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ECONOMÍA

¿Son los tipos de cambio fijos un atentado contra el libre mercado?

Los liberales siempre hemos abogado por que los precios de las mercancías se fijen libremente, sin intervenciones del Estado. Somos, claro, enteramente conscientes de que los precios máximos tienden a generar desabastecimientos y de que los precios mínimos tienden a provocar excedentes invendibles.

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El propio Hayek describió el sistema de precios como un mecanismo descentralizado de transmisión de información que permite que los agentes económicos se coordinen entre sí, de ahí que resulte imposible que una autoridad central controle y planifique todo ese complejísimo proceso.

Sin embargo, tradicionalmente la mayoría de los liberales ha abogado por unos tipos de cambio fijos, por lo que no ve con buenos ojos que el precio de las distintas divisas los establezca el mercado. Aparentemente, promueven la intervención del Estado para evitar que el precio del dinero fluctúe. ¿Acaso no incurren aquí en una flagrante incoherencia? ¿Por qué los liberales se vuelven intervencionistas cuando de tipos de cambio se trata? ¿No sería más coherente que abogaran por los tipos de cambio libres?

Para empezar, conviene clarificar los conceptos, pues en la mayoría de las ocasiones manejamos las categorías fabricadas por los partidarios de los tipos de cambio variables, por lo que no es de extrañar que lleguemos a conclusiones incorrectas. Los tipos de cambio fijos no tienen nada que ver –insisto para que quede claro: nada que ver– con los controles de precios. Cuando la autoridad administrativa decreta un precio máximo (o mínimo), lo que está haciendo es prohibir que se realicen transacciones por encima (o por debajo) de determinada cifra.

Con los tipos de cambio fijos esa prohibición no existe, tan sólo se asume que nadie será tan tonto de hacer transacciones por encima (o por debajo) del precio establecido por el banco central. Al cabo, los bancos centrales compran y venden ilimitadamente sus divisas a unos precios fijos, de modo que a nadie le interesará comprar su divisa a un precio superior del ofertado por el banco central; o, por decir lo mismo de otra forma: a nadie le interesará vender divisa extranjera más barata de lo que la compra el banco central. Por supuesto, a muchos les podría interesar comprarla más barata de lo que la vendiera el banco central, pero fijémonos que en este caso el vendedor de divisa nacional la estaría vendiendo más barata de lo que la compra el banco central, de modo que se la endilgaría a éste y no a su contraparte privada.

En definitiva, los tipos de cambio fijos no prohíben ni persiguen a los cambistas que realizan transacciones a un tipo distinto del oficial, tan sólo eliminan los incentivos para que esas transacciones se produzcan. Los tipos de cambio fijo no son un género de control de precios; más bien, el paralelismo cabría buscarlo en los controles de cambios, esto es, en la prohibición –salvo dispensa estatal– de comprar o vender divisa incluso al precio que determine la Administración.

Sentada ya la distinción, toca plantearse por qué es más liberal –esto es, más respetuoso con el derecho de propiedad– que los tipos de cambio sean fijos. Muy sencillo. Si usted acudiera a su sucursal bancaria a retirar su dinero y el cajero le soltara: "Lo siento, pero sólo voy a entregarle la décima parte", ¿diría que estaría siendo víctima de un ataque a su derecho de propiedad? Es muy probable que todos estemos de acuerdo en que el cumplimiento de los contratos exige que, si yo he depositado 50.000 euros en la sucursal de marras, el banco me devuelva 50.000 euros, no 5.000; si no lo hiciera lo consideraríamos directamente un robo.

Pues bien, si el banco de marras se compromete a devolverme íntegros esos 50.000 euros, lo que está haciendo es decretar un tipo de cambio fijo entre sus deudas (el depósito bancario) y el dinero que le he entregado previamente. En concreto, está estableciendo un tipo de cambio fijo de 1 a 1: el banco ha de devolver un euro por cada euro que se le haya entregado.

Si los tipos fueran variables, esto es, si el valor de reembolso de los depósitos a la vista cotizara en el mercado, usted debería acudir a su banco e informarse del estado del tipo de cambio entre los depósitos de banco y los euros físicos. Si se hubiese devaluado a, por ejemplo, 3 euros depositados a cambio de un 1 físico, usted recibiría un euro físico por cada tres euros que tuviese derecho a recibir (esto es, perdería el 66% de su dinero).

"¡Qué barbaridad! ¡Eso no puede pasar!", pensará. Pues vuélvalo a pensar, porque es justo lo que sucedió en Argentina y, en general, lo que sucede cuando una empresa está quebrada y no puede devolver todo el dinero que se le ha prestado; en estos casos, las compañías concursadas deben determinar a posteriori cuánto dinero pueden reintegrar a sus acreedores (es decir, tienen que determinar cuál es el tipo de cambio entre sus pasivos y sus activos líquidos). Toda quiebra empresarial se solucionaría ipso facto si el valor de sus deudas se ajustara automáticamente al importe dinerario que puede devolver, esto es, si el tipo de cambio de sus deudas fuera variable. Así por ejemplo, los bancos quebrados simplemente tendrían que decir a sus clientes: "Sólo le puedo pagar la mitad de lo que le debo, y usted no puede exigirme ni un céntimo más".

Si ya ha comprendido por qué tiene sentido que los liberales nos opongamos a los tipos de cambio variables cuando hay deudas de por medio, no le costará demasiado entender por qué nos oponemos a los tipos de cambio variables cuando se trata de divisas.

Banco Central Europeo.La moneda de todo país no es más que el pasivo –la deuda– de un banco central. Con el patrón oro, ese pasivo era convertible –pagadero– en oro, de modo que decretar un tipo de cambio variable entre la divisa y el oro habría sido equivalente a expropiar el oro depositado en el banco central; éste sólo habría tenido que anunciar que el tipo de cambio entre su divisa y el oro se ha depreciado al 1% de su valor original para quedarse con el 99% del oro depositado.

Con el dinero fiduciario la divisa deja de ser convertible en oro, pero no deja de ser un pasivo. Si acudimos al balance de cualquier banco central, comprobaremos que las divisas –los dólares, euros, libras...– aparecen todavía en su pasivo. Cierto, se trata de un pasivo impagado –como la deuda basura de una empresa o de un banco privado–, pero eso no le sustrae la naturaleza de deuda y, como tal, difícilmente podrá defenderse que el deudor se despreocupe de su valor.

¿O por qué cree que se somete a una administración concursal a las empresas quebradas? Precisamente para evitar que su antiguo gestor siga destruyendo el valor de la compañía en perjuicio de sus acreedores. Lo mismo sucede con el dinero fiduciario: los tipos de cambio variables implican eximir de toda diligencia al banquero central para que erosione el valor de la divisa, esto es, para que expolie a los tenedores de divisa mediante la inflación. En este sentido, abogar por la "intervención" del banco central para que defienda su tipo de cambio no es otra cosa que abogar por que sea diligente en la gestión de sus activos y por que evite estafarnos; el hecho de que el banco central sea un monopolio público no quita que esté prestando un servicio esencial y que deba prestarlo de la mejor manera posible.

¿O acaso defenderíamos que un monopolio público del agua permitiera que todas las tuberías estallaran, dejando desabastecida a la población? Una cosa es que el banco central deba privatizarse y abrirse a la competencia; otra, que hasta entonces promovamos su inacción negligente. Entre otras razones, porque si no le obligamos a que defienda el valor de sus pasivos en los mercados de divisas, tendrá las manos libres para intervenir tanto como guste en sus activos (por ejemplo, monetizando deuda pública a mansalva, apropiándose de las reservas exteriores, enajenando el oro y otros activos de alta calidad...).

Es más, lo que resulta incomprensible es que, mientras existe un consenso entre los economistas acerca de la necesidad de constreñir la actuación de los bancos centrales, fijándoles un objetivo de inflación interna (el 2% anual en la Eurozona), no se les limite en absoluto con respecto al objetivo de inflación externa (que no otra cosa es la depreciación del tipo de cambio). Por los mismos motivos por los que resulta inaceptable que el poder adquisitivo de una divisa se diluya dentro de un país debería serlo que lo haga fuera del país. Al fin y al cabo, a menos que seamos unos proteccionistas del carajo, todos deberíamos reconocer que la división del trabajo es internacional y que, por tanto, no hay ningún motivo para ver con malos ojos que los precios internos suban un año un 20% y, al mismo tiempo, para aplaudir que el tipo de cambio (los precios externos al área monetaria) se deprecie un 20%. ¿O es que, a la muy mercantilista manera, el tenedor de la divisa que compra dentro del país tiene más derechos o debe recibir un trato preferente al tenedor de la divisa que compra fuera del país?

No, los liberales nos oponemos a los tipos de cambio variables por las mismas razones por las que nos oponemos a la inflación y al envilecimiento de la moneda en general: porque es un robo, un impuesto encubierto del que la población no es consciente. Luego, claro, podremos encontrarnos cantores de toda especie –incluidos liberales como Milton Friedman– que nos hablan de la conveniencia de inflar la moneda y de devaluar, pero no hay razones teóricas ni evidencia empírica alguna que justifiquen esas posiciones. Al contrario, quien considere que los tipos de cambio flexibles son la mejor vía para salir de la crisis debería defender, por análogos motivos, la inflación rampante o los impagos universales e indiscriminados de deuda (aun en aquellos casos en que el deudor pudiera cumplir con sus obligaciones). Comprenderán, pues, que quienes seguimos valorando en algo a la propiedad privada, incluida la de la moneda y la de nuestros ahorros, no nos agraden este tipo de componendas.

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