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LAS GUERRAS DE TODA LA VIDA

El mal de la incoherencia

Hay unas cuantas cuestiones, pocas, que definen, más allá de las respuestas oportunas a problemas circunstanciales, la identidad de un partido político. Hasta no hace mucho, la unidad de España, o, si se prefiere, por mor de la corrección política, la unidad del Estado, era una de esas cuestiones. En ese terreno, los dos grandes partidos nacionales se oponían a los pequeños, aunque numerosos y activos, partidos nacionalistas periféricos, verdes y de la izquierda al oeste del PSOE.

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Con el advenimiento de la Pantera Rosa, eso cambió: de la noche a la mañana, el Gobierno de España abandonó todo compromiso con la unidad nacional y se situó del mismo lado que los Carod Rovira y los Anxo Quintana de este mundo, llegando incluso a cogobernar con ellos. Con lo que la defensa de la unidad del Estado, y con ella la de la identidad española, quedó en manos de ese PP que fue expresamente aislado en el Pacto del Tinell, con el cual Artur Mas juró ante notario no aliarse jamás y alrededor del cual propusieron establecer un cordón sanitario luminarias tan señeras como María Antonia Iglesias, Federico Luppi o Lucía Echevarría.
 
La pregunta a la que dan lugar los acontecimientos de estos días en el Tribunal Constitucional, que ya ha tenido tiempo sobrado para pronunciarse y que no lo hace por razones de oportunidad política (y eso sí que es crispar, jugar con el hilo que sostiene la espada de Damocles), es si el PP ha estado y está a la altura de su misión. Tiene razón Edurne Uriarte al escribir, en ABC, sobre la cuestión del recurso de inconstitucionalidad del Estatuto de Cataluña, que
seguramente, la estratagema de la Abogacía del Estado, la puesta de relieve de las contradicciones de quien ha impugnado, es jurídicamente sostenible [...] Pero es políticamente impresentable. Para la Abogacía del Estado, y, sobre todo, para el Gobierno. Porque no son las contradicciones políticas del PP lo que se dirime en el Constitucional, eso lo juzgarán los ciudadanos en las elecciones, sino la constitucionalidad del Estatuto catalán.
El problema es que el argumento no sólo es sostenible en el plano jurídico, también en el lógico, y que, en efecto, los ciudadanos juzgarán las contradicciones políticas del PP en las elecciones.
 
Desgraciadamente, se mire como se mire, nadie puede decir que un artículo no se condice con la Constitución en un texto pero sí lo hace en otro.
 
Tal vez yo venga a decir una obviedad políticamente inaceptable si afirmo que, desde el momento en que se comprometió a combatir el Estatuto de Cataluña, el PP no tendría que haber contribuido a aprobar ningún otro, y mucho menos el de Andalucía, con su rebuscada "realidad nacional". En Andalucía, el PP colaboró como el que más a la deconstrucción del Estado que la Pantera Rosa había iniciado al llevar al Congreso el Plan Ibarreche y al prometer a Pasqual Maragall, como Azaña a sus antecesores en la Generalidad, aprobar en el Parlamento español el Estatuto que surgiera del Parlament catalán. Queremos estatutos o no los queremos, o queremos algunos porque son distintos de los otros.
 
Puede Rajoy explicar la cuestión como quiera, pero le han pillado con las manos en la masa de la incoherencia. Y ello se debe a que la imagen de unidad política que suele dar el PP es falsa: la acumulación de compromisos circunstanciales establecidos a lo largo de los años ha llevado a una fragmentación de la estructura partidaria tan profunda como la del PSOE: no responde más Montilla a la línea general del PSOE que Piqué a la del PP, pero ambos están ahí por decisión de sus respectivos partidos, y no parece que ninguno de los dos vaya a cambiar. Desde luego, ninguno de los dos es reclamado por la masa, que el día de las elecciones se queda en casa.
 
Camps ha ganado las elecciones en Valencia, y lo ha hecho teniendo en contra al sector "zaplanista" de su partido, sin que a nadie se le ocurra en la calle Génova cuestionar a Zaplana. ¿Política calderonista? ¿Si se ha ganado el campeonato, hay que despedir al que ha hecho posible el triunfo?
 
Jaume Matas ha perdido las elecciones en Baleares (y su carrera política), en parte por la consecuencia local del "todos contra el PP" y en parte por sus propios errores, como la inclusión en sus listas de la célebre "planta trepadora" María de la Pau Janer, que no esperó ni un día para lanzar todas las diatribas imaginables contra Rajoy: no se ha hecho público ningún debate interno a propósito de esa desafortunada candidatura, lo que hace que sea una prueba de descontrol aún más fiable.
 
¿Qué fue lo que llevó a un hombre tan inteligente y tan claro (en ocasiones, en contra de sus propios intereses y únicamente en favor de sus principios) como Javier Arenas a apoyar un proyecto de Estatuto que no sólo pone en tela de juicio la Constitución en todos esos artículos que el abogado del Estado ha revelado idénticos a los del Estatuto catalán, y no sólo declara a Andalucía "realidad nacional", sino que roza el absurdo totalitario al incluir la administración del flamenco, supuesto patrimonio local, entre los derechos y los deberes del Gobierno autonómico? Lo llevó el Partido, que no se ha puesto de acuerdo consigo mismo. Ni siquiera tiene la justificación de la demagogia: podría habernos vendido que era necesario dar el sí a ese estatuto porque la gente lo exigía, pero es que sólo uno de cada tres andaluces fue a votar, y no todos a votar sí.
 
Esperanza Aguirre.Tengo para mí, y lo digo con profundo dolor, que al menos una parte de la dirección del PP tiene problemas con la realidad. Y que, si no los resuelve pronto, haciendo uso de la misma claridad que legítimamente le reclama a Zapatero, perderá las elecciones. Los problemas con la realidad se inician en el punto en que el partido empieza a ser más importante que la nación. Y el PP, hasta ahora, ha sido un partido caracterizado por su convicción de que la nación es más importante que el partido. Un desliz en ese punto y en este momento puede ser letal.
 
Esperanza Aguirre (una líder real, que gana elecciones, como Camps, sin que su peso en la realidad tenga el menor reflejo en la dirección del PP) dijo hace unos días que, en buena ley y buena lógica, había que ofrecerle la presidencia de Navarra al impuro Puras, sin nada a cambio, para que los socialistas gobernaran en solitario, sin deudas con los nacionalistas de NB: propuesta generosa y llena de sentido común, propia de quien pone la nación por encima del partido y de sus dirigentes, que en este caso ni siquiera son dirigentes nacionales, sino del sello local UPN. Naturalmente, Miguel Sanz se subió por las paredes y se colgó de la araña, y consiguió que el PP, ese partido del que ni siquiera asume las siglas y al que dice representar, se echara sobre la presidenta de la Comunidad Autónoma de Madrid y forzara una especie de disculpa por su intromisión en los asuntos internos de otra autonomía. Puras es un modelo de político del zapaterismo, pero no lleva en su programa la anexión de Navarra al País Vasco y la estética de Zabaleta no le va.
 
Esperanza Aguirre fue absolutamente coherente con sus principios, que se comprenden sin necesidad de saber latín: sentido común, unidad del Estado, políticas sociales liberales hasta donde la realidad lo permita, nación por encima de los partidos. Un buen programa electoral, con resultados concretos. Y, como consecuencia, un Gobierno que, consejería a consejería, reúne a los mejores en cada campo. Sin trampas: Gobierno de cuadros, no de amigos.
 
Esperanza Aguirre ha demostrado, al igual que Aznar en 2000, cómo funciona el liderazgo auténtico. (Algo muy distinto de aquello a lo que se refiere la prensa cuando menciona al "líder" de tal o cual partido. Llamazares, por poner un ejemplo, "líder" de IU. Pues no, mire usted. Líder era Julio Anguita, y antes que él Santiago Carrillo, y cerca de él, pero lo bastante lejos como para no hacerle sombra, lo es Rosa Aguilar; pero no Llamazares). También lo ha demostrado Alberto Ruiz-Gallardón, mal que a mí me pese reconocerlo, porque no es santo de mi devoción; diría que no somos ideológicamente compatibles, pero para eso tendría que tener claro cuál es la ideología del alcalde, si es que tiene alguna.
 
Tiene oportunidad de crear liderazgo, Mariano Rajoy. Lo ha generado a trechos, en el Parlamento sobre todo, mostrándose como un orador contundente, y en algunos instantes de la última campaña. Posee la madera formal necesaria, pero demasiada gente se pone a temblar por él cuando regresa al país, aún no se sabe por qué, Rodrigo Rato. (Rato es un líder ideal, nacido en ausencia, que no necesita demostrar nada porque se le supone el milagro económico español: lo dicen muchos especialistas, de modo que debe de ser cierto, aunque yo no olvido que la palabra de los especialistas no es de origen divino, y es vox populi, lo que tampoco es inevitablemente vox dei).
 
Mariano Rajoy.A Rajoy le ha tocado casi siempre bailar con la más fea, y ha salido en general bien parado. Pero tiene que librarse de compromisos internos para enunciar un discurso propio, que seguramente lo acercaría, a los ojos del pueblo llano, más a Aguirre y a Rato que a quienes habitualmente aparecen a su lado. No le sobra el tiempo para ello, pero tampoco le falta.
 
Un discurso necesario, sin incoherencias: estamos por la unidad del Estado, no por las realidades nacionales fragmentarias, no por el anexionismo vasco; por lo mismo, nos proponemos derrotar a ETA; estamos por el gobierno de los partidos democráticos, aunque en determinadas épocas los dirijan locos iluminados, antes que por el gobierno de los partidejos abertzales o por el cogobierno con carodes y quintanas; queremos reformar el régimen electoral, llegando a abogar por la segunda vuelta, para evitar sobrerrepresentaciones y espurias asociaciones poselectorales, aunque en algunos casos eso nos perjudique; insistimos en que no nos oponemos a las uniones legales y legítimas entre personas del mismo sexo, y aunque en su momento nos hayamos opuesto al uso de la palabra "matrimonio" para designarlas, ahora nos interesa más representar los intereses de nuestros muchos miles de votantes gays y lesbianas que sostener discusiones bizantinas sobre el modo de denominar los hechos de su vida; tenemos una posición tomada sobre la cuestión del islamismo radical, que va más allá de los clientelismos municipales y del respeto debido a los inmigrantes, entre otras cosas porque tenemos diputados, afiliados y simpatizantes fatwados por imanes y conversos locales; vamos a reducir impuestos porque se puede, si uno no pretende tener comprados estratos sociales enteros; vamos a emprender una reforma profunda de la educación, recuperando la competencia, el mérito y el saber; vamos a eliminar del currículo la FEN de la izquierda y vamos a establecer el cheque escolar (algo de esto ha dicho Rajoy en el Campus FAES de este año, con rechinar de dientes de sus compañeros católicos logseanos, que los hay, y muchos; ahora sólo falta trasladarlo a los mítines); volveremos sobre el Plan Hidrológico Nacional, al menos para que no se cometa esa barbaridad de la "fiesta del agua" en una comunidad insolidaria que les niega el agua, el pan y la sal a otras. Y permítame usted fumar, que mi presidenta lo autoriza, porque le he resumido, poco más o menos, lo que necesitamos escuchar los votantes del Partido Popular para ir a las urnas por buenas razones y no sólo porque la dignidad cívica nos imponga sacar a la Pantera Rosa de Moncloa.
 
El liderazgo no requiere tratados, sino principios y propuestas claras, y eficacia en la gestión. Coherencia, portavoces creíbles y respetados, programas de máximos para aplicar en cien días y no al cabo de ocho años, como la LCE.
 
 
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