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SIGLO XX

La rebelión juvenil de los años 60

Hablando con Stanley Payne, surgió la cuestión de la extendida rebelión juvenil de los años 60, descrita muchas veces pero analizada pocas. Por cierto, siempre existe una oscura rebeldía juvenil, debida, creo yo, al contraste de las energías y aspiraciones (mezcladas con la inexperiencia) propias de la edad con las normas sociales, que en principio buscan encauzarlas e incluso reprimen algunas, para mal o para bien.

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Esa rebeldía se manifiesta siempre en minorías: la gran mayoría sigue con bastante facilidad los cauces marcados por las leyes y la moral, no aspira a destruir el sistema, cualquiera que este sea, sino a acomodarse en él. Más aún, la rebeldía encubre muchas veces ese deseo de acomodarse, pero en situación privilegiada. La particularidad de los años 60 fue la amplitud del descontento –siempre minoritario– y su ideologización, que dio lugar a incontables disturbios desde California a Italia o Alemania y culminó en la revolución del 68 o mayo francés.

El fenómeno desconcierta porque niega las habituales explicaciones materialistas de las revoluciones. Aquellos jóvenes de ningún modo pasaban hambre o necesidad, ni tenían el futuro vallado por malas expectativas profesionales. Por el contrario, quizá nunca había existido una juventud que gozase de una situación material tan espléndida; accedía masivamente a la enseñanza superior, viajaba y se desenvolvía en sociedades prósperas, prácticamente con pleno empleo y aumento incesante de salarios y oportunidades. Más aún: el descontento se manifestaba con especial virulencia en el sector más privilegiado, el de los estudiantes universitarios.

Aquella bonanza material no era producto del esfuerzo de esos jóvenes, evidentemente, sino de la labor, a veces muy dura, de la generación de la posguerra. Sin embargo, la nutrida fracción inconformista se revolvía precisamente contra esa generación, contra sus valores, sus sistemas políticos y su moral. En ese desafío, proliferó el consumo de drogas –que ha quedado como un signo de la nueva sociedad–, la concepción de la sexualidad como simple pasatiempo o satisfacción de una necesidad física (idea nada nueva, pero adoptada con más entusiasmo), la negación de la religión cristiana y su sustitución por cientos de sectas orientalistas, sobre todo en el mundo anglosajón, acompañado todo ello de un hedonismo deliberadamente infantiloide, lleno de flores e invocaciones a la paz y de una música a veces muy buena pero otras veces simplemente aturdidora.

Se despreciaba el espíritu de trabajo y de lucha, cundió un pacifismo que pretendía el desarme de Occidente frente a la amenaza comunista: el mal parecía radicar en las democracias, y los totalitarismos eran vistos de manera favorable o con despreocupación. Y ello pese a hallarse Europa cortada por la mitad por una frontera plagada de alambradas y puestos de ametralladora, especialmente visible en Berlín. En esta ciudad, paradójicamente, surgió un movimiento entre ácrata y marxista, antidemocrático y, si no abiertamente partidario del régimen oriental, al menos comprensivo con él.

El régimen castrista despertó fervores muy extendidos, lo mismo que la revolución cultural china y –no digamos– el bando comunista en la guerra de Vietnam. De ese magma surgirían los terrorismos europeos. Aquellos años mostraron también la falsedad de la tesis según la cual las potencias europeas precisaban sus colonias para mantenerse: las independencias acabaron con casi todas las colonias y las economías europeas, como si se hubieran librado de un fardo, prosperaron más que nunca. No obstante, nunca fue tan acerba la crítica al colonialismo y al imperialismo, ni se popularizaron tanto las acusaciones a los países ricos de alimentarse de la miseria del "Tercer Mundo"... con el cual el comercio era secundario.

En España, esas modas tuvieron poca incidencia, en parte porque todavía se dejaba sentir mayoritariamente el anticomunismo de posguerra, se mantenía mejor la moral tradicional y los jóvenes, en general, veían en la droga una propuesta de degradación personal. Así, el fenómeno resultó mucho más minoritario que en Francia, por ejemplo, pero muy politizado en sentido pro comunista y, luego, pro terrorista. Digamos que en los países anglosajones la ideologización pro comunista fue muy inferior a la de Europa, y más fuertes los pacifismos florales. En todos esos movimientos agitaban, desde luego, los aparatos de propaganda y el dinero soviéticos, pero sería un error creer que estos los habían originado o los dirigían: se trató de una corriente fundamentalmente espontánea.

No es fácil encontrar una explicación a aquella rebeldía. Propondré esta: la economía no lo es todo, contra lo que opinan nuestros pensadores de derecha. O, como observaba Julián Marías, la economía nunca suscita grandes entusiasmos. Muchos de aquellos jóvenes eran precisamente los más inquietos intelectualmente de su generación, los más ávidos de lecturas, conocimientos y experiencias, y el mero bienestar material les importaba poco –desdén muy excesivo, en parte porque veían ese bienestar que disfrutaban como algo dado, caído del cielo–, y buscaban un sentido a la vida más allá de la vulgaridad burguesa. Los caminos seguidos demostraron ser falsos, pero no debe desconocerse la fuerza de aquel anhelo de sentido, tan propiamente humano, ni la quiebra de muchas fórmulas tradicionales de satisfacerlo.

 

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