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LAS GUERRAS DE TODA LA VIDA

Setecientos mil millones no es nada

Como mis lectores habituales saben, mi ignorancia de la economía sólo es comparable a mi tendencia a desconfiar de las cifras que la prensa proporciona, sobre todo, con la finalidad de meternos el terror en el cuerpo (¡y vaya si lo consigue!). La cifra del miedo ha sido en estos días la de los 700.000 millones de dólares que el Congreso de los Estados Unidos concedió, tras ásperos debates, al Gobierno Bush para salvar a unas empresas financieras en riesgo de ruina.

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Es mi siempre avisado mailer Pedro Martínez quien me envía su personal lectura de los que ya todos llamamos el Informe Recarte, un clásico del análisis económico, y de las cifras que en él se proporcionan. Y lo verdaderamente asombroso y espantoso de estos días aparece en el momento en que empezamos a comparar números.
 
Creemos saber (al menos, eso es lo que se desprende de la información última) que 700.000 millones de dólares, y no toda esa cantidad de golpe, sino por partes y bajo severos controles, bastan para mantener a flote la economía americana y, en particular, a su banca de finanzas, que mueve al conjunto empresarial. ¿Y por casa?
 
Empecemos por pasar la suma a euros del día en que el Congreso americano aprobó la operación: 700.000 millones de dólares son 500.000 millones de euros. Pues en España la deuda de la banca con la banca extranjera es de "266.000 millones de euros por bonos y obligaciones y 442.000 millones de euros por depósitos procedentes del exterior". Hay más: "El total de crédito del sistema financiero español a las familias y empresas suma (...) 1.800.000 millones de euros", y más de un 63% del total del crédito bancario a empresas y familias españolas está relacionado con el suelo, la construcción y la compra de viviendas y otros inmuebles. "Ese porcentaje subiría todavía más si fuéramos capaces de determinar qué porcentaje del crédito para consumo y actividades productivas de las familias está relacionado con el amueblamiento de las viviendas y qué porcentaje del crédito a empresas distintas de las promotoras, inmobiliarias y constructoras se destina, también, a empresas que suministran bienes y servicios a esos tres sectores. Si los precios del suelo y la vivienda y otras edificaciones se reducen –como ya está ocurriendo– y la crisis de los promotores arrastra al sector de la construcción, la posición global del sistema financiero español será insostenible".
 
Para acabar de entenderlo: el PIB español es de 1.000.000 de millones de euros, es decir, un billón, lo cual parece impresionante pero es poco más de la mitad del crédito otorgado por las entidades financieras.
 
Hasta ahora, el Estado garantiza hasta 20.000 euros por ahorrador. Lo que significa que si tiene usted, tras largos y arduos esfuerzos, 24.000 euros, apenas cuatro millones de las muy añoradas pesetas, uno de esos millones está fuera de garantía y nadie responde por ellos. El Gobierno, perezoso e inepto como es, anda en enjuagues para elevar esa garantía. Supongamos que, generosamente, lleguen a los 100.000 euros, 16 millones largos de pesetas. De hecho, eso dicen las últimas noticias. Pues bien, el que tenga 20 correrá peligro. Como es una persona sensata –si no lo fuera, no hubiese ahorrado tanto–, va al banco y saca la mitad, la que no está garantizada. Pero claro, como él hay muchos, y muchos más que no creen en la garantía del Estado, entre otras cosas porque quienes lo ocupan no son de fiar. Pues ya tenemos las colas en los bancos para sacar dinero y trasladarlo al cerdito de barro o, lo que es aún más tradicional, a un espacio que desde antiguo se conserva entre el somier y el colchón.
 
Los bancos, naturalmente, no tienen todo el dinero que figura en las cuentas. La mayor parte de los gastos se hace sobre la base de un dinero aún más virtual que el dinero mismo, que ya es en sí una convención. Doy por sentado que mis lectores comparten mayoritariamente mi propia experiencia: la de la compra de un piso mediante una hipoteca que se va pagando mediante unos ingresos que llegan al banco por transferencia, originados en nuestro trabajo. No vemos el dinero que ingresa ni el que el banco retiene como pago de la hipoteca, y buena parte de las cosas que compramos las pagamos con tarjeta. De lo que gana una familia de clase media-media, entre cinco y diez millones de pesetas al año, sólo pasa por nuestras manos en forma de billetes y monedas alrededor de una quinta parte. El resto es una serie de apuntes contables, lo que resulta más seguro que andar por ahí con el fajo, pero que revela una debilidad: el circulante real no cubre nuestras operaciones.
 
Ningún banco del mundo tiene en verdad el dinero que los ahorradores han puesto en él: no posee una caja con todos esos billetes, ni una piscina en la que bañarse al modo del tío rico del Pato Donald. De modo que, si todos los clientes reclaman a la vez que sus depósitos se hagan efectivos, no les queda otra salida que bajar la persiana: ése es el camino del corralito argentino de triste fama: los dólares no estaban. No se trata de un robo, sino de un sistema que hace rendir intereses al dinero pero tiene sus grandes debilidades.
 
Creo que todo el mundo sabe que una de las formas más seguras de hundir un banco (hay incontables ejemplos en la historia) consiste en difundir el rumor de que la entidad está al borde de la quiebra: así se consigue que los clientes, ante el riesgo, pidan su dinero, todo y simultáneamente, y el banco quiebra, por sólido que fuese antes del rumor. Ésa es la razón por la que el sector se preocupa tanto por su imagen.
 
La otra solución consiste, desde luego, y hay cantidad de gobiernos irresponsables que lo hacen, en fabricar más dinero a pedido de los bancos: así se devuelven los depósitos, pero se asegura también la devaluación y, de inmediato, la inflación, que hace que, si usted tenía un millón hoy, cuando lo retire en billetes nuevecitos sólo pueda adquirir con ellos bienes por medio millón. Felizmente, y que conste que no soy nada eurófilo, la decisión de imprimir no es exclusivamente del somnoliento Solbes, sino de los gobiernos de la zona euro: recuerdo que el presidente argentino De la Rúa también tendía a la narcolepsia. Tan importante es esa dependencia nuestra del antipático Trichet que, al parecer, la salvación in extremis de la economía islandesa pasará por su incorporación de urgencia a la eurozona: la corona islandesa es, hoy por hoy, la tercera moneda en valor (o falta de valor), a contar desde abajo, claro.
 
Nadie está a salvo de las crisis, ni siquiera esa Islandia a la que hasta hace poco iban a trabajar los jóvenes europeos con pocos recursos porque con tres meses de empleo se pagaban los estudios durante el resto del año. Ni siquiera la próspera Argentina a la que emigraban nuestros padres y abuelos. Menos aún España, por mucho que proteste el Gobierno acerca de la solidez de nuestra industria: ¿qué industria? Si llamamos industria al turismo, estamos aviados. No obstante, habrá que confiar en el sistema, no queda más remedio. Porque el sistema, que se ha autodiseñado como ha podido a pesar del intervencionismo estatal, responde al efecto Tinkerbell, el efecto Campanilla, por el personaje de Peter Pan: sólo existe si se cree en él, como el Estado de Derecho o los pactos constitucionales.
 
 
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