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ECONOMÍA

Señores agricultores: no culpen a los intermediarios

Frecuentemente escuchamos a nuestros agricultores protestar contra los bajos precios que reciben de los intermediarios. Aparentemente, enajenan a estos pérfidos personajes sus naranjas, patatas, tomates o alcachofas a unos precios de miseria que luego se multiplican por cuatro, por cinco o por seis, cuando quienes pagan son los consumidores.

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El razonamiento es sencillo... y es una de las supercherías económicas más generalizadas: los intermediarios no sólo explotan a los agricultores, también a los consumidores. A los primeros les ofrecen unos precios que ni siquiera les llegan para cubrir los costes, y a los segundos les ofertan unos precios absolutamente inflados. Todo el mundo sabe que el margen de los intermediarios es brutal, y que a más intermediarios, precios más altos. Es la inapelable evidencia de la sabiduría popular, ¿verdad? Pues... no vayamos tan rápido.

Ocurre en demasiadas ocasiones que nuestras intuiciones económicas no se corresponden con la realidad. La folk economics suele distar mucho de la economic science, y es trabajo de los economistas explicar dónde fallan nuestros razonamientos más primarios.

En el caso de los intermediarios, da la impresión de que si una persona se interpone entre el productor y el consumidor, será para elevar los precios que pagan los segundos por encima de lo que habrían abonado de haber negociado directamente con los primeros. Frente a este razonamiento, los economistas suelen apuntar que una manzana en el campo no es el mismo producto que una manzana en el supermercado, y que, por consiguiente, es legítimo e incluso necesario que los precios de dos bienes distintos diverjan.

El argumento no está mal y apunta algunas verdades importantes, pero resulta bastante incompleto y, en general, poco convincente si no lo desarrollamos más. Y es que, en realidad, los intermediarios desarrollan una labor casi mágica muy pocas veces reconocida. Su función es tan esencial y provechosa para la economía, que logran a la vez dos objetivos en apariencia contradictorios: consiguen que los precios que reciben los agricultores suban y que los que pagan los consumidores bajen.

Sí, ya sé que parece que lo anterior es más complicado que la cuadratura del círculo, pero no lo es. Basta con que olvidemos por un momento casi todo el armazón teórico con el que los economistas neoclásicos han empantanado nuestra ciencia y volvamos a tocar con los pies en la tierra: los productos no cotizan en el mercado a un precio, sino a dos.

Todo bien o servicio tiene en cada momento dos precios, no un vulgar precio de equilibrio, como insisten demasiados economistas: el precio al que se puede comprar de manera inmediata (asked price o precio pedido) y el precio al que se puede vender de manera inmediata (bid price o precio ofrecido). Los consumidores adquieren sus mercancías abonando el precio pedido y los vendedores descargan su mercancía recibiendo el ofrecido. El primero siempre es superior al segundo.

Nuestra vida está llena de ejemplos de lo anterior. Desde pequeños aprendemos que si queremos revender un coche después de haberlo comprado, sólo podremos hacerlo a un precio bastante menor, aun cuando el producto sea idéntico. En los mercados más organizados y sofisticados, como el bursátil o el de divisas, encontramos claramente dos ventanillas: una para comprar acciones o moneda extranjera (donde pagamos el precio pedido) y una para venderlas (donde cobramos el precio ofrecido).

Es una ilusión de muchas modelizaciones académicas de los mercados suponer que todos los compradores y todos los vendedores están en contacto, se conocen y pueden intercambiar cantidades ilimitadas de mercancías sin coste ni dificultad alguna. En los mercados la información suele estar muy dispersa y fraccionada, por lo que es frecuente que los especialistas del parqué o los creadores de mercado (market maker), esto es, los intermediarios, pongan en contacto a todas las partes entre sí: centralizando compras y ventas, anticipando excesos o déficits de demandas y ofertas futuras, acumulando y desacumular inventarios...

Dicho de otra manera: si los agricultores fueran casa por casa tratando de vender su mercancía, obtendrían precios ofrecidos muy inferiores a los que les pagan los intermediarios. ¿A cuántas familias puede preguntar un agricultor cada día si necesita naranjas, tomates, pepinos o coliflores? No es demasiado práctico, y, de hecho, se arriesga a que muchas de esas familias ya tengan satisfechas sus necesidades. Y hasta que no logre vender, casa por casa, toda la cosecha trimestral o anual, tendrá que acumular unos enormes inventarios, que se van deteriorando y que ocupan espacio.

Lo mismo cabe decir de los consumidores: ¿a cuántos agricultores desperdigados por el campo puede visitar un consumidor para comparar y proveerse de todos los productos que necesita? A buen seguro, el precio pedido que tendría que pagar (especialmente si incluimos costes de desplazamiento, de pérdida de tiempo...) sería mucho más elevado que el que abona en el supermercado que tiene al lado de casa.

Es más, con el escaso volumen de transacciones que podrían realizarse en estos intercambios directos entre consumidores y agricultores, ¿cuántos productores sobrevivirían a medio plazo? Muchos menos de los que quedarían hoy incluso si quebraran todos aquellos que deberían quebrar. Y ya se sabe qué sucede cuando la oferta se reduce de manera muy considerable: los precios que tendrán que abonar los consumidores se dispararán.

Desde luego, es mucho más práctico y eficiente que todos los agricultores vendan toda su mercancía a un intermediario o a un conjunto de intermediarios (mayoristas y minoristas), y que los consumidores que diariamente desean hacer compras de pequeña cuantía acudan para ello a estos últimos, a los detallistas. Así, los agricultores pueden vender mucho más y a precios más altos, y los consumidores comprar mucho más y a precios más bajos. Son los intermediarios los que permiten la estabilización de la oferta y la demanda del sector, y a muchos agricultores sobrevivir.

En definitiva, gracias a los intermediarios, los agricultores obtienen precios ofrecidos mayores de los que conseguirían malvendiendo su mercancía a los poquísimos consumidores interesados en ella que encontrasen cada día; y la mayoría de los consumidores tendría que pagar precios pedidos muy superiores a los que les piden los intermediarios si compraran a la desesperada la escasa mercancía que les ofrecieran los cuatro agricultores desperdigados por el campo que pudiesen encontrar.

Entonces, si esto es así, ¿por qué escuchamos que los intermediarios incrementan los precios en un 500 ó 600%? La verdad es que no lo sé. Mi impresión es que los agricultores ni tienen en cuenta los costes de los intermediarios ni, sobre todo, se plantean qué precios efectivos pagarían los consumidores si no tuvieran a su disposición los supermercados. Aun así, es lícito preguntarse si los intermediarios no podrían pagar a los agricultores precios ofrecidos mayores e, igualmente, cobrar a los consumidores precios pedidos menores de los que están fijando ahora.

Una pregunta que sólo puede responderse yendo a los datos, en concreto a los beneficios que obtienen los dos intermediarios más importantes de la cadena alimenticia: los mayoristas (como Mercamadrid y Mercabarna) y los minoristas (supermercados e hipermercados). Los primeros intermedian entre los productores y los minoristas, y éstos, entre los mayoristas y los consumidores. Si es cierto que los precios que pagan los consumidores son cinco veces superiores a los que reciben los agricultores, en algún lugar encontraremos unos monstruosos beneficios, ¿no?

Tomemos como ejemplo de minoristas a Mercadona, Carrefour y Eroski. Su margen de ganancia de 2008 –qué porcentaje de las ventas les queda como beneficio después de deducir los costes– es del 2, el 1 y el -1%, respectivamente. Es cierto que estos porcentajes no comprenden sólo los productos agrarios, pero resultan suficientemente ilustrativos de los estrechos márgenes con los que, en general, operan estos sectores (Eroski incluso pierde dinero). Más adecuado que medir los márgenes, sin embargo, es comparar sus beneficios absolutos con la inversión que han tenido que hacer para obtenerlos (el ROA, la auténtica métrica de la rentabilidad de una inversión); en este caso las cifras no mejoran demasiado: 7, 2 y -1%, respectivamente; muy en línea con las rentabilidades del resto de la economía.

Si los brutales márgenes de beneficio que según los agricultores obtienen los intermediarios no aparecen entre los minoristas, deberán entonces reflejarse en las cuentas de los mayoristas, ¿no? Pues tampoco. Es cierto que sus márgenes son mayores que los de los minoristas: los beneficios de Mercamadrid alcanzan el 32% de sus ingresos y los de Mercabarna el 12%; si bien siguen muy lejos de las cifras que no dejamos de escuchar: 400, 500, 600%. Pero esos grandes números se matizan cuando los ponemos en relación con la inversión necesaria para lograrlos: su ROA es del 5,8% y 3,7%, respectivamente.

En otras palabras, el modelo de negocio de los mayoristas es tal, que necesitan inmovilizar mucho más dinero (lo mismo sucede en industrias como la aeronáutica), y para rentabilizar todo ese capital necesitan obtener beneficios muy grandes. Al final, pues, los beneficios extraordinarios de que tanto hablan los agricultores no aparecen por ningún lado. Los mayoristas obtienen unos rendimientos muy normalitos por su muy necesaria actividad.

De hecho, si los márgenes fueran tan cuantiosos como siempre se nos dice, ¿por qué no se dedican los agricultores a explotarlos vendiendo directamente al consumidor final? Ah, no, que no les sale a cuenta, que su negocio es la producción y no la distribución. Pues para eso, precisamente, existen los intermediarios, la división del trabajo y tal y tal y tal.

Qué bonito sería que, dedicándose sólo a producir, los agricultores se quedaran con los beneficios derivados de la intermediación: precios justos, lo llaman.
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