
Bergman encarna el desencanto. Empezó buscando un significado a la vida y terminó naufragando en el nihilismo más amargo y más burgués. Aunque perdió la sonrisa, nunca perdió la dignidad de su trabajo artístico y cultural. Nos ha dejado un legado cinematográfico cuyo estudio permitirá a las futuras generaciones entender algunos aspectos profundos del siglo XX europeo y de las filosofías que lo dominaron.
El interés de Bergman es que partió de una conciencia muy clara de la necesidad humana, y aunque nunca la perdió, fue creciendo en él el escepticismo ante la misma. Fue víctima de un cóctel letal que combinaba el moralismo luterano, los placeres de la alta burguesía y un cierto aire de progresía existencialista.
Su sentido religioso, tan elocuente en los primeros años, fue eclipsándose en aras de un sordo reproche insatisfecho. De las preguntas vitales de El séptimo sello, el cineasta sueco pasó a los análisis psicologistas de las relaciones de pareja, como en Secretos de un matrimonio. Y de ahí al dolor de una vida marcada por la traición y la culpa (Sarabanda, o el guión de Infiel).
Pero lo cierto es que en su película testamento, Fanny y Alexander, deja una pequeña puerta abierta al Misterio, deja un resquicio a la novedad, en una de las últimas escenas, cuando el personaje de Gustav Adolf, después de hacer un discurso burgués y antirreligioso, declara en secreto al abrazar a su bebé: "Tengo una reina en mis alegres brazos. Es tangible y a la vez un misterio. Quizá pueda algún día demostrar que es falso cuanto he dicho".
Ese misterio tangible, que no es otra cosa que la Encarnación del Verbo, tesoro de la catolicidad de la Iglesia, fue la gran desconocida para Bergman. La añoró, pero no la conoció. Ahora, cara a cara frente al Misterio, se habrán desvelado para él las claves de la vida que tanto buscó, infructuosamente.