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DRAGONES Y MAZMORRAS

Prodigiosa doña Emilia

En 1908, doña Emilia Pardo Bazán consigue que conviertan el título pontificio heredado de su padre en título de Castilla. A partir de ese momento será la Condesa de Pardo Bazán y así firmará todos sus libros y artículos.

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Sabedora de que nadie va a decirlo por ella la escritora se lo comunica personalmente a sus lectores a riesgo de parecer presuntuosa, y sus envidiosos amigos masculinos (lo veremos en la correspondencia entre Menéndez Pelayo y Valera) se lo reprochan duramente. Como la reprocharon que aceptara el nombramiento de “catedrático”, como se decía entonces, cuando el vocabulario no reconocía el femenino de determinadas profesiones nada más que para denominar a la esposa de quien las ejercía. También fueron ellos los que se opusieron encarnizadamente a que fuera nombrada académica de la Lengua y, aún reconociendo sus méritos, apoyaron a un tal Catalina, de cuya ineptitud decían ambos cosas terribles. Pero preferían la mediocridad del citado prócer a tener entre ellos a un testigo femenino de su incuria. ¡Y qué testigo! Una verdadera “genio” como la calificó Federico Jiménez Losantos en Los nuestros. Aunque ellos no lo reconocieran del todo, lo cierto es que ella mantuvo una importante actividad intelectual que trascendía su papel de novelista.

Como hija única en la que se habían volcado sus padres, Emilia no conoció en su infancia la desigualdad entre chicos y chicas que en su época, era abismal. A pesar de su feminismo militante, que la llevo a asistir al Primer Congreso Feminista de París en 1900 (aunque en realidad estaba allí “cubriendo” la Exposición Universal para El Imparcial) doña Emilia asumió toda su vida la superioridad masculina como modelo intelectual. Para ella, “viril” y “masculino” eran atributos envidiables a los que toda mujer culta debería optar. Se consideraba además, doña Emilia en primer lugar, un privilegio que, siendo mujer, te calificaran en masculino, y la virilidad era algo muy buscado entre las intelectuales de la época. Doña Emilia lo afirma en muchas ocasiones, aceptando en suma la teoría del sexo y de esa excepción que ella era para todas las reglas conocidas. De pequeña frecuentaba a la condesa de Mira de la que mucho después diría que no sabía lo que le “había quedado más presente de aquella gran mujer, si su despego y discreción varonil o los guantes de algodón a lo carabinero y la cofia extravagante de algodón que usaba hasta por casa”. Detalle este último que demuestra un enfoque muy diferente al habitual entre sus colegas masculinos, enfoque marcado por una curiosidad omnívora que la hace descollar entre ellos de manera especial. En lo que ella se fija, no se fijan ellos, y no se trata solamente de trapos, modas o cocina, sino de su acertada crítica de arte, que es también una crítica museística, o sus agudezas respecto a la magra, por no decir patética aportación de España a la sección de Guerra, de la Exposición Universal de París de 1900 o su repulsa de los regímenes despóticos, como lo demuestra en su primera crónica al censurar a los franceses su rendimiento incondicional ante el Cha de Persia al que califica de déspota y asesino.

Pero en lo que destacó principalmente fue en el conocimiento y difusión de la literatura francesa, tanto en su libro La cuestión palpitante sobre Zola y el naturalismo, (el escándalo que suscitó acabó con su matrimonio) como en sus tres tomazos sobre la literatura francesa. También fue la primera que dio a conocer a los grandes novelistas rusos del XIX. Porque ella, como escribe a su amigo Narcís Oller es, en España, “de las pocas personas que tienen la cabeza para mirar lo que pasa en el extranjero”. Como su personaje Gabriel Pardo (Los pazos de Ulloa, La madre naturaleza, y muchas otras novelas) su doctrina moral está hecha de preceptos religiosos de dudoso catolicismo: no mentir, no marcharse de juerga, no ir a los toros ni a las verbenas, trabajar y rezar, ya sea a Dios o a la naturaleza. Y viajar por el extranjero, como hace ella en cuanto tiene ocasión, sin dejarse engatusar por el evidente progreso de esos países que, vistos de cerca le parecen “Francia una gran tienda de modas, Alemania un vasto cuartel, Inglaterra un país de egoístas brutales y hipócritas ñoños. Espíritu crítico que se les disuelve a ambos (criatura y creadora) en cuanto regresan a España y se topan con su empecinado y “secular retraso”.

Doña Emilia viaja mucho, por dentro y por fuera de España, muy en la tónica de los escritores de la época. Sus crónicas son especialmente valiosas porque dirige una mirada muy acerada a lo que la rodea y su curiosidad, insaciable, no tiene recato en proveerse de todo tipo de contribuciones, ya sean eruditas o populares. En su librito, Por la España pintoresca, se mete con la guía de Toledo del Vizconde de Palazuelo, quien se enfada con ella. En Cantabria habla de los marqueses de Comillas y los marqueses de Linares “que han hecho de su palacio en Madrid, una nueva casa dorada que asombra por su opulencia y su primor”. También visita Altamira sin entregarse del todo, debido a las reservas que le produce la sombra de la duda sobre la autenticidad de las pinturas, sembrada en la época. Hacía sólo 20 años que fueron descubiertas por la niña que luego resultó ser la abuela de Emilio Botín. A la perspicaz doña Emilia le parecen auténticas aunque “demasiado bien hechas para la fecha que se atribuye”. En Medina de Rioseco se encuentra con algunos lectores y eso le produce mucha satisfacción “Así se explica el que yo goce inocentes satisfacciones al encontrarme casualmente, en sitios como Rioseco, alguien que por mis libros conoce a Blanca”. Se refiere a su hija, la que luego se casaría con el marqués de Cavalcanti, ex combatiente de la guerra de África de quien cuenta Carmen Bravo Villasante que en las discusiones familiares le callaba siempre espetándole: “Calla, José, que tú sólo eres un héroe”. También lo era su hijo Jaime Quiroga que murió de un tiro en la nuca en una checa de Madrid, durante la guerra civil, como también su hijo y nieto de doña Emilia, por tanto. Este dato no lo he visto en ninguna biografía de la escritora sino que lo he encontrado en un extraño librito de un tal Manuel Pidal, titulado Vida de trabajo de la Condesa de Pardo Bazán y del Caudillo (sic). Las dos viudas (la marquesa de Cavalcanti, Blanca Quiroga Pardo Bazán) y la viuda de Jaime, vendieron el Pazo de Meirás al Ayuntamiento de La Coruña para que éste se la regalara a Franco. Lo demás es historia y algo turbia, en la que figura cierta quema de papeles y de libros de doña Emilia. Pero todo esto acabaré de contárselo a ustedes en esa biografía que, como habrán adivinado, estoy preparando.


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