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ECONOMÍA

La destrucción creadora

El secretario del Tesoro americano, Hank Paulson, apoyado por el presidente Bush, creó –según sus propias palabras muy a su pesar– un fondo de 700.000 millones de dólares para comprar los activos tóxicos del sistema financiero americano. La propuesta causó sorpresa e incluso consternación entre los defensores del sistema capitalista.

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Se preguntan muchos si esta urgente intervención indica que nuestro sistema es fundamentalmente defectuoso y necesita de una continua implicación del Estado para ir funcionando mal que bien. Sin embargo, la crisis financiera y real que estamos sufriendo no es sino el lado negativo del carácter progresivo e innovador del sistema de libre mercado. La pregunta que hemos de hacernos es si este remedio de corto plazo que quiere aplicar el Gobierno de EEUU es necesario, o si hay otros remedios más ortodoxos que permitan capear la crisis al tiempo que corregir errores pasados.
 
Como dijo el economista austríaco Schumpeter en su libro Capitalismo, socialismo y democracia (1944), el capitalismo es un sistema de destrucción innovadora. Sufre vaivenes de expansión y contracción porque, al lanzar nuevos métodos de producción y financiación más eficaces que los antiguos, exige el abandono de inversiones que se han mostrado ruinosas. Schumpeter mismo, en una muestra de temblorosa contradicción, sostuvo que tales vaivenes harían que el común de las gentes rechazara el sistema de mercado a pesar de su productividad y se inclinara por un sistema de planificación socialista. ¿Es esto lo que podría ocurrir si el Gobierno americano no consigue contener la crisis de los bancos y las bolsas con su plan de nacionalizar las pérdidas de quienes se han lanzado a financiar proyectos fallidos?
 
La presente crisis financiera tiene su origen en errores de inversión real. Nació, tanto en Estados Unidos como en el Reino Unido, Irlanda y España, en el mercado inmobiliario. La creencia de que el precio de las viviendas jamás podría caer y de que siempre habría financiación para comprarlas dio lugar a un imprudente endeudamiento hipotecario por parte de las familias y a una inmoderada construcción por parte de los promotores. Esto plantea la cuestión de por qué una dificultad que debería estar circunscrita a una parte limitada de nuestras economías está poniendo en peligro todo el sistema financiero y dando lugar a una recesión en la economía real.
 
Este fenómeno de angustioso contagio se explica al ver que la burbuja inmobiliaria tuvo su origen en el exceso de liquidez monetaria producido por una política de bajos tipos de interés de la Reserva Federal y otros bancos. Greenspan, el entonces presidente de la Reserva Federal, reaccionó en 2001 ante la crisis causada por una serie de inversiones imprudentes en nuevas tecnologías con rebajas agresivas del tipo de interés de la FED, hasta dejarlo en el 1%. Las reducciones de los tipos de interés monetarios tienen como inmediata consecuencia el aumento de los precios de los activos, tanto inmobiliarios como bolsísticos; hasta que empieza a verse que los réditos de las casas y las acciones no están a la altura de las expectativas. La crisis es tanto más aguda cuanto mayor haya sido la artificial expansión monetaria que la haya precedido.
 
Nuestra primera conclusión es que los graves problemas de hoy se deben a un equivocado comportamiento de una autoridad pública, la Reserva Federal de EEUU. La segunda conclusión es que se equivocan gravemente quienes piden al Banco Central Europeo una política monetaria más laxa para así animar (artificialmente) el crecimiento real de Eurolandia.
 
Los eternos críticos del capitalismo buscan ahora otros culpables en los innovadores financieros: culpan de la extensión de la crisis a quienes buscan enriquecerse con la especulación, con los futuros, las opciones, los activos estructurados. Cierto es que cinco años de dinero demasiado barato han multiplicado las ganancias de quienes han sabido apalancar su capital con estos nuevos instrumentos. Pero ellos no son sino los mensajeros de la inflación originada por las autoridades monetarias, que han distribuido el riesgo de la excesiva liquidez a todo el sistema financiero mundial. La distribución del riesgo y el aseguramiento de quienes no queremos correrlo es el resultado de sus tareas en tiempos ordinarios. Es una ironía que la ola de liquidez les haya convertido en fuente de mayor desorden.
 
Ello nos lleva a una tercera conclusión. El remedio de Hank Poulson puede resultar peor que la enfermedad. Cierto es que la autoridad monetaria debe evitar siempre las carreras para retirar depósitos de los bancos comerciales, con el fin de que la cantidad de medios de pago de la economía no se reduzca catastróficamente: la crisis de 1929-32 no enseñó a eludir esas contracciones monetarias. Pero no es responsabilidad de los Estados el impedir pérdidas a los accionistas de las compañías cotizadas en bolsa. El propio mercado está dando remedio a las dificultades de los bancos de negocios americanos con la entrada de capital japonés (Mitsubishi) en Morgan Stanley y la compra de activos de Lehman Brothers por parte de Baclays y Nomura. Los bancos que han corrido riesgos indebidos deben venderse o quebrar. La crisis pasará, y aparecerán nuevos modelos de negocio más sólidos que los que han demostrado ser inviables.
 
 
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