclemente de las Malvinas, ejecutaban operaciones improvisadas, carecían del armamento adecuado; y, para colmo, el comandante de la fuerza expedicionaria, general Mario Benjamín Menéndez, "no exhibió ni evidenció las aptitudes de mando y arrojo indispensables en la emergencia, y no fue en esa oportunidad –única en su vida militar– el ejemplo y la figura que la situación exigía frente a las tropas". Más claro, imposible.

Aves carroñeras

El 2 de abril de 1982, cuando se produjo el desembarco, yo estaba en Buenos Aires, visitando a familiares y amigos. Me espantó el hecho de que la dictadura militar pudiera inflamar los ánimos de una multitud de incautos mediante una tramoya obviamente cargada de componentes irracionales. Y al mismo tiempo me reconfortó comprobar que ninguno de mis amigos más queridos se había tragado el anzuelo envenenado. Pero cuando regresé a Barcelona sufrí una decepción mayúscula: en muchos de los miembros de mi nuevo círculo de relaciones se había producido un rebrote de los antiguos virus antioccidentales, latentes desde su antigua militancia en el peronismo o en la izquierda ortodoxa o heterodoxa.

Esta patología del rebrote era producto de un fenómeno de envergadura mundial. Las aves carroñeras del arcaico bando totalitario no querían perder la oportunidad de capturar una nueva presa. Malvinas. La trama secreta reproduce una conversación entre Fidel Castro y el canciller argentino, el opusdeísta Nicanor Costa Méndez, quien asistía en La Habana a la Conferencia de Países No Alineados:

El premier cubano insistió entonces con que la causa de las Malvinas se encuadraba en lo que él entendía como una guerra de liberación nacional, e hizo un encendido elogio de la actitud argentina frente al conflicto. Pero inmediatamente agregó:

"Ustedes deben comprender que ninguna guerra de liberación nacional se pierde. Siempre que se esté realmente dispuesto a pelearla".

En esta última advertencia, Castro dejó entrever sus dudas acerca de la cuota de voluntad con que los militares argentinos se habían lanzado a esa aventura.

"Quien venza en la batalla por esas montañas, tendrá ganada la partida", sentenció Castro, mientras señalaba en el mapa.

Como he recordado aquí en el artículo "Ernesto Cardenal, místico y sanguinario", esta otra ave carroñera aterrizó en Buenos Aires para apoyar la invasión de Malvinas. Dijo entonces (Clarín, 4/6/1982):

Este doloroso conflicto, como todos los que provocan derramamiento de sangre, tiene un saldo positivo: la unificación de los pueblos de América Latina.

Subversivos mal reciclados

En Suiza, tres exiliados fundaron un comité peronista para inculcar –¡vaya insolencia!– a los palurdos europeos la clave de su sabiduría vernácula: "En nuestros países el nacionalismo constituye un atributo indispensable para concretar la conquista irrenunciable de la liberación nacional" (El País, 29/4/1982). En México, otros exiliados que habían hecho una lúcida autocrítica de su pasada opción por la violencia formaron un Grupo de Discusión Socialista que volvió a las andadas y, entre diatribas contra Inglaterra y Estados Unidos, se adhirió "a todos los sectores populares de Argentina que luchan para que no sea entregada una soberanía que se está reconquistando con la sangre y el esfuerzo del pueblo". Ni siquiera faltó una pandilla de montoneros que intentó fletar, sin éxito, un chárter para ir a ponerse al servicio de sus antiguos verdugos militares.

Empujado por la indignación, escribí un artículo titulado "El derramamiento de sangre y los arrebatos emocionales" (La Vanguardia, 11/5/1982) en el que, refiriéndome a los subversivos mal reciclados, decía, entre otras cosas, en plena guerra:

Lo que termina de descalabrar los frágiles cimientos que sustentaban la credibilidad de su adhesión sincera a la causa de los derechos humanos es la vehemencia acrítica con que muchos miembros de la diáspora argentina han reaccionado ante un operativo militar que, como el de las Malvinas, lleva implícitas acciones de guerra, con su secuela de muerte y mutilación para ambos bandos (...) Reincidiendo en viejos tics, han exhumado la consigna "Soberanía o muerte", como si no hubieran tenido suficientes testimonios de que la segunda de las dos alternativas debe ser erradicada de toda filosofía auténticamente humanista, no sólo cuando se está en el bando de los perdedores sino, sobre todo, cuando se puede estar en el de los victoriosos. Aunque el territorio reivindicado nade sobre un mar de petróleo.

Lo único que me avergüenza de aquel artículo es que, procurando ser ecuánime, abominé injustamente de Margaret Thatcher. Si la Dama de Hierro no hubiera sido inflexible, los militares victoriosos seguirían gobernando Argentina, porque los políticos honestos, como Raúl Alfonsín, no estaban en condiciones de desalojarlos del poder, y los otros, peronistas y radicales, se habrían rendido a sus pies.

Crecen los enanos

Llegamos al año 2012. La presidenta Cristina Fernández de Kirchner, recién reelegida con el 54% de los votos, descubre que le crecen los enanos sindicales y políticos de su circo, y se desayuna cada mañana con un nuevo escándalo de corrupción y de puñaladas traperas entre sus hasta ayer leales subordinados. Y aplica, seguramente sin conocerlo, el consejo que el rey dio a su heredero en el cuarto acto de la segunda parte de Enrique IV, de William Shakespeare:

Por eso, Enrique mío, tu política ha de consistir en tener ocupados a los espíritus inquietos en contiendas extranjeras. La actividad así derrochada disipará el recuerdo de los antiguos días.

¡Bingo! Puesto que "el patriotismo es el último refugio del bribón" (James Boswell dixit), nada mejor que desempolvar el conflicto con Gran Bretaña por las Malvinas. Y la oposición desnortada corrió, con pocas y honrosas excepciones, a secundar la fanfarronada.

Una visión alternativa

En un artículo titulado "Las Malvinas jamás serán argentinas" (Perfil, 9/5/1998), el diplomático argentino Carlos Escudé, tan voluble como histriónico, escribió:

Funciona en la Argentina una dinámica política perversa, por la que los profesionales de la política temen decir la "dolorosa" verdad respecto de las Malvinas, por miedo a que las emociones de la gente sean explotadas por aquellos que continúen la mentira.

Ahora, 17 intelectuales, constitucionalistas y periodistas argentinos se han convertido en los auténticos héroes de las Malvinas al publicar un documento en el que exponen las verdades impuestas por el rigor histórico, el sentido común y el pensamiento racional, al mismo tiempo que intentan desmontar una nueva campaña irredentista de incierto desenlace. Y digo "héroes" porque sobre ellos han caído todas las amenazas, acusaciones e injurias que figuran en la artillería del conglomerado patriotero. He aquí algunos párrafos del documento:

Como miembros de una sociedad plural y diversa que tiene en la inmigración su fuente principal de integración poblacional, no consideramos tener derechos preferenciales que nos permitan avasallar los de quienes viven y trabajan en Malvinas desde hace varias generaciones, mucho antes de que llegaran al país algunos de nuestros ancestros.

(...)

Necesitamos abandonar la agitación de la causa Malvinas y elaborar una visión alternativa que supere el conflicto y aporte a su solución pacífica. Los principales problemas nacionales y nuestras peores tragedias no han sido causados por la pérdida de territorios ni por la escasez de recursos naturales, sino por nuestra falta de respeto a la vida, a los derechos humanos, a las instituciones democráticas y a los valores fundacionales de la República Argentina, como la libertad, la igualdad y la autodeterminación.

(...)

Es necesario poner fin a la contradictoria exigencia del gobierno argentino de abrir una negociación bilateral que incluya el tema de la soberanía al mismo tiempo que anuncia que la soberanía argentina es irrenunciable.

(...)

El intento de devolver las fronteras nacionales a una situación anterior a nuestra unidad nacional y a la propia anexión de la Patagonia no conduce a la paz.

Uno de los firmantes del documento, el historiador Luis Alberto Romero, además ha escrito (La Nación, 14/2/2012):

Luego de 1810, lo que sería el Estado argentino prestó una distraída atención a esas islas, que los ingleses ocuparon por la fuerza en 1833. De esa ocupación quedó una población, un pueblo, que la habita de manera continua desde entonces: los isleños o falklanders, incluidos en la comunidad británica. En ese sentido, Malvinas no constituye un caso colonial clásico, del estilo de India, Indochina o Argelia, donde la reivindicación colonial vino de la mano de la autodeterminación de los pueblos. En Malvinas nunca hubo una población argentina, vencida y sometida. Quienes viven en ella, los falklanders, no quieren ser liberados por Argentina.

Y menos por una Argentina, añado yo, que desde 1930, y sobre todo desde 1943, oscila peligrosamente sobre el borde del abismo totalitario.

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