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DIGRESIONES HISTÓRICAS

La columna del enredo...

El grueso de la derecha acató la legalidad republicana, aunque a disgusto, y fueron los llamados reformistas quienes, al perder las elecciones en 1933, se rebelaron contra dicha legalidad, saboteándola sistemáticamente hasta alzarse en octubre de 1934, en una sangrienta insurrección armada, contra un gobierno legítimo y democrático.

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La izquierda viene jaleando mucho el libro de Francisco Espinosa, La columna de la muerte, prologado muy elogiosamente por Josep Fontana, a cuyo juicio “no sólo enriquece, sino que renueva en más de un sentido la historia de la guerra civil”. Santos Juliá, en Babelia lo ensalzaba bajo el título “Nueva luz sobre el pasado”, contrastando esa luz con la oscuridad por él atribuida a Los mitos de la guerra civil.

La obra de Espinosa rezuma rencor desde la primera a la última página. Esto podría parecer siniestro y miserable si tenemos en cuenta que matanzas de todo tipo tuvieron lugar en los dos bandos (y, en el bando izquierdista, también entre sus propios partidos y sindicatos). Como admite Fontana, “hay una literatura sobre la represión que ha caído con demasiada frecuencia en la trampa de dejarse llevar a considerar ante todo el número de las víctimas de la violencia de uno y otro bando”. Pero, afortunadamente, Espinosa no cae en esa trampa: el rencor del libro se justifica en el supuesto de que la represión ejercida por las derechas tuvo un carácter muy diferente, infinitamente peor, que la practicada por las izquierdas.

De dónde viene esa especial vileza de la represión derechista? Durante bastantes años se insistió en que fue deliberada y dirigida desde arriba, mientras que la izquierdista fue espontánea, “popular”, e impedida o limitada por las autoridades en cuanto a éstas les fue posible. Hoy nadie podría mantener honradamente esa leyenda. Los asesinatos del Frente Popular no fueron realizados por “el pueblo”, en quien los ideólogos izquierdistas suelen descargar todos los crímenes, justificándolos (el “pueblo” siempre tiene razón). Fueron perpetrados por minorías muy politizadas, y dirigidos, impulsados y propagados desde arriba. Algunas de las peores checas de Madrid fueron organizadas desde la administración del gobierno Giral.

La exculpación de los crímenes izquierdistas y la condena sin atenuantes de los derechistas sigue en Espinosa otra línea, en realidad más antigua y primaria, que Fontana quiere pasar ahora por nueva: “las clases dirigentes españolas (…) estaban decididas a exterminar a los elementos articuladores de la sociedad republicana —políticos, sindicalistas, profesionales, maestros…— para impedir que volviera a repetirse un programa de transformación social como el que intentó la República. En el verano de 1936 las derechas españolas no trataban de enfrentarse a una amenaza revolucionaria inexistente, sino de liquidar un proyecto reformista que no aceptaban”. Así resume Fontana, muy adecuadamente, la tesis cimentadora del libro de Espinosa, y sin la cual éste no habría pasado de un estudio particular sin especial relevancia.

Fontana, como Espinosa, Juliá y tantos otros, más o menos partícipes de estas versiones, comete errores demasiado de bulto para considerarlos inconscientes. Pero como insisten en ellos una y otra vez, habrá que replicarles también una y otra vez, a ver si pierden la esperanza de hacerlos “colar”.

Para empezar, el “proyecto reformista” de la república fracasó, como ninguno de ellos puede ignorar, en el primer bienio, y no por la oposición o el sabotaje de la derecha. Ésta estuvo esos dos años mal organizada, el fascismo prácticamente no existía, y las conspiraciones militares monárquicas valían tanto como las anteriores republicanas, es decir, muy poco. El golpe de Sanjurjo, aislado de casi toda la derecha, fue la manifestación de su impotencia, y de él se felicitó Azaña. El “proyecto reformista” fracasó ante todo por la ineptitud, la demagogia y el sectarismo que lo envolvió (en pocos sitios queda mejor explicada que en los diarios de Azaña esa ineptitud casi general de los reformistas), y por el clima de desorden y violencia creado… por las propias izquierdas, materializado especialmente en las insurrecciones anarquistas, una de las cuales acabó políticamente con el gobierno azañista-socialista.

Y como tampoco puede ignorar Espinosa, y mucho menos Juliá o Fontana, el grueso de la derecha acató la legalidad republicana, aunque a disgusto, y fueron los llamados reformistas quienes, al perder las elecciones en 1933, se rebelaron contra dicha legalidad, saboteándola sistemáticamente hasta alzarse en octubre de 1934, en una sangrienta insurrección armada, contra un gobierno legítimo y democrático. Quienes defendieron entonces la legalidad, pese a disgustarles, fueron las derechas, y lo hicieron en nombre de las libertades. Si los citados autores acusan a las derechas de aspirar desde el principio a destruir la república debieran explicar por qué no lo hicieron aquel octubre, cuando tenían el poder y el mando del ejército, y en cambio fueron a sublevarse en 1936, cuando carecían de ambos, y se exponían muy seriamente a la derrota… como así fue, ya que el golpe de Mola fracasó a los tres días.

Y más tarde, el Frente Popular triunfante en las elecciones de febrero del 36 se compuso precisamente de los revolucionarios y “reformistas” sublevados en octubre del 34. Los revolucionarios querían aprovechar el triunfo electoral para desarticular y destruir por completo a la derecha, mientras que los “reformistas” se contentaban con reducirla a una presencia testimonial. Tenían, pues, bastante razón los derechistas para sentirse preocupados, por no decir horrorizados. En los meses entre febrero y julio, el impulso revolucionario desde la calle, traducido en incontables asesinatos, asaltos e incendios de iglesias y centros políticos, periódicos y domicilios particulares derechistas, en huelgas violentas e interminables, organización y desfiles de milicias, etc., se completó con la decisión del gobierno “reformista” de no poner coto a la oleada de violencias. Aun en tales circunstancias, la derecha insistió a los gobiernos de Azaña y Casares en que aplicara la ley y cortara los desmanes. Como no ignoran los autores citados, sus peticiones fueron recibidas con insultos y amenazas de muerte en el Parlamento. Amenazas no vanas, pues Calvo Sotelo fue asesinado y Gil-Robles se libró por muy poco. Así pues, y contra las pretensiones de Fontana, Juliá, Espinosa y otros, la amenaza revolucionaria cobró forma evidentísima y brutal en octubre del 34 y en los meses siguientes a febrero del 36.

¿Cómo pueden omitirse tales hechos y pretender que las derechas querían aplastar una experiencia reformista? En la inquietud y la furia de los tiempos, la derecha llegó a meter casi en el mismo saco a “reformistas” y revolucionarios por la simple razón de que ambos sectores se aliaron y marcharon juntos, y desataron unos, y consintieron o ampararon otros, un período de crímenes y violencias sin precedentes. Claro que quizá nuestros autores consideran tales actos como prácticas democráticas y reformistas…Tal vez resida ahí todo el equívoco de esta “columna del enredo” en que forman ellos y tantos otros historiadores y políticos.

Por lo tanto, y contra lo pretendido por dichos estudiosos, la represión a que se libraron los sublevados desde el 18 de julio de 1936, en paralelo con la desatada por las izquierdas, sí fue una respuesta a la iniciada por el otro bando en febrero, y, en general, a las violencias comenzadas ya en mayo del 31 con la quema de iglesias, bibliotecas y centros de enseñanza, continuadas por las insurrecciones anarquistas, los atentados constantes, y culminadas en la insurrección de octubre del 34.

En otro artículo hablaré de la matanza de Badajoz, tema principal de Espinosa.

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