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ALEJANDRO ROSSI. EVOCACIÓN PÓSTUMA

El último habitante del Edén

Entre la tarde del viernes 5 y la mañana del sábado 6 de junio murió, en Ciudad de México, Alejandro Rossi Guerrero. No sé a cuántos españoles les dirá algo su nombre; y la verdad, lo confieso, es que tampoco me parece importante que sean pocos o muchos.

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Es verdad que una parte de la obra de Rossi, y una parte importante, llegó a España. Tardíamente, a fines de la década de 1990; pero lo importante es que llegó. De la mano de Jorge Herralde, a quien hay que agradecerle la reedición de Manual del distraído (edición hoy inencontrable) y la primera edición en España de los relatos de El cielo de Sotero y La fábula de las regiones. Herralde comprendió, después de leer a Rossi, y mucho más después de conocerlo personalmente, que Rossi era un bien escaso. Excepción que confirma la regla, porque aparte del fundador de Anagrama y de un puñado de amigos españoles (entre ellos, Victoria Camps y Fernando Savater), a Rossi no lo leía nadie en este bendito país. O peor: había quienes fingían que lo habían leído, como Francisco Umbral, y se quedaban tan anchos después de soltar el habitual rebuzno en el solar, a la hora de la siesta y las moscas.

Rossi y sus obras circularon, sobre todo y por fortuna, en un ámbito más vasto que la siempre menguante piel de zapa peninsular. Al que los españoles se han empeñado a menudo, tan terca como estúpidamente, en renunciar. Otro ámbito surcado, de una a otra orilla del Atlántico, por un diálogo fértil, ininterrumpidamente propiciado desde la orilla americana. Que no se cansa, desde una Hispanoamérica cada vez más grande, de alentar la escucha, por lo general esquiva, de una pequeña España siempre inexplicablemente seducida por los fulgores discretos de su ombligo. Y que ha hecho más que meritorios esfuerzos, desde el siglo XIX, por vivir abierta al mundo. No sólo a España. Afortunadamente para ella. O sea, para la otra orilla.

Pero dejemos esto ya. Pourquoi enfoncer des portes largement ouvertes.

Tiempo habrá de volver a leer y recordar a Alejandro Rossi. Un hombre que sabía, como Octavio Paz, que "un hombre debe ser muchos hombres". También, que "la literatura, por suerte, es una planta que crece en los terrenos más ingratos y sorprendentes. Lo cual indica que más que un adorno es un instrumento de salvación". En el homenaje a Paz, que pronunció al cumplirse un año de la muerte del poeta y del que extraigo esas citas, dejó una definición clara y precisa de lo que se entiende por "gran escritor".

Mario Benedetti.Ahora que, desde hace tiempo, todos los gatos son pardos (razón, sin duda, por la cual tan fácil se ha vuelto dar gato por liebre: "Un destino de ronroneante gato lujoso –dijo Rossi en 2007, en el discurso de recepción del Premio Xavier Villaurrutia a su libro Edén. Vida imaginada– a lo mejor nos deja unos versos insípidos y una prosa amarillenta"), proponer distinciones y jerarquías entre niveles y categorías de lo que sea, desde la inteligencia hasta la belleza física, ha devenido despreciable muestra de elitismo. Rossi pertenecía, por fortuna, a esa estirpe infatigablemente elitista. No es lo mismo, desde luego, un poema de Paz y otro de Benedetti, como tampoco da lo mismo que el mexicano se pasara la mitad de su vida defendiendo la libertad y el uruguayo se conformara con repetir el gesto automático de las élites de la izquierda latinoamericana (no vaya a creerse: son más elitistas aún, puesto que ignoran que lo son), que ha sido siempre ponerse de rodillas ante el tirano más fotogénico para sus intereses.

He escrito, al comienzo, el nombre de Alejandro seguido de sus dos apellidos por dos razones. Es verdad que el autor múltiple que es Rossi (filósofo de profesión, ensayista por naturaleza, autor de ficciones sutilmente reales, conversador fascinante, epigramatista feroz) firmaba sólo con su primer apellido, el italiano. Un origen éste, el de su padre diplomático, del que siempre se sintió orgulloso. Quién se atrevería a reprochárselo: haber nacido en Florencia, aun en el mussoliniano año de gracia de 1932, y pasado la infancia entre la ciudad medicea y la Roma eterna no es precisamente moco de pavo. Como tampoco lo era el que su madre, María Mercedes Guerrero, fuera, además de caraqueña y responsable de su segundo patronímico, una descendiente de José Antonio Páez.Y también, como se verá, culpable de su querencia por la segunda de sus tres patrias.

A los diez años, Alejandro Rossi llegó a Puerto Cabello y de ahí pasó a Caracas y, por tanto –cabe suponer–, a la patria materna. Había llegado a este pequeño país hispanoamericano, que recién despertaba de una prolongada pesadilla de cruentas guerras civiles y la larga noche de la dictadura gomecista, en uno de aquellos paquebotes que ya han dejado, desgraciamente, de tardar más de medio mes en surcar el golfo oceánico que separa Europa de América. Era la época, para siempre perdida, en que el viaje era el viaje. Literalmente, es decir sin boutades neoyorquinas o parisienses a lo Gertrude Stein: el viaje consistía en eso mismo, en desplazarse y recorrer un territorio (o una extensión de agua), y no tenía nada que ver con lo que hoy llamamos "viajar": embutirnos media docena de horas en un recipiente con el único fin de ser transportados a una realidad escasamente diferente del punto inicial del trayecto, en la que a menudo, además, el viajero descubre al llegar que lo han dejado sin su equipaje. Es decir, nada tenía que ver con lo que tantos esperanzados e ingenuos seres también llaman hoy "progreso". Una metáfora en la que, como en tantas otras, descreía profundamente Rossi.

No así en el viaje. Alejandro Rossi fue, hasta que a sus 77 años la muerte se lo llevó al viaje del que no se regresa, un viajero. De verdad. De los de antes. Quiero decir que lo importante, para él, no era partir de un lugar o llegar a algún sitio, sino estar siempre atento al recorrido, en lo posible disfrutar de la travesía y, de paso, algo aprender de la experiencia. El caso es que Alejandro, que en su adolescencia no paró de viajar y que vivió como antes era aún posible viajar y vivir entre varias ciudades (entre otras, Buenos Aires, Montevideo, Los Ángeles), aprendió a sentirse como en su casa en todas partes. Esta fue su primera paideia, y seguramente la decisiva: si Rossi se sabía y fue, a la vez y plenamente, italiano, venezolano y mexicano fue porque aprendió a distinguir entre lo vivido y lo vital.

Afortunadamente, a Rossi le dio tiempo de explicar estas y otras esenciales diferencias en Edén. Vida imaginada. No una autobiografía o unas memorias, en el sentido estricto, sino más bien un autorretrato. Con toda la carga de arbitraria mezcla de verdad y recreación que conlleva el género, y trazado con la misma maestría que uno de sus hermanos mayores pictóricos. Es una suerte que acabara escribiéndolo, porque se pasó más de una década acariciando este proyecto, cuando ya estaba enfermo, y gravemente. En una comida en tête-à-tête en Barcelona, cuando vino a presentar La fábula de las regiones, me habló de su idea para este libro con su habitual amenidad. Cuando leí Edén no salía de mi asombro: pude reconocer frases, párrafos enteros, que conocía de aquel grato y ya lejano encuentro.

Martin Heidegger.Esto era, también, Rossi: un viajero memorioso. Nada se perdía de lo que había querido, nada ni nadie que hubieran ingresado en su vida dejó caer en el olvido. Así, desde luego, con Venezuela. Después de estudiar en Friburgo, con Heidegger, Rossi se instaló definitivamente en México. Y a México le dio lo mejor: su carrera filosófica; su lucha, junto a Octavio Paz, por hacer de Plural y Vuelta plataformas del pensamiento liberal en un océano de garrulería marxistoide; su discreta pero siempre eficaz ayuda a jóvenes escritores y editores mexicanos. Pero Rossi siempre volvía, una y otra vez, al país de su madre. La fábula de las regiones, de hecho, es el mejor retrato –el más terrible, también– del siglo XIX venezolano, y quien quiera comprender algo de la compleja y torturada historia de este país haría bien en comenzar por su lectura. Y en Venezuela tuvo Rossi algunos de los muchos y más leales amigos que siempre lo acompañaron: Juan Nuño, José Balza, Eugenio Montejo.

La primera vez que oí hablar sensata e inteligentemente de Páez fue una tarde, en la casa caraqueña de mis padres. Yo era casi una niña, y fue grande la impresión al oír aquellas palabras, que echaban por tierra todo lo que nos enseñaban en clase sobre la historia de Venezuela. En resumen, lo que Rossi vino a decir era algo como esto: "Bolívar no fundó nada: el padre de la patria, como se insiste en llamar a los tiranos, el verdadero fundador de la República de Venezuela, fue José Antonio Páez". Esto lo decía, desde luego, con un punto de vanidad en la voz, perdonable en un descendiente directo del "centauro de los Llanos".

Por descontado, en estos últimos años Rossi vivió amargamente –y, afortunadamente para él, desde lejos– la Venezuela de Chávez. Sobre la que dejó escrito lo que le inspiraba, y sobre la que animó a Enrique Krauze a escribir El poder y el delirio.

El presidente de México, Felipe Calderón, montó guardia en el homenaje de cuerpo presente que el domingo pasado le tributaron un centenar largo de escritores e intelectuales mexicanos en el Pabellón de Bellas Artes. Es inevitable: así como no alcanzo a imaginármelo muerto, me resulta fácil adivinarlo ahí, debajo de la tapa del ataúd, esbozando su inconfundible sonrisa burlona y meditando un aforismo cruel. No sabría decir si sobre la solemnidad del acto o ante los improperios adolescentes de los idiotas latinoamericanos de siempre. En este caso, un grupito de simpatizantes de López Obrador que interrumpieron el acto lanzándole a Calderón el grito de "¡Espurio, espurio!".

Qué vaina, Alex. Te fuiste, y ahí siguen los mismos pendejos de siempre. Los de arriba, los de abajo y los de en medio. Los de toda la vida, vamos. Ya se echa de menos tu inteligente abanico, capaz de despejar estos miasmas con un solo golpe de muñeca.

Nota: Canal 22 de México ha programado en dos tandas (miércoles 10 y 17 de mayo) la entrevista que le concedió en 2004 a Silvia Lemus, esposa de Carlos Fuentes, para su programa Tratos y Retratos. También puede verse en CUNY TV.
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