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A PROPÓSITO DE LA NUEVA ENCÍCLICA DEL PAPA

Caridad, sí, pero también verdad

La Iglesia, claro es, no debe desentenderse del mundo en que vive. Por el contrario, tiene que hacer un esfuerzo por comprenderlo, aunque sólo sea por pura supervivencia. Cuenta para ello con muchas de las mejores mentes y una tradición de pensamiento rica y feraz.

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Caritas in Veritate, la tercera encíclica de Benedicto XVI, es una mirada al mundo económico y social como ya lo fueron Centesimus Annus o Populorum Progressio, de Pablo VI, de quien aquél se declara continuador.

Resulta complicado apreciar un texto como éste. Y no es la última razón el hecho de que en sus 79 apartados pueda encontrar uno frases para todos los gustos, a favor y en contra de tal o cual postura. Hay que ser un experto en exégesis, como el propio Benedicto XVI, para lanzar, al mismo tiempo, un mensaje claro y, en algunos puntos, violentamente contradictorio.

Porque Caritas in Veritate, desbrozada de ciertas ramas que se empecen unas a otras, tiene una forma y un sentido claros y discernibles. En primer lugar, observa que ha triunfado el discurso de la solidaridad, pero por unos caudales ideológicos que provienen de otras fuentes de las católicas y que, además, están contaminados por una visión del hombre que no es la suya. Esta encíclica es un llamamiento, con una ahogada desesperación, a protagonizar el discurso solidario. La verdad, huelga decirlo, es la Verdad revelada, las enseñanzas directas de Cristo y todo el conjunto de ideas que emanan de una cierta concepción del hombre.

La Iglesia no puede liderar el cambio social sin una cabal comprensión de los procesos sociales y, en particular, de la economía. Y está limitada por su propio punto de partida, que es el de las relaciones humanas inmediatas, en un ámbito pequeño, alejado de las complejas, abstractas e indirectas relaciones que caracterizan a una sociedad extensa como la nuestra.

El mundo en que Jesús hacía Sus llamamientos a la atención personal de los necesitados, los enfermos, los marginados, es muy distinto de éste en que nos movemos. Ahora trabajamos para personas que nos son, en su gran mayoría, totalmente desconocidas. Y nos sirven, en complicadas relaciones de producción, infinidad de personas que no nos conocen. Ese desconocimiento mutuo no nos impide hacer lo posible para servir mejor a los demás, porque la información, desde las necesidades de la sociedad a la puesta de recursos a su servicio, corre a cargo de los precios. Y nos mueve el deseo de generar una renta y obtener un beneficio económico.

La atención tuitiva hacia otro que conocemos, que vemos, que podemos tocar, se sustituye por un servicio más abstracto, pero mucho más productivo, por medio del mercado. La Iglesia sigue anclada en la ayuda al prójimo, mientras que la sociedad va mucho más allá: llega a quien está cerca y al que está muy muy lejos. Y lo hace de un modo mucho más cumplido y eficaz. Mientras la Iglesia no entienda la pequeñez de su mensaje, lo obsoleto del mismo en un mundo abierto y complejo, sus intentos de protagonizar este momento acabarán fracasando.

Hay ciertas realidades económicas de las que Benedicto XVI muestra en estas páginas una incomprensión ciertamente alarmante. Dice, por ejemplo: "La ganancia es útil si, como medio, se orienta a un fin que le dé un sentido, tanto en el modo de adquirirla como de utilizarla". Pero, por un lado, el beneficio es el objetivo último de la actividad económica, y, por otro, jamás puede serlo de la actividad humana. Pues el dinero aporta a quien lo tiene, por así decirlo, una oportunidad general, un medio abierto a cualquier uso ulterior y, en consecuencia, jamás un bien. Con la obtención del dinero se cruza la última frontera del quehacer económico, pero se abre la puerta a que la persona muestre sus preferencias intercambiándolo por servicios y bienes de consumo.

En ese gozne, entre la generación de una renta o un beneficio y la expresión, por medio del destino del dinero, de las preferencias personales, la Iglesia puede realizar una función muy importante: predicar un comportamiento moral y, también, llamar a compartir parte de lo generado con otras personas. Aquí, su pequeño mensaje se hace grande.

Pero, curiosamente, es el propio Papa quien lo vuelve a empequeñecer. Porque muestra una desconfianza, a la vez justificada e injustificable, en la capacidad de la propia Iglesia para transformar la sociedad por medio de su sola palabra. Da el salto al condicionamiento de los enormes aparatos del Estado y a la imposición, con ellos, de una solidaridad que, vacía de voluntariedad y por tanto de vocación y moral, consistiría en la transferencia coactiva de renta y riqueza. Benedicto XVI nos lo dice así:
Al mercado le interesa promover la emancipación, pero no puede lograrlo por sí mismo, porque no puede producir lo que está fuera de su alcance. Ha de sacar fuerzas morales de otras instancias que sean capaces de generarlas.
Pero esas instancias no son voluntarias, ya que la actividad económica
debe estar ordenada a la consecución del bien común [el énfasis, en la propia encíclica], que es responsabilidad sobre todo de la comunidad política. Por tanto, se debe tener presente que separar la gestión económica, a la que correspondería únicamente producir riqueza, de la acción política, que tendría el papel de conseguir la justicia mediante la redistribución, es causa de graves desequilibrios.
Más adelante añade:
Indudablemente, la vida económica tiene necesidad del contrato para regular las relaciones de intercambio entre valores equivalentes. Pero necesita igualmente leyes justas y formas de redistribución guiadas por la política. [Los énfasis, en la propia encíclica]
Aquí se ve, además de la falaz distinción milleana entre producción y distribución, la falta de confianza del Papa en la capacidad del mensaje de la Iglesia para transformar al hombre y la sociedad, pues deja la tarea en manos del Estado. Aunque no me vea diciéndoselo nada menos que al Papa, no negaré que, así expuesto, este llamamiento a la solidaridad vía impuestos parece una traición al mensaje cristiano.

Pero el poder ejerce una atracción difícilmente superable, y una vez se entrega uno a él, resulta difícil detenerse. Por eso sigue el texto diciendo:
La sabiduría y la prudencia aconsejan no proclamar apresuradamente la desaparición del Estado. Con relación a la solución de la crisis actual, su papel parece destinado a crecer, recuperando muchas competencias.
A partir de aquí se pueden señalar otras ideas que producen estupefacción, como la desconfianza, bien que tamizada, hacia la inversión extranjera. ¡Y esto lo dice el cabeza de una institución que se llama a sí misma "católica", es decir, universal!

Por otro lado, llama la atención que la Iglesia condene la riqueza per se y lance elogios sin compromisos hacia la pobreza... y luego se duela del dolor que acompaña a la miseria material. El colmo es que culpe al capitalismo tanto de la primera como de la segunda.

Finalmente, echo en falta en la doctrina social de la Iglesia una reflexión sobre una forma elemental de solidaridad con los demás a la que no presta ninguna atención, y es la derivada de salir uno mismo adelante sin necesitar la ayuda del próximo. Por esta pequeña compuerta, se vería encaminada a reflexionar sobre cómo salimos de la pobreza, que es nuestra misma condición, y cómo creamos riqueza. Esa reflexión es muy necesaria para la Iglesia, pero la tiene descuidada.

Recogemos la idea con que comenzamos: la Iglesia no sólo tiene el derecho, sino el deber moral, de entender el mundo en que vive. Pero en la expresión de sus mensajes no debe caer en el engaño de transferir a éstos el prestigio que tiene por su labor religiosa y pastoral. Sin embargo, hace exactamente eso cuando habla, en tono despectivo, de "las ideologías". Si se adentra en terrenos puramente intelectuales, debe utilizar instrumentos de ese orden y permitir que sean calibrados como los demás, en pie de igualdad. Claro, que para ello habría que sentir, ante todo, caridad por la verdad.
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