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LAS GUERRAS DE TODA LA VIDA

La bondad como patología política

El Evangelio es preciso: amarás a tu prójimo como a ti mismo. No más que a ti mismo. No sé si la santidad consiste en amar más al prójimo que a uno mismo. Sé que la estupidez, en ocasiones, empieza por ahí, por un exceso de bondad ante el otro.

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Desde luego, no estoy predicando que el hombre deba ser el lobo del hombre. Pero constato que el buenismo político, esa atrocidad que nos libra de los enemigos por el breve expediente de ignorarlos hasta que nos derrotan, nos esclavizan y nos devoran, hunde sus raíces en un mal aprendizaje de la lección de Cristo.

La prensa española rebosa de buenismo y de ejemplos de bondad. Leo hoy en un diario de la derecha que todo el mundo está contentísimo con la sustitución de Maleni (a quien mandan a avergonzarnos al Parlamento Europeo, donde van a tener que contratar traductores de su idiolecto) por el demostradamente malvado Pepiño, quien en realidad tuvo que hacer hasta ahora el papel de duro pero que probará en cosa de días su buena disposición personal construyendo todo lo que haga falta en la Comunidad de Madrid, después de su reunión con Esperanza Aguirre. Blanco no es persona de fiar, y no se le puede recibir con los brazos abiertos como si nada hubiera pasado en cinco años de poder absoluto en el PSOE, como si no hubiese sido un provocador constante, como si no hubiera levantado falso testimonio contra la oposición: sería un exceso de bondad (categoría moral) y de buenismo (categoría ideológica).

Barack Obama.Leo que Obama, bondadoso él también, a pesar del hermano paria, ha levantado las restricciones para los viajes a Cuba. Hace muchos años que sostengo que el bloqueo sólo beneficia a los Castro, que lo emplean como instrumento de presión y de propaganda en lo interior y como justificación para la mendicidad en lo exterior. El problema consiste en que Obama no hace lo que hace para beneficiar al pueblo cubano (Vladimiro Roca, líder de un sector de la oposición en la isla, ha dicho que las medidas restrictivas "perjudicaban al pueblo, no al régimen") ni por bondad personal, sino porque una parte de sus votantes son buenistas radicales, porque quiere quitarle electores latinos al Partido Republicano y porque le importan un belín las dictaduras, como ha demostrado en Arabia Saudí hace unos días.

Las consecuencias de esta decisión serán nefastas para casi todos, pero en muy escasa medida para el castrismo: 1) volverán a fluir los 1.000 millones de dólares anuales que los cubanoamericanos enviaban a la isla antes del cerrojazo de Bush, con gran contento del gobierno comunista, siempre ansioso de divisas; 2) volverán a viajar de los Estados Unidos a Cuba los 120.000 cubanoamericanos que lo hacían cada año antes de 2003 y gastarán allí dinero americano (hasta ahora, sólo podían hacerlo una vez cada tres años y con un gasto máximo de 50 dólares diarios); 3) se reducirán las ayudas financieras a la oposición interior (nada se dice acerca de las transmisiones de Radio y TV Martí desde aviones americanos en vuelo sobre aguas internacionales); 4) volverán a llegar paquetes con productos de todo tipo (Bush los había limitado a medicamentos y alimentos), aliviando la endémica escasez.

Y que nadie se engañe: ese turismo no va a propiciar la apertura como lo hizo el turismo a España en tiempos del Caudillo: no es turismo extranjero, sino familiar, y el extranjero que conocemos persistirá en lo que es: una mezcla de cazadores de prostitutas (expuestos a las cazadoras de maridos europeos) y de visitantes buenistas al museo de la revolución mundial.

Castro ha mantenido su predicamento internacional brindando a sus seguidores un argumento de hierro: tenemos sanidad y educación gratuitos, y si no hay aspirinas ni vendas ni antibióticos ni bisturíes ni tizas ni cuadernos es por culpa del maldito imperialismo yanqui, porque lo que nos sobra son médicos y maestros, por eso los repartimos por ahí, por Venezuela, por ejemplo, que alguno se venderá al capitalismo en cuanto llegue, pero la mayoría, idiotizada, seguirá haciendo propaganda.

Hay que ser muy, muy bueno para no desconfiar. Y muy buenista.

La bondad, antes de degenerar en buenismo, es decir, en patología política, alimentó la fe en las consignas absurdas del tipo "La sangre derramada jamás será negociada" (¿y para qué se derrama sangre si no es para negociar?); propugnó el derroche de la labor de toda una generación de cooperantes europeos y americanos, que fueron llenos de culpa a países y sociedades irreparables (como no sea desde dentro) y contribuyeron sin quererlo a la perpetuación de la barbarie: todo muy de izquierdas y muy cristiano, en esa mezcla brutal de categorías espirituales e ideológicas que perpetró la Teología de la Liberación (a ver si alguien me explica esa fórmula); sirvió para desarrollar una piedad inefable por el pueblo palestino, que no existía en 1948 y que los árabes no están dispuestos a dejar existir, con el consecuente desvío hacia la judeofobia.

Bueno es el gobernante que reparte, aunque sea pobreza, que es lo que repartió Castro (René Dumont lo había advertido en los primeros sesenta), o, en el mejor de los casos, riqueza ajena expropiada por vía fiscal. Bueno es el ministro que hace obras para las próximas elecciones. Bueno es el presidente americano genuflexo ante los dictadores, y más bueno aún si es negro, porque el color es prueba de fiabilidad, como bien saben Evo Morales, Hugo Chávez y el dirigente piquetero Luis D'Elía (al que la wikipedia define como "socialcristiano"), que quiere ir a por los blancos en la Argentina, un país donde los descendientes de europeos aún son mayoría, como en los Estados Unidos.

¿Quién quiere tanta bondad?


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