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ECONOMÍA

El fracasado sectarismo de Krugman

El sectarismo ideológico es sin duda preocupante cuando de hacer ciencia se trata. Todos corremos el riesgo de contaminar nuestra producción científica aun sin pretenderlo, de guiarla a unas conclusiones más o menos preestablecidas.

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Sólo un genuino interés por la verdad, más allá de la cerrilidad pueril de empeñarse en tener razón, unido a una continua revisión de la consistencia de nuestras teorías, puede resguardarnos algo de la contaminación procedente de nuestros prejuicios, obsesiones u ocurrencias.

A algunos el esfuerzo de repensar sus teorías les resulta demasiado agotador, tal vez porque hace tiempo que en lugar de pensar se dedican a embestir. Quien me conozca algo sabrá que suelo citar como uno de los casos paradigmáticos de esto en la ciencia económica al Premio Nobel de Economía Paul Krugman (otro día podríamos hablar de Stiglitz, o de Romer). Obcecado con adaptar el mundo a su conciencia progre, no tiene reparo alguno en mentir descaradamente siempre que la ocasión la pintan calva. Krugman, y otros como él, no gustan de entonar el menor mea culpa, menos aún de rectificar. Así nos luce el pelo: elevamos a gurú a un señor que en 2001 iba recomendando la formación de burbujas inmobiliarias para salir de la crisis (sic) y tras el desastre ni siquiera le pedimos cuentas.

Estos días, en medio del furor intervencionista contra la banca de un Obama embravecido tras nacionalizar la sanidad, el Nobel aprovechó para reflexionar sobre los culpables de la crisis y proponer soluciones en materia de regulaciones en la conferencia anual Hyman Minsky. Sí, lo han adivinado: su receta consiste en regular más. Para él, ni el Gobierno estadounidense –que incurrió en los mayores déficits de la historia del país– ni la Reserva Federal —que colocó los tipos de interés en sus niveles más bajos desde la Gran Depresión para reinflar la burbuja de crédito— tienen responsabilidad alguna en lo ocurrido. Santos varones sus gestores, que tienen la suerte de estar tocados por el aura mística de lo público. Fueron de derechas, sí, pero al menos no eran empresarios.

Tampoco tuvo ninguna responsabilidad, según la Conciencia de los Progres, la Ley de Reinversión Comunitaria, bajo cuyo paraguas se concedieron entre 2001 y 2006 alrededor de 1,5 billones para hipotecas tan malas o peores que las subprime, o las agencias estatales de Freddie Mac y Fannie Mae, responsables de adquirir –según Greenspan– entre el 20 y el 30% de las emisiones de hipotecas subprime en esos mismos años. Aunque, bueno, Krugman ya tuvo ocasión de demostrar sus estupendos conocimientos de estas dos últimas compañías allá por julio de 2008, apenas un mes antes de que quebraran, cuando en un artículo declaraba, con solemne tontuna: "Freddie Mac y Fannie Mae no han concedido hipoteca subprime alguna". Bravo, más de un billón de dólares en adquisiciones no es nada. Claro, ni siquiera se había leído los balances. Sería pedirle demasiado.

Pero lleguemos a lo más interesante: ¿quiénes son los culpables de la crisis según Krugman? En esencia, los bancos, con su práctica de endeudarse a corto plazo y prestar a largo (shadow banking); así como la opacidad y las malas artes del sistema financiero.

Por resumirlo mucho: Krugman admite, como muchos venimos denunciando, que endeudarse a corto e invertir a largo es, cuando menos, peligroso. Pero sus soluciones no pasan por una mayor disciplina de mercado (y, por favor, no llamemos "disciplina de mercado" a que la Fed favorezca el endeudamiento de los bancos hasta el insostenible punto en que la única alternativa sea o la quiebra o el rescate de los mismos), sino por aumentar el intervencionismo. Dado que Krugman, sin comprender nada, se ríe de los problemas que la expansión insostenible del crédito genera en la economía real (los españoles, con nuestras Seseñas, algo sabemos al respecto), sólo ve un problema en esto de que los bancos estén cada vez más apalancados a corto plazo: que a sus acreedores les pueda entrar el miedo y entonces fuercen, casi irracionalmente, su liquidación.

Equilicuá, eso es todo lo que necesita saber de la crisis: nos volvimos todos locos y sin motivo alguno corrimos a sacar nuestro dinero de los bancos. Nada tuvo que ver el hecho de que estuvieran todos quebrados. No: la culpa fue de quienes clamábamos por que se habían fundido nuestro dinero.

Y si el problema es que la gente que presta su dinero a un banco a veces entra en pánico y acude a retirarlo, ¿qué mejor solución que quitarle el miedo?

¿Cómo? ¿No se lo imagina? Extendiendo el fondo de garantía de depósitos a todas las deudas a corto plazo de los bancos, de los brokers, de las aseguradoras, de los fondos monetarios... y casi de cualquier cosa que se mueva. Salvífica ayuda estatal a cambio de la cual el Gobierno someterá todas estas entidades a una estricta regulación, decidiendo en qué deben invertir y en qué no.

La cosa sería digna de análisis y refutación pausados si no fuera porque el propio Krugman cae en el ridículo al querer salvar de la quema a Freddie Mac y Fannie Mae. Porque, veamos, ¿acaso estas dos entidades no se endeudaron también masivamente a corto plazo para invertir en hipotecas a largo? ¿Acaso no llegaron al extremo de falsificar su contabilidad en 2003 y 2004? ¿Acaso no inundaron el mundo de hipotecas y derivados basura? Oh, entonces será que el sectarismo estatista de Krugman le lleva a ver en los bancos de inversión privados lo que no ve en las agencias públicas: Fannie Mae y Freddie Mac han necesitado de momento algo así como doce veces el dinero que recibió Goldman Sachs para ser rescatada.

Desde luego que su sesgo intervencionista influye, pero no sólo es eso. El motivo por el que Krugman pretende salvar a Freddie Mac y a Fannie Mae es más sibilino: su deuda contaba con la garantía implícita del Tesoro, y su comportamiento estaba regulado por el Gobierno. Pero ninguno de estos mágicos ungüentos evitó que sus acreedores entraran en pánico cuando quebraron, negándose a refinanciar su deuda: de no haber sido rescatadas de inmediato, hubieran dado lugar a una quiebra mucho mayor que la de Lehman Brothers.

Y, claro, si la regulación y las garantías del Estado no sirven para evitar las crisis, al Nobel se le acaban las ideas. Por eso, aun cuando ya se hayan demostrado fracasadas, sigue dando la matraca. Que no se note que su mucha ideología y su muy poquita ciencia también han quebrado en esta crisis.


© El Cato
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