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LA PROLIFERACIÓN DE LAS TELEVISIONES LOCALES

Getafe, república independiente

En Cataluña, la autonomía trajo una televisión pública cuya finalidad primordial fue modelar el paisaje a imagen y semejanza del croquis nacionalista. El resto de España sucumbió al pintoresquismo y, con el paso de los años, no hubo comunidad que no contara con, al menos, un canal de autonómico. Tan sólo Cantabria, Castilla y León, La Rioja y Navarra han rehusado, hasta el momento, ahondar en el hecho diferencial por la vía telesiva.

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Por qué La Rioja no dispone de la equipación autonómica reglamentaria y, en cambio, Melilla o Extremadura lucen una espléndida mismidad catódica constituye una incógnita que raya en lo metafísico o acaso en lo teológico, por lo que únicamente pensadores de la talla de Eduard Punset o Manuel Mandianes estarían en disposición de arrojar algo de luz al respecto.

En el artículo anterior, dedicado a TV3, apenas hice hincapié en un hecho crucial y, en cierto modo, consustancial al antiespañolismo de La Teva, cual es la madeja de intereses que entraña semejante monstruo corporativo, un tinglado que abarca desde la nómina del currinche hasta la más estratégica de las concesiones a dedo. A los más de 2.000 empleados de lo que, sin el menor rebozo, se conoce en Cataluña como La Menjadora (El Comedero) cabe añadir una constelación de productoras externas (por lo general, en manos de individuos que han hecho carrera en la casa, como ilustra el caso de Jaume Roures, redactor de Deportes en los tiempos de J. R. Ewing) cuya supervivencia es indisociable del reparto de dádivas. TV3, en suma, ha convertido el catalanismo en un modus vivendi, es decir, en una de las más palmarias expresiones del Poder; así, en su mayúscula abstracción. La raspa asemeja un mural de Tàpies: en nombre de la construcción nacional (es decir, de un supuesto de trabajo proyectado fundamentalmente por TV3) se procede al engorde cotidiano de TV3.

Al margen de Cataluña, País Vasco y Galicia, no hay en España comunidades autónomas cuyos gobernantes puedan presumir de santjordis, lenguas indómitas y demás sustratos fundacionales. Así y todo, habría bastado con releer a Camba para prever que, una vez abierta la espita, la multiplicación de naciones era cuestión de quince años y un millón de pesetas.

Una nación se hace lo mismo que cualquier otra cosa. Es cuestión de quince años y de un millón de pesetas. Con un millón de pesetas yo me comprometo a hacer rápidamente una nación en el mismo Getafe, a dos pasos de Madrid. Me voy allí y observo si hay más hombres rubios que hombres morenos o si hay más hombres morenos que hombres rubios (...). Es indudable que algún tipo antropológico tendrá preponderancia en Getafe, y este tipo sería el fundamento de la futura nacionalidad.

De este modo, y ante la constatación de que la diferencia no procura más que ventajas, el resto de comunidades se fueron transfigurando en un rosario de getafes que, al grito de "¡Café-café!", reclamaban una televisión propia. Al igual que en Cataluña, la fabulación de la identidad fue de la mano de una grotesca trama de servidumbres en aras de la perpetuación en el cargo, ya se tratara del ámbito autonómico o, llegado el caso, del municipal. No en vano, el llamado principio de subsidiaridad, sortilegio que había de llevar a España al culmen del desarrollo, no sólo ofrecía cobertura moral al hecho de que Canarias, Asturias o Extremadura dispusieran de televisión autonómica, sino que también excusaba (y aun aconsejaba) que Hospitalet, Motril o Badajoz retransmitieran su idiosincrasia en dolby digital. Después de todo, si la cercanía del poder redundaba en una gestión más acorde a las necesidades del ciudadano, qué no habría de suceder con la cercanía de la televisión. Conviene dar un paso atrás para calibrar las verdaderas dimensiones del teatro: Andalucía, con casi 900.000 parados, cuenta actualmente con 16 canales municipales de titularidad pública.

La naturaleza ombliguera de las televisiones locales no ha traído, más allá del seminal Tómbola de Canal 9, un solo programa que apunte novedades sustanciales en lo que respecta a la transgresión de los formatos. Salvando los casos de cadenas como TV3, que se permite la bravata de competir con productos como el fútbol y la fórmula 1, el ecosistema televisivo local es un aluvión de televisiones atestadas de becarios que gritan al televidente lo que éste vería por sí mismo si se asomara a la ventana. Según el Observatorio Audiovisual Europeo, hay en España 1.180 televisiones (hay quien, metiendo en el saco a las estaciones ilegales de carácter doméstico, eleva dicha cifra a 1.800). Tan sólo el Reino Unido, con 1.222, supera el registro español, si bien, a diferencia de España, y según el citado organismo, la hipertrofia británica no se debe a la exaltación pseudofolclórica (la exaltación, como se suele decir de las cursivas, es enteramente mía). Por lo general, y salvando honrosas excepciones (siquiera por salvaguardar los automatismos del lenguaje, no hay que descartar esa posibilidad), cualquier análisis riguroso de esos risueños experimentos con gaseosa (cuyo presupuesto, no vayamos a desviar el tiro, es un verdadero agujero negro), nos devuelve a Punset y Mandianes. De nuevo, sólo sus gloriosas cavilaciones alcanzarían a explicar a qué debemos los barceloneses el honor de que BTV, cuyo presupuesto asciende a 17 millones de euros, nos alumbre la ciudad. ¿La programación? Baste decir que ni siquiera la genuflexión socialdemócrata, ese abono secular a la bondad, atenúa su flacidez retórica, tanto más retórica cuanto más se afana el alcalde en subrayar su condición de servicio público.

Frente a BTV y demás matachines de capital, las televisiones de barrio (como ven, a la vuelta de la esquina siempre aguarda otra nación perfectamente inacabada) constituyen una suerte de regresión a los tiempos del vídeo comunitario, inmortalizados por Martirio en sus sevillanas de los bloques. Esas locutoras con el cuestionario pegado a las faldas, esos decorados del Pacto de Varsovia, ese grafismo de consola Atari... El prestigio de lo local ennoblece las más bizarras chamarilerías y actúa como detente bala ante cualquier crítica, convertida ipso facto en desafección a un terruño cada vez más diminuto. Ello da lugar a la risible paradoja de que algunas de estas televisiones unen sus fuerzas para costear magacines o adquirir lotes de películas que, de otro modo, quedarían fuera de su radio de alcance, como es el caso de las televisiones de Hospitalet y Badalona.

En alguno de sus flecos, la estampa recuerda el trajín de esos europarlamentarios catalanes, valencianos, murcianos y andaluces, trabajando en Bruselas codo con codo por un proyecto común, sin que nadie palidezca ante la evidencia de que ese proyecto común recibe el nombre de España.

Habíamos empezado con el malvado JR y él será quien baje el telón. Quién iba a decirle al gran Pepe da Rosa que, treinta años después, y tal como canturreaba con su chusco amaneramiento, la huella de los Ewing llegaría del Cabo de Gata hasta Finisterre.

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