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LAS GUERRAS DE TODA LA VIDA

Víctimas y exiliados

Hay que bordar este artículo para que lo que en él se dice no dé lugar a malas interpretaciones. Piense el lector que escribo desde Argentina, donde se acaban de cumplir los veinticinco años de la recuperación de la democracia y las Madres de Plaza de Mayo dirigidas por Hebe de Bonafini (hay otra organización del mismo nombre, pero con el añadido "Línea Fundadora") siguen en plena actividad, y hasta han montado una institución de cultivo ideológico que lleva el nombre de "Universidad".

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Allá por 1986, ya completados los juicios a los militares que se habían dedicado al terrorismo de Estado, ante el descubrimiento de un "cementerio de NN", Alfonsín convocó a las madres de desaparecidos y les anunció que se iba a proceder a identificar los cuerpos allí encontrados. Las señoras que hoy componen la línea fundadora dijeron inmediatamente que sí, puesto que lo que deseaban era dar sepultura, no necesariamente cristiana, a sus deudos. Bonafini dijo que no y lanzó su gran consigna: "Vivos se los llevaron y vivos los queremos". Es decir, decidió que su militancia iba a ser eterna e inagotable, a imitación de la consigna guevarista de "Hasta la victoria siempre", y que iba a morir siendo víctima del terrorismo de Estado, aunque los responsables de la desaparición de su hijo fuesen condenados y su cadáver recuperado.

Bonafini tiene libertad de tránsito por la casa de gobierno de Buenos Aires: a los Kirchner les conviene que sus lamentaciones no cesen, y hasta le instalan un buen sistema de sonido.

Si digo que hay que bordar este texto es porque esto nada tiene que ver con nuestra honestísima y necesaria AVT, que no sólo no es promovida por el gobierno de Smiley, sino que éste procura ningunearla cada vez que tiene la ocasión, debido a su molesto control de las actitudes de nuestros políticos respecto de los psicópatas organizados en ETA y sus amigos, los que recogen las nueces, con la esperanza de algún día cese la locura vasca y sea posible vivir en libertad en ese territorio y los exiliados puedan regresar. Curiosamente, las víctimas de Bonafini apoyan a ETA.

Una vez hecha la salvedad respecto de nuestra AVT, hablemos de víctimas y exiliados con toda libertad.

Hay víctimas profesionales. Y hay víctimas vocacionales.

Las profesionales son las que obtienen pingües beneficios de su condición, real o supuesta. En esta bendita ciudad de los Buenos Aires, que no en vano hubo de ser fundada en dos ocasiones, dada su tendencia a extraviarse, hubo hace cuatro años un desgraciado incidente de corrupción: inspectores municipales habilitaron un local que no reunía las condiciones técnicas adecuadas para sala de conciertos de rock; hubo una función, a cargo de un ruidoso grupo local, al que asistieron unas cuantas parejas con niños, a los que dejaron al cuidado de alguien en el servicio de mujeres; otro alguien tomó la iniciativa de encender bengalas para celebrar a los actuantes; las bengalas dieron lugar a un incendio; la salida de emergencia estaba cerrada, según el propietario del lugar, para que no se colara nadie por detrás sin pagar; el número de asistentes era el doble del establecido; murió un montón de gente, quemada o asfixiada, desde bebés encerrados en el baño hasta guardias de seguridad (¿?). La sala se llamaba Cro Magnón, probable referencia al nivel cultural de ocupantes de escenario y escuchas.

Estaba en la calle Mitre, importante arteria por la que entra el trafico del oeste de la ciudad al centro. Esa calle está cortada desde entonces porque a alguien se le ocurrió hacer en el lugar una especie de santuario en homenaje a los fallecidos en el incidente/accidente. Muchos parientes de finados cobraron indemnizaciones crecidas y hasta recibieron viviendas en compensación. Otros no. Los que no, impiden el paso de vehículos por la zona, con la colaboración de unas vallas instaladas por la policía y de la presencia permanente de un camión antidisturbios. Cuando todos hayan cobrado, tal vez cese la ocupación de la vía pública. Entre tanto, se trata de víctimas, y son equiparadas por la opinión oficial a los muertos del terrorismo, el de Estado y el otro, aunque del otro no se hable nunca. A cuatro años, los jueces siguen sin pronunciarse.

Por víctima le dieron un Nobel de la Paz a Rigoberta Menchú, y no se lo quitaron cuando se supo que era un fraude. Por víctima elevaron a los altares de los lager a Enric Marco, de quien no se ha vuelto a oír. Por víctima indemnizó el gobierno americano a una señora catalana que mintió haber perdido a un pariente o un novio en las Torres Gemelas. Etc., etc. Gente que vive de esa condición.

Víctimas vocacionales son los palestinos afines a Hamás, que, según advirtió Golda Meir, siguen odiando a los judíos más de lo que aman a sus hijos y, desde luego, a sus paisanos. Hasta fue víctima el asesino en serie Yasir Arafat, otro Nobel de la Paz.

Y víctimas son los caídos del bando republicano en nuestra guerra civil, aunque en las guerras, por cruentas que sean (y esto alude también a Gaza), no haya víctimas sino bajas. En este caso, víctimas por vocación delegada en sus sucesores. Con honrosas excepciones en el período 1936-1939: la población civil asesinada por los bombardeos indiscriminados de italianos y alemanes, en Málaga (el peor episodio de la guerra) y en Guernica.

También hay que hablar de víctimas y no de bajas en la otrora Yugoslavia, debido a los bombardeos de la UE-OTAN, inspirados por el pacifista Solana y su jefe, Felipe González, incluido el arrasamiento de Kosovo, con la colaboración del UCK, la mayor organización de traficantes de armas y drogas de la historia.

Víctimas de verdad hay pocas. Las de los campos nazis y soviéticos. Las de Pol Pot. Las del rey Leopoldo en el Congo. Sólo una parte de las primeras obtuvo alguna reparación de los gobiernos alemanes posteriores a la guerra. ¿A quién le van a reclamar los camboyanos? Para compensar a los congoleños, habría que entregarles Bélgica entera, flamenca y valona y francófona. Las víctimas de verdad no cobran.

En la categoría de las víctimas entran los exiliados. Yo lo fui, como argentino perseguido por quienes ocupaban el Estado, de 1974 a 1983. En el 83 empecé a ser un emigrado, un señor con dos nacionalidades que prefería obviar la vida en una sociedad que había sido incapaz de garantizarle sus derechos. Después empezaron a llegar a España unos tipos que se definían como "exiliados económicos": no tenían la buena disposición de decir que emigraban porque se había acabado el dinero que con generosidad habían repartido la dictadura primero (algunos recuerdan la época como la de "la plata dulce") y Menem después. Les daba vergüenza llamarse a sí mismos "inmigrantes", que en el mayoría de los casos era lo que sus padres, como el mío, habían sido en la Argentina rica: pobres en España, nuevos ricos en Buenos Aires, exiliados económicos en España. ¡Oprobioso! Además de falso, porque el exilio económico no existe, aunque mi querido Javier Fernández Lasquetty, desde la consejería de Inmigración de la Comunidad de Madrid, tenga que lidiar con la expresión a menudo, como Bill Clinton con la malhadada afroamericano, que por reflejo le endilgó a Nelson Mandela.

Exiliado es el que corre peligro de muerte y busca refugio en el extranjero. Hasta Bocassa es en ese sentido un exiliado: si vuelve, se lo comen.

José Bergamín, retratado por Ramópn Gaya.Pero las circunstancias cambian y, a veces, el que hasta ayer ha vivido en el exilio puede hoy escoger. Tenemos entre nosotros un caso concreto y llamativo, el de José Bergamín, que se exilió dos veces. Retornado a España en los sesenta, con el aval, entre otros, de Torcuato Luca de Tena, volvió a marcharse por presiones recibidas desde el exterior, porque los camaradas consideraban que su presencia en Madrid contribuía a dar legitimidad al régimen franquista.

Bergamín no era precisamente un desconocido ni un elemento menor durante la guerra. Había sido un comisario político de peso en el medio intelectual, cuyas sugerencias eran órdenes. En su extraña y talentosa cabeza cabían, vaya usted a saber mediante qué receta, el ser católico, comunista y nacionalista vasco, y había sido capaz de mantener una larga amistad, antes del 18 de julio, con José Antonio Primo de Rivera, según contó oportunamente Pepín Bello a este cronista, en una conversación que se puede leer en mi página web. Cuando se preparaba la Exposición Universal de París, Picasso empezó a pintar un gran cuadro sobre el bombardeo de Málaga por los italianos, del cual hay abundantes esbozos fechados con anterioridad a los sucesos de Guernica; pero llegó el comisario Bergamín y dijo: lo que estás pintando es Guernica (aquí funcionaron a la vez la autoridad comunista y el nacionalista vasco), y Picasso, que sabía lo que le convenía, no vaciló en cambiar el título.

Pues bien: ese hombre no podía regresar a España. ¿Qué heroísmo habría habido en la vuelta de Santiago Carrillo y su peluca si Bergamín ya hubiese estado viviendo en Madrid?

Buenos Aires sigue siendo una ciudad llena de exiliados españoles. Y hasta quedan algunos rusos blancos, centenarios, que todavía huyen del fantasma que recorría Europa en 1948 y llegó a Moscú en 1917.

Un último apunte para esta nota, que sólo pretende ser un llamado a la reflexión: desde 1978, cualquiera puede abrir fosas de la guerra, identificar a sus muertos y enterrarlos individualmente, con una lápida. No le hacían falta al juez Garzón tantas alforjas para su viaje: hasta podría haber salido a la calle y preguntado, cualquiera le hubiera dicho que Franco había muerto. Y que aquellos crímenes habían prescripto con la Constitución. Pero no: a las víctimas hay que agitarlas siempre.

Para ser coherentes, las víctimas profesionales y vocacionales deberían retirarle la palabra a los romanos, y el Nietísimo no tendría que hablar con Berlusconi, por aquello de la Hispania invadida y los muertos en las minas romanas de Orense. Y de la alianza de civilizaciones, cero patatero, visto el desembarco de 711: para ellos, eso sigue vivo y España sigue siendo Al Ándalus, de modo que...


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