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UNA DISTINCIÓN CRUCIAL

Capitalismo versus corporativismo

La democracia constitucional nació a la par que la economía de mercado. Conforme el siglo XIX se desarrollaba, Inglaterra, con sus ricas colonias y aplicando el liberalismo, se consolidaba como la gran potencia mundial.

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Cuando Jefferson comenzó a componer lo que sería la constitución de los EEUU, en México luchábamos por liberarnos del control autocrático de la corona de España y del yugo de la iglesia católica, sin tener una idea clara de qué clase de gobierno queríamos.

Cuando el federalismo y los mercados libres echaban raíces en los EEUU, los mexicanos buscábamos un emperador europeo, en medio de una sangrienta guerra que nos llevó a perder la mitad de nuestro territorio. Cuando el laissez-faire provocaba la revolución industrial en los EEUU, en México promovíamos el mercantilismo, el socialismo, el estatismo, mientras vivíamos una revolución –encabezada por militares sedientos de poder– que dejó el país destrozado.

Cuando la Gran Depresión abrazó a los EEUU a finales de los años 20, México ya había vivido la suya, producto de una revolución fracasada. Cuando FDR esclavizó a los EEUU con las cadenas de su New Deal, en México ya éramos esclavos en manos de una elite de políticos demagogos. Cuando Gerald Ford luchó en los EEUU contra las políticas socialistas de Nixon y Johnson, en México Echeverría daba rienda suelta a su nacionalismo revolucionario y, luego, pasaba el testigo a López Portillo: en 1982, el país, quebrado, debía 120.000 millones de dólares.

Cuando los EEUU ponían en marcha la revolución de Ronald Reagan, México empezó a pagar las consecuencias de un siglo de malos manejos, estatismo, proteccionismo, etc. A principios de los años 80 México enfrentaba una grave crisis. El mar de petróleo había sido insuficiente para ocultar la corrupción e ineptitud de nuestros líderes, se había perdido otra década y el país navegaba a la deriva. En septiembre de 1982 el Secretario de Hacienda, Silva Herzog, se presentó en Washington para declarar la quiebra del país.

Durante la primera parte del siglo XX, los partidos de izquierda tuvieron un desarrollo espectacular en todo el mundo, debido, principalmente, al injusto desprestigio que había sufrido el capitalismo a raíz de la Gran Depresión. Keynes revolucionó la ciencia económica con sus nuevas teorías intervencionistas. Al finalizar la Segunda Guerra Mundial, los países victoriosos se reunieron en Bretton Woods para alumbrar un nuevo sistema financiero mundial. Los gurús del momento eran Keynes y Harry Dexter White, a quien se acusaba de pertenecer al Partido Comunista. Keynes y White fueron los padres de lo que ahora conocemos como capitalismo de Estado, el corporativismo.

Ronald Reagan.Con la revolución de Reagan se inició la debacle del mundo comunista, de las economías mixtas, del capitalismo crony, una versión distorsionada del auténtico capitalismo democrático. Un capitalismo amafiado y gestionado por el Estado, negociantes sin escrúpulos y sindicalistas embarrados. Un capitalismo en que el Estado escoge a los ganadores y a los perdedores.

A principios de los 90 el mercado, armado con las nuevas tecnologías, comenzó a destruir todos esos modelos económicos antinaturales. Pasó la factura a los países en que había enraizado el corporativismo: Japón, los tigres asiáticos, México, América Latina en general. Hubo devaluaciones, quiebras nacionales, suspensiones de pagos, derrumbes bursátiles. Se sacudió el árbol para que cayeran los malos frutos.

Ante la arremetida del mercado, los grandes interventores clamaron por que el Estado se fortaleciera y controlara a aquél. Volvieron a aparecer las regulaciones draconianas, los impuestos esclavizantes, etcétera. Las consecuencias las estamos viviendo.

Todavía no entendemos que la única forma de lograr la paz financiera mundial pasa por reformar las economías de los países donde todavía el corporativismo es el común denominador y liberar los mercados. Los recursos deben asignarlos los mercados, no burócratas corruptos.

Los grandes especuladores, como Soros, ahora con ropajes de redentores piden que intervenga el Estado. Entre tanto, en Venezuela, Bolivia, Ecuador, etcétera, acceden al poder personajes que prometen luchar contra los mercados y sus injusticias. Pero lo más grave es que la presidencia de los EEUU ha ido a parar a un gran enemigo del mercado, Barak Obama, a quien Chávez ya llama "camarada".

La lucha es franca y abierta, entre el mercado y el Estado. En ella participan dos clases de políticos: los hábiles, que han dado paso al mercado, y los torpes, que lo quieren destruir. La lucha es a muerte, pero no hay duda de que el ganador será el mercado.

En este milenio, los políticos exitosos serán los que entiendan que Estado y mercado deben ser aliados. Que el Estado no debe ser propietario, productor, proveedor, consumidor, juez y parte. Que el mercado puede ser un agente de justicia y prosperidad; pero que, cuando se le reta y ataca, es cruel y despiadado: los japoneses llevan veinte años de castigo y siguen sin enterarse.

Esperemos que no nos tome otros veinte años rectificar la ruta trazada por Obama Corporation.


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