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ESPAÑA

La neutralidad en nuestra historia

En los últimos dos siglos se han producido en Europa tres contiendas internacionales de la máxima envergadura, junto con otras menores, amén de numerosas revoluciones y guerras civiles.


	En los últimos dos siglos se han producido en Europa tres contiendas internacionales de la máxima envergadura, junto con otras menores, amén de numerosas revoluciones y guerras civiles.

Las tres principales fueron la guerra napoleónica y las dos mundiales. España se vio arrastrada a la primera porque entró en el juego de Francia para ser enseguida invadida directamente por Napoleón y luego ayudada por los ingleses, una ayuda peculiar, no exenta de graves daños para nosotros. El efecto principal de esa intervención en los asuntos centroeuropeos fue la interrupción del desarrollo anterior del país y la formación de tres Españas: la tradicionalista y las dos liberales, semillero de convulsiones internas desusadas en nuestra historia anterior: una gran guerra civil y otras dos menores en el siglo XIX, además de una multitud de pronunciamientos militares de signo generalmente izquierdista y otras turbulencias, hasta llegar a la relativa estabilidad de la Restauración. Esas convulsiones han originado el mito absurdo del carácter particularmente cainita, retrógrado y violento de los españoles, idea que solo revela ignorancia de la historia de los demás países europeos.

Por el contrario, España consiguió permanecer neutral en las dos gigantescas guerras europeas posteriores, y de ello no ha sacado sino inmensos beneficios. Se ha querido explicar la neutralidad en la Primera Guerra Mundial por mera impotencia, argumento realmente sandio y frívolo. Mucho más impotente era Portugal, y participó en la misma condición en que lo hubiera hecho España, como carne de cañón. Las posturas intervencionistas, sobre todo por parte de los autoconsiderados progresistas, insistían en un europeísmo simplote, cuya concreción debía ser el envío de millones de españoles a la carnicería. La idea seducía a muchos, como Azaña; Romanones estuvo muy cerca de meternos subrepticiamente en aquella locura, y se sospechó que detrás de la huelga revolucionaria de 1917 había planes ocultos de involucrarnos en un conflicto del que solo podríamos extraer calamidades. Cambó sacaba conclusiones más razonables, aunque justificadas con un utilitarismo de baja estofa: "España tenía que ser neutral... porque no podía ser otra cosa" (naturalmente que podía); "Había que hacer lo posible para evitar los estragos políticos y económicos de la guerra... y aprovecharse de ello si era posible", explica en sus memorias.

Desde luego, España obtuvo enormes beneficios económicos comerciando con los Aliados, pero eso fue lo secundario. Lo principal fue que evitó tremendos sacrificios y nuevas divisiones internas, que quedaron en batallas de papel entre germanófilos y aliadófilos. El fruto más previsible de la intervención habrían sido crispaciones como las que afectaron a Italia o Alemania, añadidas a las ya impulsadas por el "Desastre" del 98.

Otro europeísmo torpe, en este caso falangista, deseaba introducir a España en la II Guerra Mundial, como antes lo habían ansiado fervientemente Negrín y las izquierdas, que cifraban su salvación en multiplicar los daños de la Guerra Civil. Uno de los servicios más impresionantes de Franco al país fue, precisamente, mantenerse al margen. La intervención habría asestado a Inglaterra un golpe que pudo haber sido decisivo, y el efecto final habría sido, en caso de victoria aliada, una mayor supeditación a Inglaterra y la vuelta en triunfo de los políticos causantes de la Guerra Civil; y una total satelización a Alemania en caso contrario.

Las experiencias afortunadísimas de la neutralidad nunca fueron analizadas ni dieron lugar a una doctrina, como en Suecia o en Suiza. Fueron solo aciertos particulares en una época y un país sin apenas pensamiento político digno de ese nombre.

La política neutralista cambió en parte después de la II Guerra Mundial. En la pugna entre el bloque comunista y el occidental, Franco tomó claramente partido, por razones ideológicas y de conveniencia, mediante una relación bilateral con Usa. Pero aun así mantuvo un grado de soberanía e independencia que se perdió después, y nunca pidió entrar en la OTAN.

Finalmente, España fue introducida en la OTAN en condiciones humillantes: se dejó al margen de la defensa común partes del territorio español y se aceptó la presencia y consolidación de hecho de la colonia inglesa de Gibraltar. El papel de España en la OTAN es, y solo puede ser, muy auxiliar, y ya nos ha causado algunas frustraciones, como la insolente política británica en Gibraltar o la actitud antiespañola de Francia en Perejil. Y la intervención en Irak, pese a ser puramente moral y de ayuda humanitaria, y tener otras justificaciones, agravó en extremo las tensiones internas del país. Hoy, nuestra intervención militar en Libia solo servirá a los intereses de otras potencias, y menos mal si los nuestros no salen, además, mal parados.

Sostienen algunos que debemos integrarnos en la política general de Occidente, lo cual es justo, y amenazan con que en otro caso quedaríamos aislados, lo cual es una tontería. Pero, dentro de Europa y Occidente, España tiene sus propios intereses y necesidades. De ningún modo la integración debe consistir en una satelización a otras potencias, como de hecho se viene planteando. Es preciso extraer lecciones de nuestra experiencia, como intento sostener en Nueva historia de España. De otro modo, la historia pasará en vano para nosotros. En otro artículo examinaré por qué la neutralidad nos ha sido beneficiosa, más allá de la simple evidencia de las ganancias concretas en las dos guerras mundiales.

 

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